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PENSAMIENTO PERSONALISTA-COMUNITARIO
Y
UNIVERSIDAD
CORPORACIÓN DE PROMOCIÓN
UNIVERSITARIA
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SUMARIO
Presentación
PARTE PRIMERA
1. Sociedad, instituciones y
universidad
2. Supuestos del proyecto social
personalista-comunitario
3. Dialéctica y
diálogo
4. Igualdad, pluralidad y libertad de expresión en el diálogo
5. Participación en el diálogo
6. Democracia y diálogo
7. Personalismo-comunitario y Cristianismo
PARTE SEGUNDA
1.
Universidad y diálogo
2.
Diálogo y metodicidad
3.
Diálogo metódico y criticidad
4.
Diálogo metódico, crítico y complejidad
PRESENTACIÓN
Los requerimientos de corto plazo que el
proceso de reforma impone a los universitarios chilenos han dado
como resultado una actitud que podría calificarse de
inmediatista. La necesidad de obtener resultados concretos
frente a problemas coyunturales tiende a posponer la reflexión
teórica sobre el marco normativo que debe informar la acción.
Por ello es frecuente escuchar de boca de quienes deben adoptar
decisiones de políticas universitarias la queja de que los
hechos escapan a la disciplina de un planteamiento riguroso de
largo plazo basado en una infraestructura teórica coherente.
Como toda
institución social, la universidad no puede ser objeto de
reflexión empírica o abstracta, al margen del proyecto histórico
social en que se desenvuelve, o del modelo macrosocial abstracto
que le sirve de sostén. El Profesor Ataliva Amengual, en una
valiosa colaboración para el estudio del problema, propone un
modelo globalizante y comprehensivo de la universidad dentro del
pensamiento personalista-comunitario, al cual él adhiere. La
primera parte de su ensayo constituye una apretada y densa
síntesis de los principios fundamentales del
personalismo-comunitario en un nivel social global. En la
segunda, y partiendo de la base que una relación social
verdaderamente humana y liberadora supone una dialéctica de
diálogo, se analizan los elementos que tipifican el diálogo
universitario: metodicidad, criticidad y complejidad.
El modelo teórico
formulado en el trabajo tiene un doble mérito, difícil de lograr
simultánemente en elaboraciones de este tipo: el de proponer un
modelo internamente coherente y armónico, de manera tal que cada
uno de sus elementos es a la vez consecuencia y condición
necesaria de los otros; y el de contener, no obstante su alto
grado de abstracción, principios de cuya lógica se pueden
deducir orientaciones concretas de conducta.
El pensamiento
personalista-comunitario constituye la visión orientadora de la
Corporación de Promoción Universitaria y ello mueve a dar, con
el asentimiento del Profesor Amengual, a conocimiento público
este ensayo, en la seguridad de que será favorablemente recibido
y apreciado por la comunidad universitaria.
PARTE PRIMERA
1.
Sociedad, instituciones y
universidad
La universidad es
una institución social y, por consiguiente, cuando se toma como
objeto de reflexión, requiere consideraciones comunes a
cualquiera reflexión sobre las instituciones sociales.
Obviamente, cuando
ésta se hace en función de un proyecto abstracto de institución
se puede, por ficción analítica, poner en paréntesis el contexto
social global abstracto en el cual se implica dicho modelo
institucional.
Aun en el nivel de
reflexión abstracta, la institución, considerada en primera
instancia en sí y desvinculada del sistema o modelo social, debe
concebirse en segunda instancia vinculada al sistema social
abstracto en la medida que se quiera mostrar la conveniencia del
modelo institucional –en este caso la universidad- con el modelo
social en el cual se concibe como elemento componente.
De lo anterior se
sigue que, hasta en un nivel de reflexión abstracto, es
inexplicable la conveniencia de un modelo universitario al
margen de la concepción de un modelo social, pues la posibilidad
de explicación en abstracto requiere la postulación de que la
institución, elemento componente de un modelo social, se
manifiesta adecuada a dicho modelo abstracto.
