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Reflexión sobre la
Tecnología
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I. INTRODUCCIÓN
Como muchos otros, el término
"tecnología" produce equívocos y ello porque designa varios
conceptos, es decir, por su ambigüedad. Claro está que su
ambigüedad proporciona una economía, pues con un solo término
expresamos varios conceptos, pero por otro lado, produce
confusión. Sin duda podemos reducir esta ambigüedad agregando
otros signos al signo ambiguo, evitando así, por lo menos
parcialmente, la confusión. Por eso, cuando se quiere compartir
una reflexión es necesario asegurarse que el término que se usa
al ser decodificado designará el mismo concepto que estaba en la
mente del emisor.
Pero, aún con agregados de otros
signos, a veces es imposible superar la ambigüedad y las
consecuentes equivocaciones por la sencilla razón de que el
concepto mismo que se quiere designar con el término, es confuso
y vago.
Esta situación se transforma en
algo desgraciado cuando el término ambiguo que designa un
concepto vago o confuso se asienta en la universidad.
Si no reflexionar es un desastre
para el hombre que quiere humanizarse, y si la vaguedad es una
enfermedad del pensamiento; reflexionar sobre la vaguedad es una
catástrofe; es una desintegración mayor que la de Babel. Digo
catástrofe porque cuando ello ocurre observamos la imposibilidad
del diálogo, crítico, metódico y complejo que es la tarea
universitaria.
Nuestra experiencia limitada, y
por tanto no generalizable, nos ha convencido de que esta
catástrofe se está produciendo por lo menos en algunos sectores
de nuestra cultura y lo que es peor en algunas de nuestra
instituciones dedicadas a la reflexión intelectual cuando en el
diálogo se usa el término "tecnología". La situación
de confusión recién analizada trae como consecuencia el
reforzamiento de prejuicios fundados en la ignorancia respecto a
las relaciones de la ciencia y la tecnología, del humanismo y la
moral, y como dice Bunge "en lugar de analizarlos han preferido
declamar contra lo que han llamado "la ciencia deshumanizada" y
"la técnica esclavizadora" (...) han demostrado ignorar que la
tecnología contemporánea, aplicación del método científico a
objetivos prácticos, es una actividad espiritual mucho más
profunda y rica que algunas actividades humanísticas".
Si bien es verdad que mucha gente
usa los productos de la tecnología desconociendo su génesis,
composición y funcionamiento, así como su importancia
sociocultural, y ello es comprensible porque su vida no está
orientada a obtener niveles de comprensión racional, ni a
explicar la ciencia y la tecnología; es también verdad que
aquellas personas, como los universitarios, que orientan su
actividad en cuanto tales a comprender y explicar la realidad no
se hallan justificados de hacerlo.
Por lo anterior, en este trabajo
intentaremos eminentemente ofrecer un esfuerzo de dilucidación
que tenga por consecuencia reducir la confusión y permita
reflexionar constructivamente sobre la tecnología.
II. ACCIÓN: CONOCER Y HACER
En el conjunto de acciones que
desarrollamos los seres humanos podemos distinguir dos clases.
La primera está constituida por
las actividades dirigidas a conocer. El hombre conoce cuando
logra obtener una representación intencional del objeto, es
decir, conoce a través de conceptos.
Si bien hay posibilidades de
otros conocimientos, éste, el conceptual, parece ser el
conocimiento típicamente humano. En el intento de conceptualizar
el hombre trata de representarse el objeto tal como es, en otras
palabras intenta que la representación sea adecuada al objeto.
En este caso, pues, la relación de adecuación tiene dos
términos: el sujeto que conoce y el objeto que se conoce. El
sujeto se adapta al objeto; intenta representarlo adecuadamente
y para ello el sujeto es el que se modifica tratando de no
introducir cambios en el objeto. La relación eminentementese
orienta del objeto al sujeto.

La segunda clase de actividades
son las orientadas a modificar los objetos, a hacer cosas. El
hombre para subsistir y desarrollarse necesita de los objetos
que lo rodean y es por eso que se relaciona con ellos y trata de
adaptarlos a su necesidad, trata de adecuarlos para que le sean
útiles. Como en el primer tipo de actividades también aquí hay
una relación y una relación de adecuación, entre el sujeto y un
objeto, pero en este caso el que se adapta o adecua es el
objeto; la relación se orienta eminentemente del sujeto al
objeto. El sujeto tiene una idea acerca de cómo sería útil para
él el objeto y actúa en consecuencia eficientemente sobre el
objeto para modificarlo de acuerdo a esa idea.

Comparando ambos grafismos
tenemos:

Lo anterior nos muestra que la
orientación de la relación de adecuación es inversa cuando se
comparan las actividades orientadas al conocer con las
orientadas al hacer.
