Ataliva AMENGUAL

 

 

 

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TRADUCTOR, TRADUCCIÓN Y TECNOLOGÍA

DE LA COMUNICACIÓN POR EL HABLA

 

 

ÍNDICE

 

I. EL TRADUCTOR

 

II. ALGUNAS CONCEPCIONES ACERCA DE LA TRADUCCIÓN

 

II.1. CONCEPCIONES ACERCA DE LA POSIBILIDAD DE LA TRADUCCIÓN

 

II.1.1. Concepción ingenua de la traducción

 

II.1.2. Tesis que niega la traducibilidad

 

II.1.2.1. Esta postura niega la traducibilidad porque no acepta o pone en duda la unidad del espíritu, esto es, la identidad del bilingüe.

 

II.1.2.2. La negación de la traducción cuando se acepta el supuesto de que la comunicabilidad entre los hombres es imposible y que el hombre está condenado al solipsismo.

 

II.1.2.3. A esta concepción sigue la que niega la traducción, por aceptar el supuesto de que es imposible la comunicación por el lenguaje.

 

II.1.2.4. Sigue a la concepción anterior una posición que de algún modo relativiza y modera el solipsismo  de las tres anteriores, admitiendo una cierta comunicabilidad.

 

II.1.3. Concepciones que aceptan una traducibilidad relativa

 

II.2. CONCEPCIONES ACERCA DE LA NATURALEZA DE LA TRADUCCIÓN

 

II.2.1. Concepción de la traducción como texto

 

II.2.2. Concepción de la traducción como proceso

 

II.2.2.1. La primera variante es aquella que define a la traducción como el proceso que realiza el traductor.

 

II.2.2.2. La segunda variante entra ya a analizar las características del proceso.

 

II.2.2.3. Una tercera variante es la que concibe la traducción como un proceso en el cual se realiza una operación que asegura un signo equivalente.

 

II.2.2.4. Una cuarta variante es la que concibe la traducción como un proceso en el cual se asegura una operación reversible entre mensajes equivalentes.

 

II.3. CONCEPCIONES ACERCA DE LA FINALIDAD DE LA TRADUCCIÓN

 

II.3.1.La traducción tiene por fin un cambio de código (recodificación)

 

II.3.2. La traducción tiene por fin encontrar la equivalencia de significación de los hechos de una lengua en otra lengua

 

II.3.3. La traducción tiene por fin  la comprensión del sentido de un mensaje

 

II.3.4. La traducción tiene por fin hacer comprender el sentido de un mensaje

 

II.4. CONCEPCIONES ACERCA DE LAS OPERACIONES IMPLICADAS EN LA TRADUCCIÓN

 

II.4.1. La traducción como una operación de equivalencia numérica de signos pertenecientes a códigos distintos

 

II.4.2. La traducción como una operación de análisis y comparación de lenguas

 

II.4.3. La traducción como una operación de comprensión del sentido de un mensaje en una lengua distinta a la primera o materna del que traduce

 

II.4.4. La traducción como una operación para hacer comprender el sentido de un mensaje

 

III. REFLEXIONES CRÍTICAS ACERCA DE LAS CONCEPCIONES DE LA TRADUCCIÓN

 

III.1. LA TRADUCCIÓN ES POSIBLE Y COMUNICA APROXIMADAMENTE

 

III.1.1. Un argumento está basado en la no identidad del espíritu del bilingüe, en virtud de que cada lengua corresponde a un sistema distinto de pensamiento.

 

III.1.2. Otro argumento en contra de la traducibilidad también se funda en la incomunicabilidad humana, pero esta vez por reducción implícita de la definición de comunicación.

 

III.1.3. Una versión más cauta es la que afirma la incomunicabilidad pero la limita al lenguaje

 

III.1.4. El solipsismo moderado de los que admiten una comunicabilidad no por transmisión de contenidos ideales sino por “excitación armónica de la fuerza interior de cada hombre”

 

III.1.5. Hay una posición que concluye en la intraducibilidad pero a partir de premisas muy diversas a las anteriores

 

III.1.6. La traducción no comunica todo, comunica algo

 

III.2. LA TRADUCCIÓN ES UN PROCESO

 

III.2.1. Suponiendo que es aceptable concebir la traducción como un texto-producto, éste no puede mentarse en cuanto tal si no es en relación a un proceso (cfr. II.2.1.)

 

III.2.2. La primera concepción de la traducción se refiere a lo que hace el traductor

 

III.2.3. El proceso de la traducción como una operación reversible

 

III.2.4. La traducción como una operación de análisis y comparación de lenguas

 

III.2.5. La traducción una operación de comprensión

 

III.2.6. La traducción como un proceso cuyas operaciones hacen comprender un mensaje

 

III.3. LA TRADUCCIÓN TIENE POR FINALIDAD COMUNICAR POR EL HABLA A QUIENES, POR LAS DIFERENCIAS DE HABLAS, ESTÁ IMPEDIDOS DE COMUNICARSE POR EL HABLA

 

III.4. LAS OPERACIONES IMPLICADAS EN LE PROCESO DE TRADUCCIÓN

 

III.4.1. La traducción no es una operación de equivalencia numérica de signos pertenecientes a códigos distintos.

 

III.4.2. La traducción no es una operación exclusiva de análisis y comparación de lenguas

 

III.4.3. La traducción como un proceso de mediación social

 

III.4.4. La traducción implica no sólo las operaciones que posibilitan la comprensión del habla del emisor, sino también las operaciones que posibilitan una expresión comprensible del mensaje del emisor

 

TRADUCTOR, TRADUCCIÓN Y TECNOLOGÍA DE LA COMUNICACIÓN POR EL HABLA

 

I. EL TRADUCTOR

 

Se sabe de la existencia de traductores desde muy antiguo. Su rol es hacer posible la comunicación entre los hombres que hablan de distinta manera y/o que tienen lenguas distintas. Es un mediador entre hombres que por su modo de hablar no pueden comunicarse por el lenguaje. Siendo el lenguaje entendido como capacidad de comunicación simbólica, como el instrumento típicamente humano, el impedimento de comunicarse a través de él se presenta como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de la persona y del grupo social. Este obstáculo se acentúa en la medida en que crecen los contactos entre sociedades y culturas que hablan distintas lenguas. Al perfeccionarse la infraestructura de comunicación a nivel mundial el problema se hace explosivo. Las relaciones internacionales en lo político, económico, científico, tecnológico, educacional, etc., el aumento geométrico del número de libros y  publicaciones de toda especie, el perfeccionamiento de la distribución y circulación de ellos, etc. aumentan la demanda de traducción. Así pues el traductor aparece cumpliendo un rol dentro del proceso de comunicación social.