Cuando el proyecto
o modelo de universidad pretende ser histórico, se requiere
también mostrar su compatibilidad con determinado proyecto
histórico social.
Los proyectos históricos-sociales pueden ser
identificados a través de las conductas o acciones de los grupos
que actúan histórico-socialmente y por los productos de esas
conductas y acciones. Esos proyectos serán factibles en relación
a la capacidad de acción eficaz de tales grupos en determinadas
circunstancias.
Hay, pues, una
relación dialéctica entre el proyecto de una universidad y el
proyecto de una sociedad. En la medida que haya coherencia entre
ambos y eficiencia en el grupo que los sustenta habrá
posibilidad de que se concrete históricamente.
Aquí analizaremos
el proyecto social personalista-comunitario y propondremos un
modelo de universidad que sea coherente con aquél. Este modelo
universitario coherente con el proyecto personalista-comunitario
podría ser llamado modelo
personalista-comunitario de universidad.
2. Supuesto
del proyecto social personalista-comunitario
El proyecto social personalista-comunitario,
como cualquier otro proyecto social, supone una concepción del
ser humano y de las relaciones de los seres humanos.
El proyecto
personalista-comunitario es un proyecto social que pretende
garantizar la humanización del hombre, suponiendo que el proceso
de humanización del hombre sólo es posible en la medida en que
el hombre se vincula humanamente con otros hombres.
Por otra parte, no
es concebible para el personalismo-comunitario una sociedad
humana sin hombres humanos, es decir sin personas. Este punto de
partida del personalismo-comunitario coincide con las
acumulaciones que hasta el presente han logrado las ciencias
sociales, en especial la antropología sociocultural, la
sociología, la psicología social, así como la psicología
individual. Estas disciplinas muestran que el hombre que puede
ser objeto de contrastación empírica es siempre un hombre en
grupo. El ser humano y el grupo se constituyen dialécticamente.
También se podría
argumentar que los animales muestran una dialéctica a través de
la cual los individuos y grupos animales se constituyen. Se
podría, aun más, admitir que, en cualquier nivel del universo,
en el tiempo y el espacio, es observable una dialéctica
estructurante entre los individuos en interacción, sean ellos
átomos o seres humanos.
Sin negar lo
anterior sino, por el contrario, afirmándolo, puede hacerse
notar que en esa dialéctica los individuos al interactuarse y
relacionarse constituyen grupos unitarios que muestran un grado
de complejidad y adquieren una autonomía que no se presentaban
cuando los elementos se consideraban aisladamente.
3. Dialéctica
y diálogo
Esta dialéctica común
entre los elementos del universo adquiere cualidades distintas
de acuerdo con la complejidad de los elementos y de las
relaciones entre ellos.
En el caso de los
seres humanos, esta dialéctica tiene una característica que la
tipifica cualitativamente: es diálogo. La dialéctica típicamente
humana es una dialéctica dialógica. El hombre se constituye en
humano, se personaliza por el diálogo. Adquiere conciencia de sí
y conciencia de su conciencia, es decir, reflexiona como efecto
de la actualización de sus potencialidades de diálogo. Pero
también el grupo de hombres adquiere características de grupo
sociocultural por la actualización del diálogo a través de la
comunicación simbólica exclusiva del hombre. Así pues, el
diálogo constituye a la persona y a la sociedad.
El
personalismo-comunitario afirma simultáneamente la persona y la
sociedad, y niega la afirmación de uno de los términos con
exclusión del otro.
La negación del
individuo humano, de la persona, o la negación de la sociedad
humana, llevaría al desconocimiento de la dialéctica a través de
la cual el hombre se humaniza, se personaliza y el grupo de
transforma en humano, en grupo de personas, en grupo
socioculural. Así, el derecho a realizarse plenamente como
hombres requiere del diálogo con personas.
