Ataliva AMENGUAL
 

 

 

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PUEBLO, POESÍA Y UNIVERSIDAD

 

 

Cuando un cambio social se hace patente, por la aparición de lo nuevo, una larga historia de latencia lo precede.

 

Los pueblos maduran largo tiempo sus anhelos macerados en la oscuridad de las sensaciones y emociones inexpresadas.

 

A veces se tiene la sensación de que nuestros pueblos esperan como mudos, frecuentemente con impotencia irritada, que alguien transforme en palabras sus silencios, para que una vía de actualidad se abra a sus anhelos.

 

No es fácil, parece, encontrar de manera auténtica y espontánea la expresión de ese querer y anhelar. No hay, si no me equivoco, muchos que realmente puedan expresar o quieran formular esas aspiraciones populares en su originalidad.

 

Pero, sin embargo, como de pronto las aguas subterráneas aparecen en el espontáneo frescor de un manantial, así también los anhelos escondidos cobran presencia aparente. Creo que el lenguaje de algunos poetas así lo muestran.

 

Muchas instituciones en América Latina sienten que las recorre en lo más íntimo un tanteo intenso y contenido unas veces, brusco y explosivo otras veces. La universidad no se ha escapado a la experiencia de esa búsqueda, por el contrario, la ha vivido de manera intensa.

 

Quizá en pocas partes del mundo, en América Latina, la universidad es una preocupación. Obreros y estudiantes, clérigos y políticos, pueblo y Estado buscan o tantean a la universidad.

 

¿Qué esconde calladamente ese tanteo, a veces rudo que el pueblo hace de la universidad?

           

¿Qué quiere el pueblo de la universidad?

 

Si se quiere saber qué quiere el pueblo de la universidad ¿cómo no buscan en las pocas palabras que el pueblo ha dicho en su inmenso silencio?

 

Pero curiosamente, parece, que hay algunas palabras del pueblo que no han sido recogidas por quienes buscan saber qué quiere el pueblo de la universidad, por lo menos no han dado cuenta de ello.

 

Quizá me equivoco, en todo caso mi error será manifestación de mi ignorancia, que no de mi mala voluntad...

 

También es probable que alguien ponga en duda la esencia popular de esa palabra. Mil polémicas podrán enfrentarse en encendido relampagueo entre las partes en disputa; pero no hay duda que sólo un juez podrá dirigir tal contienda: el pueblo.

 

Quienes quieren cambiar las universidades latinoamericanas se ven enfrentados, entre otros, a problemas que encuentran su formulación en frases como la siguiente: “Universidad popular”, “Universidad comprometida con la sociedad”, “Universidad democrática”, etc...

           

¿Qué se quiere? No es fácil dilucidarlo.

 

Pero es obvio que quien quiera una universidad popular ha de escuchar al pueblo. El pueblo ha de ser oído. Y digo esto, aunque decirlo me obligue a repetir en el futuro estas palabras dichas en el pasado: “Una leyenda traigo yo entre otras con que cargo sin ninguna gana, y es la de enemiga de la universidad en cuanto amiga de la instrucción popular” [1]. Esto lo decía quien afirmaba: “Vengo de campesinos y soy uno de ellos” [2], al agregar que “la ocasión (era) propicia para esclarecer un estado de conciencia que no se ha dado el trabajo de observarme antes de definirme” [3].

 

Como un anuncio de los numerosos diagnósticos de nuestras instituciones, y entre ellas de nuestras universidades, que posteriormente serían cosa frecuente, decía Gabriela Mistral que: “En nuestra raza los nombres rara vez se yuxtaponen a los hechos y son frecuentes los bautizos fraudulentos, o cuando menos, engañosos. Por eso los que calamos los nombres para punzar en los contenidos solemos negar el cuerpo bautizado, y nuestra negación no corresponde a un deseo de aplastar la cosa como criatura, sino de querer que ella se eleve rotundamente a la categoría del nombre a fin de que lo lleva con una meridiana legitimidad” [4].

 

Esa preocupación punzante por la universidad en Gabriela Mistral se alimentaba en su convicción de que “La universidad...carga a cuestas el negocio espiritual entero de una raza” [5], y que ella debería ser “el doble moral de un territorio” [6], dado que “suceso alguno espiritual acontecería en el territorio que no lo asistiera ella con su gran presencia” [7].

 

Si la universidad llevase con “meridiana legitimidad” su nombre “una sensibilidad de sismógrafo, un ojo sin pestaña de buho mitológico, haría de ella la pulsadora más delicada de la entraña nacional y la espectadora más conmovida del acontecimiento intelectual; una conciencia riquísima de ceiba de cien brazos, capitana del horizonte, la haría respondedora de las más diferentes actividades, y cierta universalidad de la Iglesia – que eso es de hecho –la obligaría hacia todas las clases pòr iguales partes y hacia los obreros realizadores de las cosas...Madre se llamaría entonces con razón a la universidad, porque, cual más, cual menos todos habríamos vivido un tiempo sentados en su matriz de hacer y de cubrir” [8].

 

A través de muchas frases más, Gabriela Mistral va perfilando la expresión de su visión, utópica quizá, pero ciertamente bella, de la universidad.

 

Hoy cuando nuestro pueblos tantean vehementemente la posibilidades de realizar su voluntad de ser,  y cuando corre por América Latina una búsqueda de integración, aparece con clarividencia profética la visión de la realidad que nos desgarra y que ella expresa cuando dice: “Los miembros de la vida espiritual de nuestros países andamos sueltos como las tribus que no han aprendido aún vertebración, y por desventurados, rebeldes, con no se qué suicidio resuelto en la cara. Los miembros d ela vida espiritual vivimos sin núcleo que nos afirme y nos sustente, desconocidos por las patrias materiales que aceptan como suyos cerro y ríos, pero no sus realidades espirituales, a las que declaran montón aéreo de palabras, como si de aire no vivieran ellas an la atmósfera que las viste. [9]

 

Hoy hay muchos intelectuales que podrían repetir estas palabras, y no sólo los que están en el extranjero y conforman ese fenómeno que lacónicamente se suele nombrar como “el éxodo de los intelectuales latinoamericanos”. La misma historia de Gabriela Mistral parece que podría dar fundamento a sus apreciaciones.

 

En América Latina el cambio universitario se hace ya patente. Parecería que la voz de la campesina hubiese sido oída por los universitarios que luchan para que la universidad lleve su nombre con “meridiana legitimidad”.

 

Ahora, más que nunca, es necesario oir lo que quiere nuestro pueblo, en el eco de la voz campesina que le dio expresión.

 

¿Qué quieres pueblo?

 

“Nada grande viviendo su grandeza puertas afuera de la universidad ninguna actividad con marcas espirituales echada de este regazo labrado para el espíritu; nada que sea nacional viviendo desgajado y hambreado por su caída del tronco que se ha asignado el destino de sostener y de alimentar” [10]

           

El manantial brotó el año 1931.

 

25 / sept. / 68


 

[1] MISTRAL, Gabriela. Páginas en prosa. Ed. Kapelusz, Buenos Aires, 2ª  edición, 1965,  p. 68

[2] O. c., Introducción, p. XI

[3] O.c.,  p. 68

[4] Loc. cit., ibid.

[5] O. c.,  p. 69

[6] Ibid.

[7] Ibid.

[8] Ibid.

[9] O. c.,  p.71-72

[10] O. c., p. 73