           

Pero también, desde hace mucho tiempo, hay quienes juzgan que el traductor se propone algo imposible o, lo que es peor, que el traductor al intentar ejercer su rol, aunque involuntariamente traiciona el mensaje que debería hacer llegar con fidelidad.

           

A pesar de estos juicios, es un hecho que el traductor sigue siendo requerido –y de manera creciente- para que ejercite su rol. Más aún, de algún modo se le demandan nuevos servicios que no estaban comprendidos en el perfil su rol tradicional: así se le pide no sólo traducir sino analizar, resumir, elaborar, “editar” y publicar documentos comerciales e industriales y de trabajo para especialistas. Muchas veces se le demanda que seleccione textos, pertinentes a un determinado asunto, en la lengua que traduce, etc.

           

No es nuestra intención discutir aquí lo adecuado o no de esta demandas sino solamente señalarlas a título ejemplar para mostrar que a pesar de las críticas que se le hagan al traductor, la sociedad no sólo sigue pidiendo el ejercicio de su rol, sino que lo amplía.

           

Es también un hecho que el creciente proceso de racionalización social, la especialización del trabajo social y especialmente del trabajo científico y tecnológico no se satisfacen con sólo acciones eficaces sino que requieren acciones eficientes[1]. Es decir se trata de que cada rol y función social sean ejercitados de modo que los objetivos sean obtenidos de manera óptima en el menor tiempo y con el menor costo.

           

Este proceso de racionalización también implica al traductor; también a él se le exige que sea no sólo eficaz sino eficiente.

           

Esta búsqueda de eficiencia en el proceso de traducción ha llevado a que la sociedad tantee diversas soluciones. Así, por ejemplo, se intentó y todavía se intenta que los especialistas en las disciplinas ejerzan el rol del traductor, en el supuesto de que el conocimiento especializado que ellos poseen del tema a traducir es una garantía de fidelidad en la traducción. La práctica ha demostrado, en general, que el grado de eficiencia no ha aumentado. Puesto que muchas veces el conocimiento profundo del tema está acompañado de un conocimiento defectuoso de los idiomas comprometidos en la traducción. Y aunque a veces tanto el conocimiento  del tema, como de los idiomas sea adecuado –y aún fuera de lo ordinario- la eficiencia de la traducción no ha aumentado necesariamente, ni frecuentemente. Lo anterior lleva a pensar que hay otros conocimientos y habilidades requeridos para satisfacer eficientemente el proceso de traducción.

 

Además, es creciente el número y la complejidad de textos que tienen características multi o interdisciplinarias y que por su naturaleza exceden el conocimiento del especialista.

 

También, en algunos países, desde hace mucho tiempo, han existido escuelas de traductores donde se busca la formación técnico-profesional del traductor. Sin embargo, es claro que el número de estas escuelas es mínimo aunque está aumentando significativamente; en muchos países el traductor se forma a través de una práctica individual y no a través de un proceso institucionalizado.

           

La creciente necesidad de tener informaciones y conocimientos, de vincularse rápida y adecuadamente –necesidad especialmente sentida por los países en vía de desarrollo- exigen enfrentar eficientemente el problema de contar con traductores eficientes.

 

Obviamente un proceso no institucionalizado, como es el que han realizado la mayor parte de nuestros traductores –algunos de ellos muy eficientes- es inadecuado para asegurar la calidad y el número suficiente para satisfacer las necesidades sociales de traducción por sus características azarosas.

           

Lo anterior plantea la necesidad de institucionalizar el proceso de formación de los traductores (y también de los intérpretes, “editores”, etc.).

           

Plantear esa institucionalización del proceso exige un enfrentamiento racional de los objetivos a obtener y procedimientos a usar si es que se quiere que la institucionalización del proceso asegure una formación eficiente.

           

Pero institucionalizar la formación de traductores equivale a dar por supuesto que la traducción es posible y que también lo es su enseñanza.

           

Aunque la existencia de las escuelas de traducción parecería ser una respuesta de hecho, hay quienes piensan tener fundamento para afirmar que ello no es posible.

           

Hay objeciones referentes a la posibilidad de la traducción y otras en relación a la posibilidad de que la traducción pueda ser enseñada.

           

Quizá para quienes ya han reflexionado metódicamente sobre la traducción y su enseñanza podrá parecer impertinente dar cabida a esas objeciones, pero la difusión de esas posturas frente a la traducción y a su enseñanza hace que su consideración sea importante para el planteamiento y desarrollo de un proyecto de institucionalización de la enseñanza y la investigación de la traducción. Muchas veces los que están en posición de tomar decisiones políticas y económicas respecto al desarrollo disciplinario son más sensibles al grado de difusión social de una idea que a su fundamento racional. Por todo ello, y otras razones que podrían agregarse, es que trataremos de esquematizar las diversas concepciones acerca de la traducción.

 

 II. ALGUNAS CONCEPCIONES ACERCA DE LA TRADUCCIÓN

 

Estas concepciones enfatizan distintos problemas. Algunos tienen que ver con la posibilidad o imposibilidad de la traducción, otras dicen relación al objeto de la traducción, las hay referentes a  la finalidad de la traducción y sin duda está presentes las que se plantean el problema sobre la naturaleza o ser de la traducción. Es posible sin duda aumentar esta clasificación o emplear otra; usamos esta con un criterio de utilidad sin pretender que no pueda haber otras más eficientes para el objetivo que nos proponemos o para otros objetivos.

 

II.1. CONCEPCIONES ACERCA DE LA POSIBILIDAD DE LA TRADUCCIÓN

 

Sin duda todas estas concepciones tienen supuestos, explícitos o implícitos, respecto a la posibilidad o imposibilidad de la comunicación y respecto a las funciones del lenguaje. Y es quizá la crítica de estos supuestos lo más importante. Pero antes de asumir los supuestos

trataremos de exponer sumariamente las diversas concepciones[2].

 

II.1.1. Concepción ingenua de la traducción

 

Esta concepción que parece ser la más antigua y optimista sólo admite limitaciones en los aspectos estilísticos y poéticos respecto a la posibilidad de la traducción. Salvo esas limitaciones, parecería ser que todo es traducible y siempre.

           

Esta posición implica como supuestos aceptados la comunicabilidad de todo y siempre (salvo los aspectos poéticos y estilísticos), la unidad de la experiencia humana, la identidad del espíritu humano, y la universalidad de las formas de conocimiento.

 

II.1.2. Tesis que niega la traducibilidad

 

Son varias estas concepciones y forman una gradiente cuyo escalón más extremo es el de la postura siguiente:

 

II.1.2.1. Esta postura niega la traducibilidad porque no acepta o pone en duda la unidad del espíritu, esto es, la identidad del bilingüe.

 

Esta posición, después de destacar la posibilidad de un tercer sistema mediador entre dos sistemas o lenguas implicados en el intento de la traducción, concluye que la traducción es imposible y que lo único que se logra es adaptar y en consecuencia, traicionar el mensaje. Esta posición es quizá, la versión más intelectualizada del juicio de que el traductor es un traidor.