4. Igualdad,
pluralismo y libertad de expresión en el diálogo
La exigencia y ese derecho ya aludidos son
iguales para todos, pues no puedo yo personalizarme si los otros
no se personalizan. Es aquí donde se patentiza que mi
posibilidad de plenitud humana es radicalmente indivisible de la
plenitud de los otros y de la posibilidad del diálogo entre
todos.
En otras palabras, el hombre sólo puede
tender a su plenitud en un común unión con los otros, en
comunión, en comunidad. Los hombres se comunican, constituyen
una comunión humana a través del diálogo. Esta común unión en
el diálogo tiene su máxima perfección en la amistad, en el amor.
En la comunión de amor, el hombre no “está” con otros sino que
“es con otro”; y como el perfeccionamiento implica un
dinamismo, deberíamos decir, el hombre “es-siendo-con-otros”. El
diálogo es siendo con otro y su máxima perfección es el amor.
Es en esta
situación de siendo con otro en el amor donde el otro se
transforma en mi hermano y donde la igualdad en el diálogo hace
de él un diálogo fraternal. El ser en común con mi otro igual
hace que la sociedad sea una común unidad, una comunidad. Aquí
es donde surge el concepto de bien personal-común, pues no hay
otro camino para mi bien que el bien común de todos.
Sólo trabajo para
mi bien cuando trabajo para el bien de todos, para el bien
común. Por eso el personalismo-comunitario afirma que el proceso
de concientización es impensable fuera de una dialéctica
dialógica, como el proceso de liberación sin la solidaridad.
De lo anterior se
sigue la afirmación de que la sociedad humana debe instaurarse
sobre un régimen pluralista en que se garantice la libertad para
expresar y comunicar públicamente el pensamiento, de tal modo
que la multiplicidad de concepciones del hombre y la sociedad
posibiliten, a través de la dialéctica dialógica, el
perfeccionamiento de la persona y la sociedad.
Esta afirmación de
pluralismo no debe entenderse como un régimen que sostiene por
igual los derechos de toda concepción religiosa, filosófica y
política, pues, si así fuera, la afirmación del pluralismo
permitiría la afirmación de su contradictoria, esto es, del
monismo totalitario; esto además de ser una contradicción
lógica, haría a la larga impracticable el pluralismo y,
especialmente, la actualización del derecho de la persona a la
búsqueda libre del conocimiento y la verdad. Por eso el
personalismo afirma la necesidad de estructurar las relaciones
de la pluralidad en la libre comunicación pública, en el
diálogo, en que todos se perfeccionan en común.
De aquí que la
afirmación del pluralismo en la teoría y en la praxis conlleve
la negación del totalitarismo y en la teoría y en la praxis como
requisito para un diálogo de la pluralidad.
Por otra parte,
para el personalismo-comunitario, la afirmación del pluralismo
no puede concebirse fuera del diálogo, pues el perfeccionamiento
de la pluralidad de individuos no se puede realizar fuera de la
comunidad que la comunicación dialógica constituye. Una
pluralidad sin diálogo es la negación de la persona y de la
comunidad. Una pluralidad sin comunidad –sin común unidad, sin
diálogo- es la anarquía social y una pluralidad de monólogos, es
el solipsismo esquizoide del individuo y el camino de su
desintegración. Por otra parte, una comunidad sin diálogo es la
masificación totalitaria de la sociedad y la deshumanización del
hombre.
Por lo tanto la
pluralidad en diálogo es la única realidad que permite acoger en
una común-unidad, la pluralidad y la diversidad. Frente al
simple pluralismo anárquico o el monismo totalitario, la
pluralidad en diálogo común es la respuesta del
personalismo-comunitario.
Si bien la
postulación del pluralismo es una necesaria reacción contra los
despotismos, ya sean de la mayoría o de la minoría, es una
reacción insuficiente, pues el derecho de la pluralidad es un
derecho al diálogo y, por lo tanto, a oponerse a toda dialéctica
que impida el diálogo, ya sea por los medios o los fines de la
acción.