La relación de perfecta
adecuación en el conocimiento la llamamos verdad y la relación
de perfecta adecuación en el hacer la nombramos eficiencia.
Por eso es que afirmamos que la
eficiencia no es criterio de conocimiento, ni la verdad criterio
suficiente de eficiencia. Una afirmación, teórica o no, puede
ser eficiente y a la vez falsa, o ser eficiente y a la vez
verdadera, o ser ineficiente aunque verdadera, o ser ineficiente
y falsa a la vez.
III. CONOCIMIENTO COMÚN Y HACER
COMÚN
En el esfuerzo, común a todos los hombres,
por conocer se logra lo que habitualmente se llama conocimiento
común o vulgar. Este conocimiento se genera normalmente a partir
de generalizaciones empíricas, o inducciones, estas inducciones
y sus consecuentes generalizaciones resumen hechos observados o
inferidos de la vida cotidiana. Este conocimiento común no
implica previamente ningún conocimiento especializado, más aún,
en el lenguaje común, conocimiento común y especializado se
suelen oponer de manera excluyente, asimismo, puede observarse
que el conocimiento común no suele ser sistemático y sí muy
frecuentemente es incoherente. El conocimiento común tiende
normalmente a eliminar la problematicidad de la vida cotidiana
para dejar expedito el camino al actuar diario. Los problemas
se eliminan porque constituye obstáculos para la acción. Pero
eliminar problemas no es solucionarlos. El conocimiento es visto
como un instrumento eficaz que permite al hombre actuar
eliminando problemas, se trata de eliminar el mayor número de
problemas y hacer el máximo de cosas con el mínimo de
conocimiento.
El conocimiento común arraiga en
la experiencia común y cotidiana. Esta vinculación a la
percepción inmediata lo encadena al mundo de la percepción y le
impide trascenderla. Tal es así, que cuando trata de trascender
la experiencia inmediata, se cae normalmente en el mito o la
pseudociencia. Así la trascendencia que consigue es a costa de
la razón.
Pero no sólo hay una actividad
cognoscitiva común, también podemos observar una actitud
orientada a hacer común a todos los hombres y que vulgarmente
llamamos: práctica. Ya los griegos entendieron la práctica
(praxis) como la acción de llevar a cabo algo, un asunto, como
lo que era adecuado para una transacción o negocio. Así como en
las actividades cognoscitivas hay un conocimiento común, así en
las actividades orientadas a hacer hay una hacer común o
práctica.
Cuando se actúa de manera
práctica se procede solamente sobre la base del conocimiento que
proporciona la relación inmediata de manipulación de las cosas o
procesos; los criterios que imperan son los del ensayo y error;
el tanteo, y en el mejor de los casos se asegura la eficacia
pero no la eficiencia.
Como ejemplo podemos aludir al “inventor” quien usaba el
llamado "método" de ensayo y error (trial and error). La
familiaridad con los materiales que empleaba, y no su
conocimiento de las leyes, es lo que le hacía ensayar, más o
menos al azar, nuevas configuraciones y combinaciones.
Así, también hay muchos técnicos
conocen el objeto, sea físico, sea biológico, sea social, de
modo íntimo, aunque no de modo conceptual: es el suyo
conocimiento por familiaridad más que conocimiento científico.
Ésto es ventajoso en las operaciones manuales. Son los que
practican la técnica que denominaremos “1”.
Ambas actividades, el conocer y
el hacer comunes, producen lo que habitualmente llamamos cultura
popular. Es conveniente subrayar que estas dos relaciones de
los hombres con los entes no deben predicarse sólo respecto a
las relaciones de los hombres con los entes no deben predicarse
sólo respecto a las relaciones de los hombres con los entes no
humanos, sino también a las relaciones de los hombres entre sí,
relaciones que conforman, aunque no exclusivamente, el universo
sociocultural. Así por ejemplo, las relaciones implicadas en
los procesos de enseñanza-aprendizaje en la familia.

IV. LA RACIONALIZACIÓN DE LAS
ACTIVIDADES
El conocer y el hacer comunes
pueden racionalizarse. Llamamos actividades racionales aquellas
que han alcanzado un grado máximo de adecuación a una finalidad
preestablecida y que persiguen finalidades que han sido
escogidas haciendo uso deliberado de conocimiento relevante.
Por consecuencia diremos que una actividad es racional no sólo
cuando maximiza la medida en que lleva a lograr una finalidad,
sino cuando también la propia finalidad perseguida, lejos de ser
aceptable irracionalmente, es justificada por el mejor
conocimiento disponible.