 

Dicha postura podría tener el fundamento más serio, en el argumento de la influencia posible, a diversos niveles, de las lenguas coincidentes en la situación de plurilingüismo o bilingüismo (véase III.2.5.).

 

II.1.2.2. La traducción cuando se acepta el supuesto de que la comunicabilidad entre los hombres es imposible y que el hombre está condenado al solipsismo.

 

II.1.2.3. A esta concepción sigue la que niega la traducción, por aceptar el supuesto de que es imposible la comunicación por el lenguaje.

 

II.1.2.4. Sigue a la concepción anterior una posición que de algún modo relativiza y modera el solipsismo  de las tres anteriores, admitiendo una cierta comunicabilidad.

 

Se concibe que el receptor puede ser “excitado armónicamente”, de modo que se le produzca un estado de espíritu que coincide con el emisor. Lo anterior es sostenible en la medida que se acepta el supuesto de la universalidad de la experiencia humana.

 

II.1.3. Concepciones que aceptan una traducibilidad relativa

 

Es quizá la única concepción que tiene fundamentos científicos. Afirma que es posible la traducibilidad, pero a diferencia de la concepción ingenua, admite que en los mensajes hay aspectos comunicables y otros que por lo menos a través del lenguaje no son comunicables y que, más aún son posibles diferentes niveles de traducción. Esta posición se funda en los análisis científicos respecto a las funciones del lenguaje y en la aceptación de la existencia de diferentes niveles o grados de comunicación.

 

II.2. CONCEPCIONES ACERCA DE LA NATURALEZA DE LA TRADUCCIÓN

 

II.2.1. Concepción de la traducción como texto

 

Quienes se refieren a la traducción como un texto conciben un texto como “todo conjunto de signos pertenecientes a un determinado universo del discurso delimitado por un código, sea cual fuere éste (la lengua, los códigos plásticos, las imágenes televisadas, etc.), y que es transmitido en una situación determinada sobre la base de un soporte físico distinguible de la conducta de los receptores”[3].

 

Así concebido el texto es un objeto, pero aún sin mayor análisis esta definición de texto-objeto aparece como inadecuada para designar como traducción a un texto, por la sencilla razón que o todo texto-objeto es traducción y, entonces sería redundante, o porque no todo texto-objeto es traducción y, entonces se requiere de una especificación.

 

Aparece la necesidad entonces de comprender la diferencia entre los textos que son traducción y los que no lo son.

 

Dado que la definición de texto-objeto no es adecuada para comprender que es la traducción como texto, se apela a otro criterio para comprenderla. Una manera de comprender los objetos es analizándolos como productos. Pero comprender un objeto como producto exige referirse al proceso y por lo tanto la traducción es el producto, dicho mejor, el texto-producto del proceso de traducción.

 

II.2.2. Concepción de la traducción como proceso[4]

 

La concepción de la traducción como proceso tiene múltiples variantes.

 

II.2.2.1. La primera variante es aquella que define a la traducción como el proceso que realiza el traductor.

 

La traducción es un proceso y el proceso es aquella secuencia de eventos que realiza el traductor. En buen romance: la traducción es lo que hace el traductor.

 

II.2.2.2. La segunda variante entra ya a analizar las características del proceso.

 

La traducción es un proceso que se caracteriza por ser una secuencia de eventos en la cual se realiza una operación reversible entre signos de dos lenguas distintas. El supuesto es que la operación es sobre signos.

 

II.2.2.3. Una tercera variante es la que concibe la traducción como un proceso en el cual se realiza una operación que asegura un signo equivalente.

 

La traducción es un proceso en el cual se realiza una operación que asegura un signo, equivalente en su significación, a la significación pertinente del signo de la otra lengua. El supuesto aquí es que el proceso se realiza sobre significaciones pertinentes. Es una operación sobre la lengua, sobre los componentes sémicos que la articulan.

 

II.2.2.4. Una cuarta variante es la que concibe la traducción como un proceso en el cual se asegura una operación reversible entre mensajes equivalentes.

 

Concibe la traducción como un proceso en el cual se asegura una operación reversible entre mensajes equivalentes formulados en formas lingüísticas distintas. En este caso la operación se hace sobre los mensajes, sobre el sentido.

 

II.3. CONCEPCIONES ACERCA DE LA FINALIDAD DE LA TRADUCCIÓN

 

También respecto a la finalidad de la traducción encontraremos diversas concepciones.

 

II.3.1. La traducción tiene por fin un cambio de código (recodificación)

 

La finalidad del traductor sería la de recodificar, es decir, encontrar los elementos equivalentes entre códigos distintos.

 

II.3.2. La traducción tiene por fin encontrar la equivalencia de significación de los hechos de una lengua en otra lengua

 

La finalidad sería obtener equivalencia de los hechos de una lengua en otra lengua, es decir, equivalencias entre las significaciones pertinentes de una lengua (producidas por la consideración de los elementos de una lengua en el contexto lingüístico) y las significaciones pertinentes de otra lengua.

 

II.3.3. La traducción tiene por fin  la comprensión del sentido de un mensaje

 

En este caso la traducción tendría por fin comprender el sentido de un mensaje en una lengua y traspasarlo a la lengua primera (o materna) del traductor y de los que participan de esa misma situación del traductor.

 

II.3.4. La traducción tiene por fin hacer comprender el sentido de un mensaje

 

En esta finalidad lo que se busca es que alguien que habla de una determinada manera (que no es necesariamente el modo de hablar del traductor) entienda el sentido del mensaje expresado en otra forma lingual y/o de habla.

 

II.4. CONCEPCIONES ACERCA DE LAS OPERACIONES IMPLICADAS EN LA TRADUCCIÓN

 

Como es obvio las diferentes concepciones acerca del objeto, del proceso y la finalidad de la traducción lleva a considerar de modo distintos el procedimiento, esto es el conjunto de operaciones que implica el traducir.

 

II.4.1. La traducción como una operación de equivalencia numérica de signos pertenecientes a códigos distintos

 

Esta operación implica elegir en un código el elemento equivalente en otro código. Es una operación de tipo digital situada al nivel mínimo de análisis y que muchas veces es imposible, razón por la cual quienes optan por este modo de operar concluyen o suponen la imposibilidad de la traducción; salvo, quizá, en el caso de códigos formalizados y equivalentes.

 

II.4.2. La traducción como una operación de análisis y comparación de lenguas

 

Aquí se trata también de una operación de equivalencia, pero en este caso no de signos, sino de significaciones lingüísticas que requieren de un análisis de los elementos del sistema en el contexto de una lengua y su comparación con los elementos en contexto de otro sistema, que aseguren la equivalencia de significación.