El sujeto
depositario del derecho al pluralismo es la persona en
comunidad. Por eso, en comunidades donde no se reconocen los
derechos de las personas, no hay diálogo. Tampoco hay diálogo
cuando los hombres son incapaces de vivir en comunidad o cuando
quieren destruirla. En ambos caso hay pluralismo pero no hay
diálogo. Sólo en una comunidad donde el derecho de la persona al
diálogo puede ejercerse libremente puede esperarse que el hombre
sea responsable respecto de su prójimo.
Un logos
imposibilitado de diálogo, un pensamiento sin posibilidad de
comunicación, es una ilusión. Y una dialéctica sin logos, una
dialéctica al margen del pensamiento, es una regresión a
estadios prehumanos. La comunicación, el diálogo, es entre
personas y es la pluralidad de personas la que tiene el derecho
al diálogo. Toda doctrina o ideología que atenta contra el
derecho al diálogo de la pluralidad de personas, todo monismo
totalitario en la teoría o en la praxis, por consecuencia, debe
ser excluido en la teoría y en la praxis por quien afirma el
pluralismo.
5. Participación en
el diálogo
Si el diálogo es el modo típicamente humano
en que el hombre se constituye en humano, en persona, y la
colectividad en comunidad sociocultural, entonces el primer e
inalienable derecho es el de la participación en el diálogo; de
donde se sigue que todo proceso dialéctico entre los hombres que
impida o subordine la dialéctica propiamente humana, es decir,
el diálogo, es un atentado a la posibilidad de ser, de
perfección del
hombre-comunidad.
Este derecho es
fundamental y anterior a todo derecho positivo sobre la igualdad
y la participación. El derecho al diálogo es la manera de
interpretar los derechos individuales en un contexto de
solidaridad en el que sea imposible reivindicar los derechos
individuales sin, al mismo tiempo, hacerse responsable del bien
común. El diálogo es el derecho y el deber.
Ahora bien, la
única posibilidad de ser responsable es participar en el
diálogo. Por eso cuando actualmente se reclama mayor
participación en las responsabilidades, en las decisiones, se
está exigiendo el reconocimiento del derecho fundamental al
diálogo, como único modo de participar libremente y de
comprometerse humanamente en la perfección de la solidaridad,
del bien común. La afirmación del derecho de participar en el
diálogo como iguales es la afirmación de la libertad para ser,
dado que el hombre es comunidad y la comunidad sólo es humana
cuando constituye una dialéctica dialógica entre hombres.
6. Democracia y
diálogo
Las reflexiones anteriores permiten
comprender el profundo sentido de “el gobierno del pueblo, para
el pueblo y por el pueblo” como así también la concepción de la
democracia como “comunidad de hombres libres”. Es en el diálogo
que se constituye y perfecciona la democracia. Por eso las
normas para establecer y perfeccionar la relación de los hombres
en una dialéctica dialógica no son límites sino realización de
la libertad solidaria de la persona en comunidad humana.
En esa actividad,
que es mi trabajo, mi tarea a través de la cual me perfecciono y
colaboro solidariamente a la perfección de los demás, se
constituye la comunidad. Todos los que trabajan en algo para el
bien de todos forman la comunidad. En la solidaridad de las
comunidades de hombres en comunidad se conforma la sociedad:
comunidad de comunidades. Cuanto más compleja es la comunidad de
comunidades, cuanto más elementos y relaciones se dan, mayor es
la perfección, mayor es la posibilidad de solidaridad de esa
sociedad.
Los análisis
anteriores muestran que es a través de una dialéctica dialógica
como el hombre perfecciona su conciencia y su libertad. Cuanto
mayor es el número de seres que participan en ese diálogo y
mayor el número de relaciones que se establecen entre ellos,
mayor es la posibilidad de perfección; mayor es la conciencia
solidaria de todos y cada uno. Pero es obvio, también que no
cualquiera relación perfecciona a la persona y a la comunidad.
Por eso, todos y cada uno debe enfrentar críticamente las
relaciones que los implican dialécticamente, para elegir entre
ellas las que hacen a las personas y a la comunidad más
conscientes y más libres; las relaciones que perfeccionan el
proceso de diálogo concientizador y de solidaridad liberadora;
los procesos, en fin, donde inseparablemente se perfeccionan la
autonomía solidaria y la solidaridad libre y liberadora.