Es necesario la afirmación
anterior para que no se caiga en la ilusión reduccionista que
sólo concibe la racionalidad como una mera adecuación de los
medios a los fines.
Racionalizar el conocer y el
hacer no elimina las diferencias entre ellos, diferencias que
hemos señalado en el Capítulo II.
Cuando se procede de manera
racional decimos que se actúa metódicamente. El método es el
conjunto de procedimientos racionales de acción.
Cuando se actúa aplicando
plenamente procedimientos racionales y eliminando los que no
son, decimos que se es riguroso.
Cuando el rigor se transforma en
la norma conductual de un grupo que se dedica a actuar respecto
a un objeto usando teorías y produciendo como consecuencia una
acumulación de conocimientos o efectos vemos que el rigor se ha
institucionalizado y es cuando se lo llama: disciplina.
Así pues, decimos que la
disciplina es el rigor institucionalizado. La disciplina como
perfección de la actividad racional influye en la manera como el
mundo se refleja en nuestra conciencia y también influye en
nuestro comportamiento respecto al mundo para modificarlo.

V. LAS DISCIPLINAS DEL CONOCER
Las actividades orientadas a
conocer, que han logrado un nivel disciplinario se caracterizan
por poseer el conocimiento en forma de teorías y los
procedimientos en forma de método.
La teoría es un conjunto
lógicamente coherente de proposiciones. Dentro del conjunto de
proposiciones que incluyen una teoría, las más importantes son
los enunciados nomológicos, a los cuales vulgarmente se les
llama leyes. Estos enunciados, valga la redundancia, enuncian
las relaciones constantes entre variables relevantes atribuidas
a propiedades de un objeto. La relación de adecuación entre el
enunciado nomológico y aquellos aspectos objetivos a los cuales
se refiere es el criterio que permite aceptar o rechazar dichos
enunciados.
Cuando la relación es adecuada
decimos que es verdadero y cuando no lo es, decimos que es
falso.
En las disciplinas que tratan
ideas, es decir, las disciplinas formales, la adecuación
requerida es solamente la coherencia lógica. En cambio en las
disciplinas factuales que tratan de hechos, además de la
coherencia lógica se requiere una contrastación empírica.
Entre las primeras tenemos la lógica y la matemática, por
ejemplo, y entre las segundas la física, química, etc., esta
última diferenciación o clasificación ha introducido un tercer
criterio clasificatorio: el objeto.
Así pues, teoría, método y objeto
nos sirven para clasificar las disciplinas del conocimiento.
En sentido estricto llamaremos
ciencias a las disciplinas teóricas empíricas o factuales.

VI. LAS DISCIPLINAS DEL HACER
Hemos considerado como se
racionaliza el conocer, ahora veremos que el proceso de
racionalización también puede aplicarse al hacer. Al hablar del
hacer común o práctica (cfr. pág.3), hemos visto que ella, en el
mejor de los casos asegura la eficacia, pero no la eficiencia.
Cuando racionalizamos la práctica logramos asegurar que el hacer
no sólo sea, eficaz sino eficiente. La eficiencia es la
perfección de la eficacia en virtud de la racionalización de la
práctica. A la práctica racionalizada la llamamos “técnica 2”.
Es un modo de hacer metódico y riguroso que una vez
institucionalizado lo llamamos disciplina técnica. Es la
racionalidad aplicada no a conocer, sino a modificar la realidad
y, más aún, a modificarla en el menor tiempo con el menor costo
y de manera óptima. La técnica es pues mi sistema de reglas o
normas
de operación (propuestas por el tecnólogo) que asegura la
eficiencia de la acción. Así como el núcleo del sistema de
proposiciones en el caso de las disciplinas del conocer eran los
enunciados nomológicos que se referían a leyes, en este caso
tenemos enunciados pragmáticos que se refieren a reglas. La
relación de adecuación en este caso alude a la capacidad de
modificar eficientemente el objeto. En este caso, la relación
adecuada es llamada no verdadera, sino eficiente, y la
inadecuada, ineficiente. El criterio es la eficiencia no la
verdad.
Llamaremos en sentido estricto
técnicas a las disciplinas pragmáticas factuales.