 

II.4.3. La traducción como una operación de comprensión del sentido de un mensaje en una lengua distinta a la primera o materna del que traduce

 

Esta operación exige por una parte la percepción y análisis del significado, pero además la exégesis del sentido, que permite la comprensión del mensaje comunicado en una lengua que no es la primera o materna del traductor.

 

II.4.4. La traducción como una operación para hacer comprender el sentido de un mensaje

 

En este caso la finalidad se cumple en un destinatario que no es el destinatario original del mensaje ni tampoco el traductor. Aquí, además de las operaciones requeridas en II.4.3., se exige la reformulación del sentido comprendido por la exégesis de otra lengua (teniendo en cuenta que es el sentido lo que se mantiene).

 

III. REFLEXIONES CRÍTICAS ACERCA DE LAS CONCEPCIONES DE LA TRADUCCIÓN

 

III.1. LA TRADUCCIÓN ES POSIBLE Y COMUNICA APROXIMADAMENTE

 

Para muchos la traducción como proceso y producto es algo que por obvio hay que admitir y como “contra el hecho no hay argumento”, ello bastaría para destruir la duda acerca de la traducibilidad o, por lo menos, para reducirla a la categoría de pseudo problema.

 

Nos parece, sin embargo, oportuno enfrentar las proposiciones de los que niegan la traducibilidad.

 

III.1.1. Un argumento está basado en la no identidad del espíritu del bilingüe, en virtud de que cada lengua corresponde a un sistema distinto de pensamiento.

 

Esta no identidad supone que no hay nada común entre los dos sistemas de pensamiento que se enuncian en dos lenguas; en otras palabras, el bilingüe es un esquizoide. La práctica de la comunicación social permite observar que un hablante puede comunicarse en una lengua que no es su primera lengua o su lengua materna con relativa eficiencia. Esta relativa eficiencia queda manifiesta cuando el emisor que usa una segunda lengua o una lengua extranjera no logra obtener la conducta adecuada a su intención de parte del destinatario. A la inversa, cuando alguien recibe un mensaje en una segunda lengua o lengua extranjera y responde adecuadamente a las expectativas del emisor, está demostrando la comunidad de los sistemas de pensamientos, o por lo menos, la comunidad parcial. Otros argumentos como los supuestos por los gramáticos generativos, o la “excitación armónica de la fuerza interior” supuesta por Humboldt, o la “traducción radical” de Quine, podrían servir para argumentar contra el solipsismo lingüístico radical (véase asimismo los argumentos que exponemos en III.2.5.).

 

III.1.2 Otro argumento en contra de la traducibilidad también se funda en la incomunicabilidad humana, pero esta vez por reducción implícita de la definición de comunicación.

 

Esta reducción hace que sólo se consideren las vivencias estéticas y expresivo-emocionales como dignos de ser contenido de comunicación, despreciándose los aspectos lógicos y prácticos de la comunicación.

 

Esta posición es bastante difundida entre los “literatos” y “comentadores de la poesía”, que postulan la soledad indecible del hombre para lo esencial y el fracaso del hombre en trasmitir valores alógicos.

 

La no aceptación  de la reducción de la comunicación a los aspectos aludidos en razón del análisis empírico de los procesos de comunicación que la “falsan” (en el sentido de Popper), de la pública observabilidad de las manifestaciones conductuales que expresan los estados afectivos y la alternancia de los hombres en cuanto fuente y destinatario de mensajes permiten rechazar esta tesis de la incomunicabilidad.

 

III.1.3. Una versión más cauta es la que afirma la incomunicabilidad pero la limita al lenguaje

 

Es decir, el hombre no puede comunicarse por el lenguaje.  

 

De algún modo los mismos argumentos usados para la comunicación en general en III.1.2. se aplican ahora al lenguaje cuyas funciones sufren, como en el caso anterior, una reducción a las funciones emotivo-estéticas. Podemos esgrimir las mismas razones aducidas en contra de la tesis de la incomunicación por el lenguaje y de manera especial el análisis empírico de las funciones del lenguaje.

 

III.1.4. El solipsismo moderado de los que admiten una comunicabilidad no por transmisión de contenidos ideales sino por “excitación armónica de la fuerza interior de cada hombre”

 

Esta “excitación armónica de la fuerza interior” pone al hombre en un estado de espíritu que puede conocerse por ser universal la experiencia humana; este un postulado que no basta con ser afirmado para poder ser admitido. A lo más se puede admitir la proposición si se la transforma de postulado, en hipótesis contrastable empíricamente, y entonces queda por delante la ardua tarea de contrastarla y de ver si sale indemne de la contrastación empírica, alternativa que de acuerdo a los avances de la psicología (especialmente de la psicología genética), no parece tener probabilidades de éxito.

 

III.1.5. Hay una posición que concluye en la intraducibilidad pero a partir de premisas muy diversas a las anteriores

 

Esta posición tiene un origen operacional, en el esfuerzo de los que intentan traducir palabra por palabra y, en la constatación de que ello es imposible en muchas ocasiones. En realidad tienen razón en la imposibilidad que anotan pero equivocan respecto a lo que hacen. En este caso la imposibilidad es en relación a la que podríamos llamar la transcodificación que en ningún caso es una traducción.

 

Las razones aducidas anteriormente nos permiten afirmar que la traducción es posible porque es posible la comunicación por el lenguaje y esto es posible porque la comunicación es posible. En consecuencia se puede afirmar que no es aceptable la tesis de la intraducibilidad en sus formas radicales.

 

III.1.6. La traducción no comunica todo, comunica algo

 

Nuestra oposición a la tesis radical de la intraducibilidad no debe entenderse como una aceptación de la tesis ingenua acerca de la traducción. Negar una no significa afirmar la otra. La posición ingenua es igualmente radical. Dado que no hay dos situaciones iguales, los mensajes vinculados a ellas nunca lo serán tampoco y, por consiguiente, el mensaje traducido no será igual al mensaje que se traduce, ya sea por consecuencia de que el sentido sea concebido como una media entre los empleos lingüísticos de las palabras portadoras; ya sea porque el lenguaje como hecho social no puede expresar más que lo accesible al conocimiento de los demás individuos dejando en la penumbra lo estrictamente individual, la traducción siempre será aproximada.

 

La traducción implica “hallar el equivalente que formalice el mismo semema y que además, implique los mismos valores estilísticos, cosa que no es posible sino aproximadamente  (a causa de la riqueza de los factores estilísticos diversos reunidos en un solo monema). Conclusión: la traducción sigue siendo un arte que demanda una gran sensibilidad lingüística y estilística de parte del traductor, pero es un arte que tiene que apoyarse en una teoría lingüística”.[5]

 

Si afirmamos que la traducción es posible y a la vez que no comunica todo, está claro que implícitamente estamos afirmando que comunica algo.