Libertad, igualdad
y fraternidad, pluralismo y comunidad, son conceptos que sólo se
interpretan correctamente a la luz de relaciones dialéctico-dialógicas.
El gobierno de todos, para todos y por todos supone el diálogo
de todos, para todos, y por todos.
De ahí que una
verdadera democracia supone el diálogo en la comunidad de
hombres libres y diálogo libre de las comunidades en comunidad
solidaria. Por ello sólo en la afirmación indisoluble de la
persona y la comunidad se expresa adecuadamente la democracia.
La democracia es la concreción en las relaciones sociales del
personalismo comunitario.
7. Personalismo
comunitario y cristianismo
El personalismo comunitario, tal cual se ha
tratado de explicitarlo aquí, es un humanismo, pero se
diferencia de otros humanismos en su inspiración evangélica. El
Evangelio es el anuncio de que Dios es amor, que a través de la
Encarnación de su Hijo el Verbo, el Logos entra en diálogo con
los hombres. Es a través del Logos que se establece la relación
entre Dios y el hombre. La relación del hombre con Dios es “dia”
(a través del) “Logos”. La fraternidad con su Hijo, el Logos,
nos hace hermanos entre sí, hijos del Amor y participantes del
misterio de la comunidad divina, del misterio de la Trinidad, de
un Dios que es tres personas y un solo Dios. Es a la imagen de
ese Dios trinitario, Uno y Trino al mismo tiempo, que los
hombres hemos sido hechos. Los hombres, imagen y semejanza de
Dios, son personas en la comunidad y comunidad de personas. Es
través del Logos, dia Logos, que somos redimidos de la
des-unidad y entramos en la común-unidad del Dios Uno y Trino.
Pero esa comunidad
con el Dios que es Amor se realiza desde ya, aunque de manera
imperfecta, en la medida que amamos a nuestros hermanos, los
demás hombres, porque “Si alguno dijere: Amo a Dios, pero
aborrece a su hermano, miente” (I Juan 4, 20). El Dios Uno y
Trino que nos revela el Evangelio es el modelo perfecto en el
cual se armoniza la libertad de las personas en el amor de la
comunidad. Es en la tentativa de identificarse con su Dios desde
ya que los cristianos tienden a armonizar en la historia la
tensión entre la libertad individual y la solidaridad
comunitaria
El Evangelio es la
afirmación más profunda, en la historia, de la libertad del
hombre. El mismo Dios que crea al hombre libre, lo respeta en su
libertad a costa de su vida. Y, asimismo, es la afirmación más
rotunda de la solidaridad humana. Basta para ello reflexionar
sobre el pecado original y la redención en la Iglesia, en el
pueblo de Dios, la comunidad, para que ello se patentice.
Jesús, tal cual lo
revelan los Evangelios, es el modelo de hombre que actualiza, a
través del servicio, la solidaridad con los hombres. Jesús,
servidor del prójimo, se hizo solidario en el proceso de
liberación de los hombres hasta el punto de entregar su vida.
Sin duda, sería
posible explicitar largamente los fundamentos evangélicos del
personalismo comunitario, pero no es el objeto de este trabajo.
Lo anterior no pretende ser otra cosa que el señalamiento de las
raíces evangélicas del personalismo comunitario, y el fundamento
ontológico del diálogo para los personalistas-comunitarios.
Las reflexiones
anteriores explican la concepción de los
personalistas-comunitarios y dan los criterios orientadores de
su acción. Entonces se puede comprender por qué fundamento esa
acción puede llamarse revolucionaria, pues entre una tesis
individualista y su antítesis colectivista, los
personalistas-comunitarios proponen una síntesis en cuya
trascendencia toda dialéctica entre los hombres es asumida en el
diálogo.