VII. EFICIENCIA Y VERDAD
Llegados a este punto de nuestra
reflexión nos parece oportuno enfatizar las funciones que como
criterios cumplen la eficiencia y la verdad. Ya algo anotábamos
en la página 3 cuando hablábamos del conocimiento y el hacer
común; ahora trataremos de profundizar la reflexión anterior. El
motivo por el cual creemos oportuna esta profundización, entre
otros, es que en nuestro medio se ha difundido muy ampliamente
la idea de que la praxis es el criterio de aceptación de la
teoría, pasando de ese modo la praxis a ocupar el rol de la
verdad como criterio. Lo anterior conlleva un aumento geométrico
de la confusión respecto a las actividades humanas y a su
institucionalización y a un subdesarrollo creciente del
conocimiento teórico y especialmente científico. Esta concepción
influye en las decisiones de políticas científicas, en la
elaboración de los curricula de docencia de la ciencia y en los
planes de investigación, etc. Los desastres más notorios, en los
últimos tiempos se han dado a nivel de las disciplinas sociales,
las cuales a partir de este criterio se han transformado
progresivamente en racionalizaciones de ideologías políticas y
cada vez más se han alejado de la posibilidad de constituirse en
ciencias.
Hacer las necesarias
distinciones, por otra parte, entre eficiencia y verdad no
implica no reconocer la dialéctica concreta entre los procesos
de conocimiento y modificación de la realidad. Tampoco se trata
de desconocer que la estructura del procedimiento entre las
disciplinas del conocer y el hacer es el método científico, sino
se trata de distinguir los objetivos distintos que se persiguen
en cada caso: en uno conocer, en el otro hacer.
Como lo señala Bunge,
la unidad de la teoría con la práctica, la identidad del saber
con el hacer y del saber con el saber hacer "ha sido sostenida
por pensadores tan dispares como Hobbes en el siglo XVII, Vico
en el siglo XVIII, Marx y Engels en el XIX, y Dewey en el
nuestro".
La proposición general implicada
en este modo de pensar la podríamos expresar así: " 'x' conoce
'y' si y sólo si 'x' sabe hacer 'y'. Adjudicando valores a las
variables 'x' conoce 'y', podríamos decir: "Juan conoce al
planeta Tierra si y sólo si Juan sabe hacer el planeta Tierra".
Para más claridad conviene analizar la proposición anterior que
es una bicondicional, es decir, que implica dos condiciones y
reflexionar separadamente sobre ambas condiciones.
La primera condición la
expresaríamos así: " Si 'x' conoce 'y' entonces 'x' sabe hacer
'y'. Adjudicando valores a las variables, y siguiendo con el
ejemplo anterior , tenemos: "Si Juan conoce el planeta Tierra,
entonces Juan sabe hacer el planeta Tierra". Bastará simplemente
ofrecer un caso en que se conozca algo y no pueda hacerse para
falsear la proposición; vgr. " 'x' conoce 'y' y 'x' no sabe
hacer 'y'". "Juan conoce la Tierra y Juan no sabe hacer la
Tierra", o por ejemplo, "Juan conoce el pasado y Juan no puede
hacer el pasado".
Pasemos ahora a la otra
condicional: "Si 'x' sabe hacer 'y' entonces 'x' conoce a 'y'.
"Si Juan sabe hacer la Tierra entonces conoce la Tierra", igual
que el caso anterior, bastará un caso en que alguien sepa hacer
algo, y, sin embargo, no lo conozca para falsear la proposición.
Por ejemplo, tal hombre sabe hacer hijos (reproducir) y no
conoce la reproducción (el proceso de reproducir).
Dado que las dos condicionales de
la bicondicional pueden falsearse, también se falsea por
consecuencia la bicondicional.
Teniendo en cuenta lo anterior
afirmamos que la identidad entre el conocer y el hacer es falsa.
No afirmamos que el saber no mejore la posibilidad de hacer
eficientemente y que el hacer pueda conducir a conocer más. Pero
entre ambas actividades hay una relación de condicionalidad y
no de necesariedad o causalidad.
Pero al no admitir la identidad
del conocer y el hacer tampoco podemos aceptar la eficiencia
como criterio del conocer, ni la verdad como criterio del hacer.
Sin embargo, se trata de lograr la integración de los dos
criterios sin confundirlos. Acerca de esta integración
hablaremos en el siguiente capítulo.
VIII. LA TECNOLOGÍA
Nuestro esfuerzo ha sido el de
distinguir dos tipos de actividades de acuerdo a los objetivos
que perseguían: conocer y hacer. Hemos tratado de mostrar cómo
los criterios de unas no se pueden aplicar a las otras, que
eficiencia y verdad son criterios distintos y que dan cuenta de
adecuaciones diferentes entre el sujeto y el objeto.
Las distinciones anteriores no
nos deben ocultar por otra parte que la ciencia y la técnica si
bien son distintas, se encuentran relacionadas de diversos
modos. Creemos que es necesario concebir claramente las
distinciones y las relaciones antedichas para que la ciencia y
la técnica se complementen mutuamente en una dialéctica que
posibilite la perfección de ambas.