 

Esta es precisamente la tesis que encuentra fundamento en las teorías de la lingüística contemporánea, la cual “al separar funciones distintas  en el lenguaje, lleva a la tesis de que la comunicación es un fenómeno cuyo éxito puede ser aproximado, o relativo, tener grados.[6]

 

Nuestra tesis en III.1. al comienzo de este capítulo resume lo dicho.

 

III.2. LA TRADUCCIÓN ES UN PROCESO

 

III.2.1. Suponiendo que es aceptable concebir la traducción como un texto-producto, éste no puede mentarse en cuanto tal si no es en relación a un proceso (cfr. II.2.1.)

 

Esta es la razón por la cual es ocioso contraponer de modo mutuamente excluyente las concepciones de la traducción como texto-producto o como proceso. Sí, nos parece pertinente, analizar las concepciones de la traducción en cuanto proceso y las concepciones respecto a cual sea objeto sobre el cual se opera.

 

III.2.2. La primera concepción de la traducción se refiere a lo que hace el traductor

 

Sin duda la primera concepción de que la traducción es lo que hace el traductor es inútil si no se describe y explica lo que el traductor hace, y precisamente, con un criterio de “economía” y “practicidad”, a más de antiteórico, es lo que suelen hacer los que la formulan: sólo mencionan al traductor sin describir y explicar lo que hace.

 

III.2.3. El proceso de la traducción como una operación reversible

 

La segunda concepción ve el proceso de la traducción como una operación reversible entre signos de dos lenguas, es decir, ir de una lengua a otra convirtiendo los signos en otros signos. (Suele entenderse el signo como una entidad que puede hacerse sensible y que para un grupo definido de usuarios señala una ausencia en sí misma. La parte potencialemente o actualmente sensible es el significante; la parte ausente, el significado y la relación que se puede establecer entre ambos es la significación).[7]

 

La operación de sustitución requiere una memoria humana o artificial  y es una operación simple y reversible entre unidades de dos lenguas y que no requiere de ninguna otra operación intelectual. Esta manera de concebir la traducción ha sido llamada “traducción-calco”.

 

Desde Saussure se ha enfatizado la naturaleza sistémica de la lengua, que hoy suele denominarse estructural. Esta concepción impide concebir la lengua como una nueva nomenclatura, que es el supuesto de la concepción de la traducción-calco. Más aún , la posibilidad de sustitución de los elementos sólo se da dentro del sistema, por cuanto el valor de un signo es función de su relación con el sistema o estructura. El lenguaje es una organización y la unidad tiene su única realidad en el sistema de relaciones con las otras unidades. Determinar los elementos de la lengua (los signos) es referirlos al sistema, es necesario clasificarlos entre sus opuestos. Más allá de sus diferencias, funcionalistas y glosemáticos están de acuerdo que no es posible percibir ni comprender un signo fuera del sistema de la lengua al cual pertenece.

 

En la medida que no pueda negarse la proposición básica de la lengua como sistema, es imposible sostener la concepción de la traducción-calco. Es posible argumentar de otros modos[8] pero lo dicho parece suficiente.

 

III.2.4. La traducción como una operación de análisis y comparación de lenguas

 

Hay quienes no aceptando la traducción-calco conciben la traducción como una operación de análisis y comparación de lenguas. La traducción sería una operación , pero en este caso sería una operación no sobre elementos o signos, sino sobre las lenguas como sistemas o estructuras. La influencia de la lingüística contrastiva en esta concepción es manifiesta. Esta concepción requiere que se determine la significación pertinente de los signos previamente a las búsquedas de las equivalencias en la otra lengua. Es necesario disipar la polisemia de las palabras y para ello es necesario poner en contexto las palabras.

 

Estamos de acuerdo en lo asertivo de la siguiente proposición: el establecimiento de la significación y de la significación pertinente es una operación necesaria para la traducción; sin embargo, admitir que es necesaria no es admitir que es suficiente. Los mensajes no se construyen por composiciones regidas exclusivamente por las operaciones de transformación de un sistema lingual o de una lengua: los mensajes están sometidos también a operaciones de transformación del sistema sociocultural, que implican relación a una situación en la cual concretiza la lengua en habla.

 

Los signos deben relacionarse pues con el contexto, lo que permite dilucidar su significación, pero además deben ponerse en relación con la situación –que es cultural, en cuanto pauta compartida de experiencia- lo que permite atribuirle sentido.

 

III.2.5. La traducción una operación de comprensión

 

Hay quienes que aceptando que lo que se traduce es el sentido, ven en la traducción una operación de comprensión. Traducir es una operación requerida para comprender el sentido de un mensaje expresado en una lengua que no es la primera o materna del que recibe el mensaje, pudiendo ser o no el destinatario del mensaje.

 

Esta concepción de alguna manera está vinculada a la tesis que niega la unidad del espíritu del bilingüe en razón de que dos lenguas son dos modos de pensar distintos. En esta posición en que se afirma la necesidad de la traducción para comprender, se agrega, implícitamente en ciertos casos, que el bilingüe sólo comprendería en la que es su lengua primera o materna, lo que implica una negación del bilingüismo si se lo concibe como posesión de dos lenguas aprendidas como lenguas maternas.

 

Sin embargo hay otra versión de la tesis de la traducción para la comprensión que se afinca en el supuesto de que la situación del bilingüismo o plurilingüismo implica influencias sobre el conocimiento de cada una de las lenguas coincidentes, influencia que puede darse a niveles distintos, que van desde el fonológico pasando por el de las reglas gramaticales aplicadas al de las categorías de pensamiento. Esta versión última lleva a plantear eminentemente el problema de la traducción en un nivel neuro-psicolingüístico de indudable importancia y complejidad. Asimismo, acerca nuevamente de la tesis de que el traductor adaptaría y, por consiguiente, no lograría transmitir el mensaje con fidelidad por cuanto habría influencias de una las lenguas que posee sobre las otras que también posee como plurilingüe (véase al respecto II.1.2.1.).

 

Creemos que es necesario distinguir por una parte la existencia de posibles influencias entre las lenguas que posee un plurilingüe y sus efectos en el habla de dicho sujeto y por otra parte, la relación de este proceso como fundamento adecuado para una tesis solipsista radical.

 

De todos modos es necesario señalar que la posición de la traducción para comprender, al situarse al interior del plurilingüe, supone un proceso interior en donde hay recepción de mensajes en una lengua y una articulación entre esa lengua y otra de las poseídas por el plurilingüe, a más de influencias distorsionadoras. No se puede hablar de distorsión sin influencia,  ni de influencia sin alguna relación o mediación y obviamente si hay mediación, algún mecanismo –de entidad discutible- debe producirlo.