Es necesario, como decían algunos
filósofos, "distinguir para unir". Nunca será excesivo quizá,
enfatizar la necesidad de distinguir entidades y procesos cuando
se quiere integrar. Cuando no se hacen las distinciones, la
fusión de las entidades y procesos no acceden a un nivel de
complejidad, sino que descienden a un nivel de confusión.
Si bien ciencia y técnica, verdad
y eficiencia, ley y regla, son entidades distintas, también es
cierto que debemos propender a que nuestras actividades
satisfagan a la verdad y la eficiencia.
Necesitamos que la verdad que
poseemos sea eficiente y que la eficiencia se funde en la verdad.
Sabemos que la verdad puede ser
ineficiente y que la eficiencia puede obtenerse limitadamente al
margen de la verdad, pero ansiamos que la verdad sea eficiente y
que la eficiencia se funde en la verdad.
Precisamente el esfuerzo tecnológico es el que
trata de efectuar esta síntesis entre la verdad y la eficiencia,
entre la ciencia y la técnica, entre los sistemas de reglas y
los sistemas de leyes.

La tecnología para mantener
nuestro esquema anterior se ubica como una articulación entre la
ciencia y la técnica, su objetivo es modificatorio del objeto y
la eficiencia es criterio pertinente a la tecnología, sus
enunciados son también pragmáticos. Sin embargo, también sus
enunciados son nómicos, es decir, se fundan en leyes y por lo
tanto la verdad es también criterio pertinente y por lo tanto,
el conocimiento adecuado no le es indiferente.
Lo anterior puede parecer ambiguo
y quizá confuso, por lo cual es conveniente tratar de
dilucidarlo.
La ciencia es una actividad
orientada a conocer, y como tal produce acumulaciones de
conocimientos.
La tecnología se funda en esos
conocimientos de la ciencia y los usa. La técnica es un sistema
de reglas de operación eficiente para modificar la realidad. La
tecnología supone la técnica y la usa.
La tecnología opera una
transformación cualitativa en las reglas técnicas por medio del
conocimiento científico. Para que una regla técnica se
transforme en tecnológica es necesario que seamos capaces de
explicar su eficiencia, es necesario que demos fundamento
científico a la eficiencia de la regla. Y explicamos, fundamos
científicamente una regla, un enunciado pragmático cuando somos
capaces de subsumir la regla en una teoría fenomenológica, o
mejor aún, si interpretamos la regla por una teoría
representacional. Cuando tenemos un enunciado pragmático
(regla), fundado en un enunciado nomológico (ley), hemos
accedido a un enunciado nomopragmático (regla tecnológica).
Así las leyes dan cuenta de la
eficiencia de las reglas.
No sólo podemos expresar cómo hay
que comportarse para conseguir e objetivo con eficiencia, sino
además sabemos por qué es eficiente ese modo de comportarse.
Desde un punto de vista
superficial podría considerarse que el empeño tecnológico es una
manera complicada e ineficiente de enfrentar el hacer. La
técnica ya nos proporciona reglas, cursos de acción,
procedimientos para conseguir un objetivo predeterminado, o si
se quiere, de manera más precisa y explícita, una "instrucción
para realizar un número finito de actos en un orden dado y con
un objetivo también dado".
Además la técnica nos proporciona
no sólo reglas, sino reglas que por lo menos han tenido éxito
en una gran cantidad de casos.
Pero si bien el éxito en la
aplicación de la regla es un criterio necesario para juzgar la
eficiencia de la regla, no parece que sea suficiente. En muchos
casos entre determinadas reglas aplicadas y el evento observado
no hay una relación de efectividad, sino de coincidencia. Los
eventos son "post hoc", pero no "propter hoc", se dan después de
la aplicación de la regla, pero no a causa de la aplicación de
la regla.
En otros casos la regla funciona
a veces y otras veces no.
No basta pues una regla, es
necesario que sea estable en su eficiencia y además una regla
cuya eficiencia pueda ser explicada, de tal modo que excluyamos
la mera coincidencia.
La eficiencia de la regla no
depende de que nosotros podamos explicarla o fundamentarla en
leyes. La explicación se requiere para afirmar de manera
racional su eficiencia.
Además para mejorar su eficacia y
hacerla eficiente o para comparar reglas eficientes, pero de
diferente eficiencia debemos comprenderlas primero y ello exige
fundarlas.
Fundar una regla es basarla en un
conjunto de fórmulas de leyes capaces de dar razón de su
efectividad como lo hemos expresado antes y constituir así la
tecnología.
Creemos que las reflexiones
anteriores nos permiten suponer relativamente dilucidadas las
diferencias de la ciencia, la técnica y la tecnología, pero no
sólo las diferencias, sino también algunas relaciones que se dan
entre los distintos niveles de acción.
Nos interesa subrayar ciertos
aspectos de las actividades de los científicos, los tecnólogos y
los técnicos, que muchas veces no se toman suficientemente en
cuenta y producen relaciones poco adecuadas entre ellos.
Especialmente desde el punto de
vista sicológico hay que reconocer los diferentes ritmos y
extensiones temporales que exigen las diversas actividades
señaladas. La unidades y extensiones de tiempo son diversas para
la investigación científica y la tecnológica. Los instrumentos
que se usan para la investigación científica y la tecnológica en
parte son idénticos, aunque aplicados a distintos objetivos (
vgr. ambos usan el método científico con distinto objetivo), y
en parte son distintos (como es el caso respecto al tipo de
modelo que usan: el científico busca progresivamente modelos más
complejos, el tecnólogo modelos de mayor simplicidad).
Por otra parte, las posibilidades
de correr riesgos en el actuar científico son distintas a las
del tecnólogo. El intento de innovación en la ciencia, aunque
fracase es positivo; en la tecnología , en el hacer, por el
contrario el fracaso es negativo. Por eso la búsqueda de
seguridad por quienes hacen ciencia y tecnología es
necesariamente distinta.
El científico tratará de
abandonar las teorías existentes por otras más explicativas; el
tecnólogo tratará de usar aquellas que han sido tradicionalmente
aceptadas tratando de no usar las que aún están en proceso de
experimentación. Las tendencias a la innovación y la
conservación se acentúan, pues de distinto modo en el científico
y el tecnólogo.
Asimismo, el proceso de
aplicación de la ciencia a producir efectos útiles es distinto
del proceso tecnológico en el cual se busca fundar reglas
técnicas en conocimiento científico. En el primer caso el
científico posee un conocimiento acumulado y busca aplicarlo a
fines prácticos (no necesariamente demandado por las actividades
del hacer). En el caso del tecnólogo el punto de partida es el
hacer y el requerimiento es de eficiencia. Se busca conocimiento
que no se tiene para poder actuar con eficiencia en la solución
de problemas prácticos.
Estas diferencias en los procesos
deben ser claramente anotadas cuando se trata de reunir en una
acción común a científicos, técnicos y tecnólogos, pues de lo
contrario las diferencias no contempladas se vuelven
disfuncionales para la actividad. Los distintos objetivos,
instrumentos, tiempos, etc., pueden complementarse fecundamente
si se hacen las distinciones y se respetan ("distinguir para
unir"); pero si no se contemplan y respetan sólo generan
conflictos, que hace que los científicos, tecnólogos y técnicos
entraben mutuamente su labor.
Que los científicos, tecnólogos y
técnicos se reúnan en la articulación de sus propias tareas es
una necesidad social especialmente aguda en las sociedades que
más necesidades fundamentales tienen sin satisfacer, pues cuando
la sociedad de que se trate tenga relativamente más necesidades
fundamentales que satisfacer, mayor es la exigencia de
eficiencia.
Para que la eficiencia en la
solución de los problemas aumente, es necesario conocer la
explicación de los procedimientos técnicos fundamentándolos en
conocimientos científicos.
Para poseer conocimientos
científicos es necesaria la actividad de los científicos y para
transformarlos en fundamento de la técnica se requiere que el
hombre se ponga a la cabeza del proceso y pueda discriminar,
fundadamente cuál regla eficaz es más eficiente teniendo en
cuenta las circunstancias de la acción a efectuarse en busca del
objetivo predeterminado.
Cuando en una sociedad no se ha
desarrollado la investigación científica y la tecnológica, nada
se gana con importar "tecnologías" del extranjero, pues la
acción tecnológica no se ejerce al margen de la ecuación
concreta, del espacio tiempo, de las circunstancias históricas
en las cuales se da la acción del hombre.
Las tecnologías importadas a
países sin contraparte científico-tecnológica adecuada, exceden
la capacidad de ser usadas como tales y se produce una
desarticulación del enfoque tecnológico al sólo poder acogerse
las reglas técnicas sin su fundamento científico.
Lo anterior patentiza la urgente
necesidad de desarrollar la ciencia y la tecnología para
liberarse de la enajenación que produce la exclusiva
posibilidad de comportarse técnicamente.
Pero lo dicho no debe entenderse
como la afirmación de que la técnica enajena. Lo que enajena es
la técnica en un vacío de ciencia y tecnología.
Es la ausencia de ciencia y
tecnología lo que enajena.