 

Si se concibe un mensaje en una lengua y se lo comprende en otra, hay que postular un mecanismo, pues la sola constatación del hecho  no explica. Ese mecanismo sería un mecanismo que haría comprender un mensaje recibido en una lengua en otra lengua. “Haría comprender”, dijimos y esto nos muestra que esta tesis de la traducción para comprender nos remite de todos modos a la tesis de la traducción como un proceso que hace comprender un mensaje formulado en una lengua distinta a la del destinatario de la traducción.

 

III.2.6. La traducción como un proceso cuyas operaciones hacen comprender un mensaje

 

La concepción de la traducción como un proceso cuyas operaciones hacen comprender un mensaje formulado en una lengua distinta de la del que comprende, nos sitúa en un plano ya no psíquico sino social. Aquí la traducción es un proceso social que instaura relaciones  dotadas de sentido entre dos o más individuos, es comunicación social y como tal, matriz de las relaciones humanosociales.[9]

 

Aquí los problemas se sitúan a nivel de las relaciones de comunicación entre personas. Así concebida la traducción, supone por un lado, operaciones analíticas de la significación y de exégesis del sentido probable de la decodificación del mensaje recodificado para el destinatario de la traducción, requisitos ambos para equivalencia del sentido del mensaje inicial con el sentido del mensaje traducido. Hay una operación de recodificación de sentido que tiene que asegurar la equivalencia entre el sentido codificado por la fuente del mensaje y el sentido decodificado por el destinatario de la traducción. Si se tiene en cuenta que lo empíricamente contrastable es solamente el idiolecto, todas las otras categorizaciones implican alguna inferencia. Tanto el habla como la lengua-sistema-estructura, se instituyen por la dialéctica de la comunicación social y no la preexisten y el dialecto (como hecho social opuesto a la lengua-sistema-estructura) se constituye por convergencia parcial de los idiolectos así como el idioma standard –código social común, por convergencia de los lectos.[10]

 

Teniendo en cuenta lo anterior, la codificación, recodificación y decodificación se deben entender respecto al sentido de los mensajes codificados en un idiolecto en cuanto pertinente a un dialecto y a un idioma pues los implicados en la comunicación social usan para comunicarse  códigos sociales y no las abstracciones de los códigos, usan idiomas y no lenguas-estructuras-sistemas.

 

Obviamente los códigos son asertivamente sistemas (o estructuras) de las cuales pueden abstraerse esquemas.[11] Pero el mensaje no es simplemente un código, sino uso social de un código: código social, lecto e idioma y por lo tanto situado socialmente es decir en un tejido de relaciones que otorga sentido a la significación y por consecuencia, pasible de una exégesis situacional.

 

Sin duda el ejercicio social de hablar hace que por una especie de feed-back, el código se hace mensaje  y el mensaje tiende a instituirse como código.

 

Después de esta larga disgreción volvemos a la concepción de la traducción como operación que hace comprender a otro el mensaje de alguien. Es ese otro para el cual la operación resulta útil y para quien se realiza. En otras palabras la traducción es un proceso de comunicación social.

 

El proceso de traducción es aquel proceso social por el cual se posibilita la comunicación social por el habla impedida por las diferencias de hablar y lenguas, un proceso que permite al sentido del mensaje trascender las limitaciones del habla y de la lengua. Es un proceso de mutación de la forma del sentido de un mensaje.

 

III.3. LA TRADUCCIÓN TIENE POR FINALIDAD COMUNICAR POR EL HABLA A QUIENES, POR LAS DIFERENCIAS DE HABLAS, ESTÁ IMPEDIDOS DE COMUNICARSE POR EL HABLA

 

La historia de la traducción y su ejercicio práctico en la actualidad nos parece un posible punto de partida para pretender preguntarse acerca del “para qué”, acerca de la finalidad de la traducción. Las diversas concepciones acerca de la finalidad, que brevemente hemos expuesto en II.3., intentan responder a esa pregunta. Así se ha dicho que la finalidad de la traducción es cambiar de código, obtener la equivalencia de significación de una lengua en otra, obtener la comprensión del sentido de un mensaje y finalmente hacer que se comprenda el sentido de un mensaje.

 

Preguntarse por la finalidad de un proceso social, es preguntarse por los fines que le atribuye la sociedad a ese proceso; esto es: qué expectativas hay en un grupo social acerca de la producto de una acción social. Ahora bien, establecer estas atribuciones y expectativas es una tarea de análisis social que tiene por objeto la práctica social.

           

En nuestro caso es preguntarse cuál de las diferentes concepciones de la finalidad social es que la satisface en la práctica la expectativa respecto a la traducción.

 

En el pasado filósofos y teólogos, comerciantes y misioneros y hasta guerreros contrataron a los traductores y los apreciaron porque les permitían satisfacer sus intereses de comunicación con otros seres humanos que hablaban lenguas que ellos no comprendían.

           

Hoy en día se sigue contratando con el mismo interés. Poco importa el demandante de los servicios del traductor si éste cambia códigos o establece equivalencias de significación o si hace exégesis para la comprensión. Lo que sí interesa es que demuestre que es capaz de comunicar eficazmente. Los que atribuyan otra finalidad a la traducción que no sea la comunicación sin duda no serán demandados por la sociedad en cuanto traductores; en todo caso se los contratará para codificar y se los llamará, como ya se hace, codificadores (en computación, por ejemplo) o se los contratará para la investigación de las equivalencias significativas (y pertinentes) entre las lenguas y se los llamará ling·istas (contrastivos).

           

En la práctica social los términos traductor y traducción está en función de una finalidad comunicativa. Si se trata de comunicación social, se está tratando de un proceso de interacción social, concreto y a nivel de lo concreto lo que existen son “hablas”, no lenguas (sistemas-estructuras). Por eso el traductor directamente tiene que ver y solucionar problemas de comunicación entre hablantes de distintas hablas y sólo indirectamente y en función de los primero, problemas con las lenguas. El traductor tiene problemas y finalidades pragmáticas respecto a lenguaje y sólo indirectamente en cuanto lo necesita para la práctica social, tiene problemas sintácticos y semánticos. Como a todo rol social, al rol del traductor se le atribuye una específica actividad dentro del conjunto de la acción social. No está en manos del que desempeña el rol atribuirse la actividad, es el grupo social; es la sociocultura la que determina qué actividades son propias o no de determinado rol. En el caso del traductor, su rol a través del tiempo y del espacio, a pesar de las variaciones que puedan observarse, es constante y es principalmente la actividad de comunicar por el habla a quienes por las diferencias de hablas están impedidos de comunicarse por el habla. Y comunicarse es ser capaz de comprender el sentido del mensaje del otro. Hacer comprender el sentido del mensaje en otra habla es la finalidad del traductor y de la traducción.

 

III.4. LAS OPERACIONES IMPLICADAS EN LE PROCESO DE TRADUCCIÓN

 

Como decíamos en II.4, las diferentes concepciones acerca del objeto, del proceso y la finalidad de la traducción hacen considerar de modo distinto el procedimiento –el conjunto de operaciones y su articulación- implicado en el proceso de traducción.

           

Cuando se hace la opción por la determinada finalidad de hacer comprender el sentido de un mensaje, de comunicar a quienes por hablar distinto no pueden comunicarse, es necesario preguntarse qué operaciones están implicadas para que el proceso sea eficaz en obtener ese fin.

 

Dado que la finalidad es comunicar, debe superarse el obstáculo que es la diferencia de habla que impide comprender el sentido del mensaje. Las operaciones pues tienen que ver con la superación eficiente del obstáculo.

 

Si así se reflexiona, el problema de la traducción se ubica dentro de la problemática general de la comunicación y específicamente en los problemas de comunicación por el habla.

 

III.4.1. La traducción no es una operación de equivalencia numérica de signos pertenecientes a códigos distintos.

 

La concepción vulgar no sólo supone que es posible traducir sin necesidad de operaciones exegéticas (operaciones sobre el sentido del mensaje), sino que concibe el proceso de manera lineal. Según esa manera de concebir, la operación implicada es la del pasaje de un elemento de un código o de una lengua “de partida” a otro elemento perteneciente a otro código o lengua (llamados “de llegada”). Lo único que hay que cuidar es la equivalencia de los elementos. Normalmente el problema de cuál sea esta equivalencia no se plantea (¡por obvio!) o se soluciona prácticamente sobre la base del conocimiento vulgar implícito o intuitivo. Más aún, para la mayoría de los que así piensan, plantear el problema es complicar inútilmente el proceso práctico de la traducción, actitud típica de “teóricos”, concebidos como individuos sólo capaces de abstracciones inútiles e ineficaces. Es curioso que quienes así piensan llegan frecuentemente a deplorar la falta de equivalencia entre los elementos de dos lenguas y a concluir en la imposibilidad de la traducción,[12] lo cual ciertamente no asegura la eficiencia de la traducción.

           

El que traduce debe, sin duda, aprehender la emisión de la fuente como primera fase de operación. Si no hay aprehensión de la emisión no hay posibilidad de traducir, y sin duda, es tan obvio que puede parecer una tontería decirlo.

           

Un emisor emite señales en una secuencia temporal o espacial que un receptor recibe en la misma secuencia lineal. Nos situamos en el nivel físico de la comunicación, nivel que en el  caso del habla es el del significante.

           

Si bien, es verdad, que la relación significante significado, es decir, la significación es arbitraria en el sentido que no es necesaria la relación, también es cierto que psíquicamente no hay un significante sin algún significado y a la inversa. Por lo tanto al hablar emitimos y percibimos signos aún en el caso de una relación de equivocidad. Por eso la emisión significativa de la fuente no es simplemente padecer estímulos físicos, sino acoger señales en cuanto signos. Dejando de lado los problemas que plantea la percepción de los elementos significantes, que podría ya poner en crisis la concepción lineal de la recepción del receptor humano, centrémonos en los problemas de la aprehensión de signos que implica aprehender significantes, significados y además, sentido.

           

Examinamos el análisis del proceso de aprehensión o de decodificación  del mensaje hablado en el caso de la frase: /él hace el loco/.[13]

 

El primer elemento cuando se percibe auditivamente (no visualmente) no es más que una entidad morfológica: /el / con una pluralidad de virtualidades semánticas. No tiene contenido referencial  actual  y por lo tanto es inintiligible. Lo entendemos exclusivamente como un elemento del sistema sémico. Puede cumplir funciones de artículo o de pronombre.

 

No podemos valorizarlo como artículo o pronombre fuera del contexto en el cual se halla, vgr. /él hace/  o /el payaso/.

           

La ambigüedad del mensaje continúa con el segmento siguiente pues /hace/, fuera que oralmente puede confundirse en castellano de Chile  con /ase/, puede significar “fabricar”, como en el caso de hacer una silla o “imitar”, como en el caso de nuestro ejemplo /él hace el loco/.

           

Pero aún la ambigüedad continúa si /él hace/ no se pone en el contexto o sintagma del cual forma parte. Del segmento siguiente /el/ podemos decir lo mismo que del primer segmento /él/, y como se ve, /él hace el/ aún mantiene la ambigüedad.

           

El segmento siguiente y final del sintagma /loco/ a su vez mantiene la ambigüedad; /loco/ puede referirse a un enfermo mental, o que se juzga procede como tal, o puede referir a un ejemplar de una especie marina.

           

Así /él hace el loco/ mantiene aún su ambigüedad, lo que manifiesta que el solo contexto aún no basta: es necesario referirse  a un contexto más amplio y/o a la situación en que se emite el mensaje. Recién entonces es posible adjudicarle significación y sentido al primer segmento y a los siguientes.

           

Así, por ejemplo, si se está hablando de un grupo de personas que están en la cocina, /él hace el loco/ tiene un significado y un sentido  distinto que si se está  hablando del comportamiento alocado de alguien.

           

Aún podrían mostrarse otras virtuales o implícitas ambigüedades de /él hace el loco/.

           

Lo anterior nos muestra que la decodificación no es lineal sino que requiere y procede a la manera de un feedback. La recepción pasiva de los segmentos del enunciado según el desarrollo lineal de los elementos del discurso hace imposible decodificar el mensaje. Aquí parece cumplirse lo que decían los escolásticos: “lo primero en la intención es lo último en la ejecución”. Si ya para la aprehensión del mensaje es necesaria la complejidad mostrada y la traducción implica la aprehensión, se sigue lo dicho en el subtítulo III.4.1.

 

III.4.2. La traducción no es una operación exclusiva de análisis y comparación de lenguas.

 

Hay quienes descartan que traducir sea una operación de equivalencia numérica de signos pertenecientes a códigos distintos y afirman que es necesario primero determinar la significación pertinente de los signos a traducir para encontrar el equivalente en otra lengua.

           

En III.4.1. hemos analizado una situación que manifiesta la polisemia de los segmentos de un sintagma. Tratamos de llegar a la monosemia reponiendo los segmentos en el sintagma al cual pertenecen y sin duda nuestro intento tuvo éxito parcial. Al final hemos visto que el sintagma /él hace el loco/ sigue siendo ambiguo. Lo anterior manifiesta que la sola operación sobre la lengua es insuficiente para determinar el sentido y aún para evitar la polisemia de algunos segmentos del sintagma. El solo análisis y la comparación de lenguas son insuficientes para librarnos de la ambigüedad y no me permiten conocer el sentido.