IX. MODELOS
Los científicos tratan el fenómeno simplificado
idealmente, el modelo esquemático que no corresponde exactamente
a la realidad, que tiene en cuenta unos pocos aspectos de los
sistemas reales, modelos teóricos con los que intenta reproducir
conceptualmente algunos aspectos de los sistemas reales y que es
producto de su invención. Esta simplificación es el precio que
se paga por el rigor. Un objeto real, con un número ilimitado de
propiedades, en interacción con innumerables objetos, es
imposible conocerlo. Un
sistema real puede considerarse como modelo material de
una teoría.
La representación conceptual de la
realidad comienza, por idealizaciones. Se eligen las
características comunes de individuos diferentes, creando
especies. Se habla así del caballo y de la mujer. Ello da lugar
al objeto modelo o modelo conceptual de una cosa o
un hecho.
"Un objeto modelo, pues,
es una representación de un objeto; a veces perceptible, a veces
imperceptible, siempre esquemática y, en parte al menos,
convencional. El objeto representado puede ser una cosa o un
hecho. En este último caso se tendrá acaecimientos modelos...
Por un lado , el objeto modelo m representa toda una
clase de cosas (o de hechos) consideradas como equivalentes
aunque difieran entre sí ... Si se prefiere, (el modelo) m
representa no a un individuo concreto sino más bien a toda
una clase (de equivalencia) R de objetos concretos".
Este objeto modelo sólo será útil
si se lo incluye en un cuerpo de ideas a partir del cual se
puedan establecer relaciones deductivas. A este cuerpo de ideas
lo llamaremos modelo teorético, se trata de la teoría que
describe este objeto modelo. Dicho modelo teorético
es un sistema hipotético-deductivo que implica a un
objeto modelo que es, a su vez, una representación
conceptual esquemática de una cosa o de una situación real o
supuesta real".
En pocas palabras, un modelo teorético es una
teoría genérica junto con un objeto modelo.
Hay distintos tipos de objeto modelo y, por lo
tanto, de modelo teorético. Uno de ellos es la caja negra
que sólo tiene entradas y salidas. Se los denomina también
fenomenológicos.
Las teorías de caja negra se
refieren solamente variables externas cuya conducta se puede
observar y medir directamente(como el color de los cuerpos
perceptibles) o indirectamente (como la temperatura y la
diferencia de potencial).
Otro tipo de modelo es el
traslúcido, también llamado representacional, que es
una caja llena de mecanismos más o menos ocultos que sirven para
explicar el comportamiento exterior de la caja. Estos modelos,
además, se refieren a procesos internos que se describen por
medio de variables indirectamente controlables, los cuales no
son objeto de la experiencia ordinaria.
Las teorías de la caja
traslúcida no consideran solamente la conducta, sino que
intentan explicarla en términos de la estructura de los
sistemas concretos a los cuales se refiere, para lo cual inventa
hipótesis que establecen relaciones entre las entradas y salidas
observables.
El tecnólogo, por su parte,
deberá considerar más variables que el
científico; por la otra deberá hacer hipótesis más toscas
(crudas) acerca de las relaciones entre las variables, es decir,
utilizará enunciados nomológicos menos exactos que los que
persigue el científico.
Siguiendo a Mario Bunge diremos que “Las
diferencias entre la investigación científica y la tecnológica,
en lo que respecta a la construcción de modelos conceptuales o
teorías (herramientas éstas que los técnicos no suelen manejar),
pueden resumirse de la siguiente manera. El científico opera
con modelos idealizados, que podemos esquematizar con la fórmula
E = F(C)
donde “C” representa una variable
controlable (la variable independiente) y “E” otra variable
controlable, que depende de C según la función F. El tecnólogo
que pretenda construir un modelo de un sistema real deberá tener
en cuenta, además de las variables controlables (p. ej., costo
de una mercancía) , las variables incontroladas (p. ej., la
demanda de una mercancía) Agregará entonces una variable X cuyos
valores podrá conocer, pero no controlar (variar
deliberadamente). Su modelo podrá esquematizarse así:
E = G(C,X)
donde 'G' designa ahora una
función que, en general, será más sencilla que la relación 'F'
postulada por el científico en el caso similar. El mayor número
de variables será entonces compensado por una mayor sencillez de
las relaciones, es decir, por una menor exactitud. En resumen,
el conocimiento tecnológico será, en ocasiones más complejo pero
siempre será menos exacto que el conocimiento científico.