           

Por eso Oswald Ducrot, hablando de la situación del discurso dice: “Es obvio que la gran mayoría de los actos de enunciación (quizá todos) son imposibles de interpretar si sólo se conoce el enunciado empleado y se ignoran las circunstancias de la situación: los motivos y los efectos de la enunciación se perderán, pero sobre todo (y esto es lo único a lo que nos referimos aquí) será imposible describir correctamente el valor intrínseco de la enunciación, inclusive las informaciones transmitidas”.

           

La frase /él hace el loco/, además de las ambigüedades que hemos analizado en III.4.1., tiene otras. Así, por ejemplo, /él hace el loco/, si se dice de alguien que está actuando en el teatro, se refiere a un rol o papel dentro de la obra teatral y por consiguiente, se entiende que las conductas atribuidas al sujeto son ficticias. Si, por el contrario,, se alude a un sujeto en una situación de la vida social, en la cual sus conductas son anormales, su conducta es considerada real. Las dos situaciones permiten juzgar del sujeto de manera opuesta. En el caso del artista, será aplaudido cuanto más “alocada” o “loca” sea su conducta, por ser ficticia ; en el caso del sujeto en la vida social real, será sancionado negativamente por el grupo social por no someterse a la norma.

           

El sólo análisis lingüístico nos deja pues:

 

1.       Sin determinar el referente de las expresiones empleadas.

2.       Sin capacidad de elegir entre diferentes interpretaciones de un enunciado ambiguo.

3.       Sin poder determinar la naturaleza del acto de habla realizado.

4.       Sin precisar el carácter normal o anormal de una enunciación.

 

Lo anterior nos afirma la aserción de Piaget respecto a que el habla “(...) es una codificación con miras a una decodificación, y una decodificación en función de una codificación; es por lo tanto una vinculación de los aspectos clasificador y relacional en nombre de su esencia misma”.[14]  Lo mismo podríamos decir de la traducción como especie de habla.

           

Queda también confirmada la tesis de Coseriu de que “ (...) el objeto de la lingüística (“ciencia del lenguaje”) sólo puede ser el lenguaje en todos sus aspectos. Y el lenguaje se da concretamente como actividad, o sea, como hablar (...) sólo porque se da como actividad puede estudiarse como producto”[15] (es decir, como lengua) y que “(...) el hablar es más amplio que la lengua; utiliza sus propias circunstancias (mientras que  la lengua es acircunstancial) y también actividades complementarias no verbales.[16]

 

Así pues, el análisis lingüístico o el análisis de la significación  es insuficiente para la comprensión. Decir que es insuficiente no significa afirmar que no es necesario.

           

Dado que el traductor debe comprender, esto es, decodificar adecuadamente la emisión que quiere traducir, es obvio que el solo análisis lingüístico le es insuficiente para traducir y por lo tanto el análisis y la comparación de lenguas resulta insuficiente para la traducción.

 

III.4.3. La traducción como un proceso de mediación social

 

La traducción es entendida primariamente como un proceso de mediación social entre individuos que no pueden comprender sus mensajes por usar hablas diferentes.

           

La concepción de la traducción como una operación de comprensión del sentido de un mensaje en un habla distinta a la primera o materna del que traduce, ubica el problema en los procesos neurofisiológicos y psíquicos del sujeto que traduce. Sin duda este nivel de análisis es pertinente para hacer inteligible los procesos y operaciones a través de los cuales el traductor comprende el mensaje que traducirá.

           

Pero si bien el mensaje intersubjetivo puede y debe ser analizado para conocer más y mejor al sujeto traductor, es sin duda insuficiente para comprender el proceso social de la traducción. En cuanto social la traducción no es una mediación intrasubjetiva sino intersubjetiva. Y el sentido que prima cuando hablamos de la traducción como proceso es social, esto es, intersubjetivo. Afirmar que primariamente la traducción es un proceso de mediación social es ver al traductor y su quehacer como una mediación entre sujetos y no simplemente como una relación con un sujeto.

           

Afirmar que es una mediación social entre individuos primariamente no excluye ni incluye las mediaciones intrasubjetivas. Sin duda el rigor en el estudio de la traducción  hará probablemente que quien la estudie incluya como objeto de sus reflexiones las mediaciones intrasubjetivas, pero téngase en cuenta que incluir implica primero distinguir. Por lo tanto, se podrán incluir las mediaciones intrasubjetivas una vez que hayan sido distinguidas de las intersubjetivas.

 

III.4.4. La traducción implica no sólo las operaciones que posibilitan la comprensión del habla del emisor, sino también las operaciones que posibilitan una expresión comprensible del mensaje del emisor

 

Así entendida la traducción implica no sólo las operaciones que posibilitan la comprensión del habla del emisor, sino también las operaciones que posibilitan una expresión comprensible del mensaje del emisor que se traduce para el destinatario de la traducción.

 


 


[1] Definimos la eficacia como la capacidad de producir un efecto y la eficiencia como la capacidad de producir un efecto en el menor tiempo, con el menor costo y de manera óptima.

[2] Declaramos inspirarnos y ser deudores en muchos pensamientos de G. Mounin en su libro Los problemas teóricos de la traducción, 1971, Editorial Gredos, Madrid, capítulo XI, página 200 y ss.

[3] Verón Eliseo, Conducta, estructura y comunicación, 1972, Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 2ª edición, página 145, nota 16.

[4]  La clasificación que sigue nos permite también ver cuáles son las principales concepciones respecto al objeto sobre el cual se opera en el proceso de traducción.

[5] BALDINGER, Kurt, Teoría semántica, 1970, Ed. Alcalá, Madrid, pág. 227

[6] MOUNIN, Georges, Los problemas teóricos de la traducción, 1971, Ed. Gredos, Madrid, pág. 211

 

[7] Para una mayor información breve y elaborada, véase DUCROT, O y TODOROV, T. Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, 1974, Ed. Siglo XXI, Argentina, Buenos Aires, pp. 121 y ss. y 392 y ss.

[8] Ver como lo hace Wandruska al mostrar la polimorfía de las lenguas en cuanto polisistemas.

[9] Cabe aquí recordar la distinción escolástica entre actos del hombre y actos humanos y también la de actos individuales y actos sociales. Estos últimos implican interacción dotada de sentido (cfr. por ejemplo Pitirim Sorokin).

[10] Usamos el término “lecto” como genérico de los sociolectos, dialectos y tecnolectos.

[11] Usamos la clasificación de Coseriu: habla, norma, sistema, esquema.

[12] Véase II2.2.2.; III.3.1.; II.4.1. y III.1.5.

[13] Mensaje configurado en el español de Chile y que debe considerarse en cuanto expresión oral y no escrita para que sirva de ejemplo adecuadamente.

[14] Piaget, Jean, Epistemología de las ciencias humanas, 1972, Ed. Proteo, Buenos Aires, p. 126

[15] Coseriu, Eugenio, Teoría del lenguaje y ling·ística general, 1967, Ed. Gredos, Madrid, p. 285

[16] ibid. p. 290