Reparemos en otros dos caracteres
distintivos del modelo tecnológico en contraste con el modelo
científico. En primer lugar, si en el modelo científico 'E'
designaba, por ejemplo, un efecto físico, el modelo tecnológico
'E' designará con frecuencia una variable como la eficiencia o
el rendimiento. Es decir, en el modelo tecnológico aparecen
habitualmente conceptos típicamente tecnológicos como los
de eficiencia, confiabilidad, versatilidad y costo, que no
tienen cabida en la ciencia pura. En segundo lugar, en ciertos
casos X podrá tratarse como una variable aleatoria, de modo que
podrá estudiarse estadísticamente; pero, puesto, que X no es
controlable efectivamente, el modelo tecnológico no podrá ser
puesto a prueba mediante el método experimental en sentido
estricto, que involucra la modificación deliberada y controlada
de las variables; consiguiente, la incertidumbre acerca de la
adecuación del modelo será mayor que en el caso científico”.
En razón de la variable
incontrolada el tecnólogo no podrá aplicar el método
experimental estricto a todos su sistemas reales, pero podrá
aplicarlo a ciertos modelos materiales que representen dichos
sistemas. El trabajo del tecnólogo consiste en poner a prueba
modelos tecnológicos teóricos con ayuda de los modelos
materiales. Lo cual requiere la construcción de modelos
tecnológicos teóricos que, suelen distinguirse de los modelos
científicos, entre otras razones porque deben hacer lugar a un
mayor número de variables. Aparece aquí un obstáculo: en cuanto
una teoría se hace más realista, se hace también más complicada;
pero al mismo tiempo que se hace más complicada se hace menos
práctica.
Si la tecnología se constituye cuando se
fundan en leyes científicas las reglas técnicas, cabe
preguntarse cómo proceder para efectuar esa articulación entre
ciencia y técnica, entre ley y regla.
Una regla es un modelo
prescriptivo para la acción; cuando es una regla técnica
prescribe en función de la eficiencia de la acción, es un modelo
de operación.
Se trata de hacer inteligible con
leyes científicas el fundamento de la eficiencia del modelo de
operación.
Es pues en el modelo tecnológico
que puede producirse la articulación necesaria entre leyes y
reglas y generar la tecnología.
Solamente un conjunto de leyes
científicas puede dar razón fundada del hecho de que un modelo
operatorio funcione y lo haga no sólo, eficazmente, sino
eficientemente.
La construcción de modelos es,
pues, un requisito necesario para la constitución de la
tecnología.
El tecnólogo se refiere a situaciones concretas,
que exigen un conocimiento más detallado del que le provee la
ciencia, la que considera casos puros. Además, el tecnólogo no
tiene a disposición métodos más eficientes que el método de la
ciencia y como necesita una aplicación fácil, rápida prefiere
procedimientos y teorías menos rigurosas que las de la ciencia;
está más interesado en resultados netos o globales que en los
mecanismos interiores, de modo que se prefieren las teorías de
la caja negra sobre las teorías de representacionales.
Se hace patente la no
compatibilidad del máximo conocimiento con la máxima
eficiencia.
“La habilidad del tecnólogo
consistirá en lograr la máxima eficiencia con el mínimo
conocimiento posible (es decir, con ayuda del modelo teórico
más simple)”.
Dado que se supone que la
tecnología articula proposiciones nomológicas más que
proposiciones hipotéticas en estudio, utilizará hipótesis bien
contrastadas y que formen parte de una teoría, porque su
finalidad no es el conocimiento sino la utilidad y la eficacia
El fin del científico es la
verdad, es decir la adecuación del conocimiento a la realidad.
Es decir los problemas son cognoscitivos.
El fin del tecnólogo es obtener
la utilidad práctica del producto de manera óptima, en el menor
tiempo y con el menor costo. Los problemas son a la vez
cognoscitivos y prácticos.
Quizá es oportuno señalar que en
este momento hay algunos modelos que han mostrado especial
fecundidad para lograr el objetivo tecnológico.
Así por ejemplo, los modelos
cibernéticos, los modelos de sistemas y sus variantes, los
modelos de comunicación y de aprendizaje son instrumentos de
acelerada difusión porque han demostrado su utilidad.
Por otra parte, estas
idealizaciones de la realidad que son los modelos antes
nombrados, son instrumentos usados por personas cuyas
dedicaciones son distintas. Así por ejemplo, científicos
sociales, periodistas, pedagogos, ingenieros, biólogos, etc.,
están familiarizados con el uso de los modelos, lo cual permite
facilitar la comunicación interdisciplinaria y la necesaria
colaboración mutua.
Esperamos con lo dicho haber
hecho un esfuerzo de dilucidación de la tecnología y un intento
de facilitar la comprensión entre los universitarios dedicados a
la ciencia, la tecnología y la técnica.
BUNGE, Mario. La investigación
científica. Ed. Ariel, Barcelona, 1969, pág. 694.
BUNGE, Mario, Tecnología, Ciencia y
Filosofía, pág. 84 y ss., en Anales de la Universidad de
Chile, enero-abril de 1963.
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