El personalismo
comunitario busca la perfección de la persona en la comunidad de
personas, y la perfección de la comunidad en la comunidad de
comunidades. Lo anterior se relaciona con el fin perseguido y es
inseparable de la concepción de los medios adecuados para ese
fin. No cualquier dialéctica entre los hombres los hace más
humanos; sólo en el diálogo, la dialéctica entre los hombres se
transforma en humana y da la posibilidad de perfección humana.
PARTE SEGUNDA
1. Universidad
y diálogo
Es obvio que los personalistas- comunitarios
cuando conciben la universidad lo hacen en el marco
conceptual-valorativo antedicho. La eficiencia en la acción
exige una coherencia entre los objetivos por perseguir y en los
medios a usar, que supone coherencia lógica entre la concepción
de la sociedad y sus instituciones y organizaciones, en este
caso, la universidad. Por eso, no es extraño que diálogo sea un
concepto capital en la concepción de la universidad de los
personalistas-comunitarios.
Pero sería
insuficiente para caracterizar la concepción de la universidad
que sólo se afirmase el diálogo, pues tal diálogo es una
afirmación genérica acerca de las relaciones humano-sociales y
válida para cualquier institución social. Las instituciones y
organizaciones sociales se diferencian entre sí por el objeto y
el modo o estilo de diálogo.
La concepción
personalista- comunitaria de la universidad implica todo lo que
es general al diálogo humano pero, al mismo tiempo, tipifica el
diálogo constitutivo de la universidad con características
propias.
2. Diálogo
y metodicidad
Una de las características que tipifica el
diálogo universitario es el método. No cualquier diálogo
constituye al hombre en universitario, ni a una comunidad en
universitaria. El diálogo constitutivo del universitario y la
universidad es el diálogo metódico. Es a través de
procedimientos racionales que se constituye el diálogo
universitario.
Lo anterior no debe
hacer pensar que todo diálogo entre universitarios es metódico
ni que necesariamente así debiera ser. Hay comunicación
dialógica entre los hombres – y, por ende, también entre los
universitarios- que no es de carácter racional. En las
relaciones comunitarias de las personas hay intuiciones,
sentimientos, emociones, etc., que parecen exigir procesos de
comunicación no racionales.
Ello identifica y
no distingue al universitario de cualquier hombre ni a la
universidad de cualquier comunidad humana. Lo que distingue y
tipifica al universitario de otros hombres y a la comunidad
universitaria de otras comunidades humanas es que someten todo
al diálogo racional. Entre los universitarios y en cuanto tales,
todo puede ser objeto de diálogo en la medida que se proceda
metódicamente. Cuando un grupo de personas se dedica a tratar
acerca de cierto objeto de manera metódica, constituye la
comunidad disciplinaria. La disciplina es la aceptación de un
procedimiento racional para dialogar acerca de un objeto; en
otras palabras, es el tratamiento metódico de un objeto.
Los universitarios
afirman la necesidad del diálogo metódico no porque sea una
seguridad contra el error sino porque es, en cuanto metódico,
perfeccionable, porque permite la corrección de las
inadecuaciones del conocimiento y hace que a éste
progresivamente sistemático.
Si bien es cierto
que de hecho no todo diálogo entre los universitarios es
metódico, no deja de ser cierto, también, que el cultivo de la
disciplina, cuando es riguroso, tiende a crear una actitud en
los sujetos y ciertas estructuras en los grupos que favorecen la
ampliación de la actividad metódica al tratamiento de todo
asunto que acontece entre los universitarios. El esfuerzo por
perfeccionar la metodicidad del diálogo constituye el rigor de
los hombres disciplinados, de aquéllos dedicados a una
disciplina.
Una primera
consecuencia general en esta concepción de la universidad de los
personalistas comunitarios es el rechazo de la teoría y la
praxis de la irracionalidad en el diálogo universitario, es
decir, el rechazo de todo intento de imponer cualquier tipo de
dialéctica que impida el diálogo metódico. Dicho de otro modo,
la afirmación de la disciplina es la negación de la
indisciplina; nos negamos a que en la teoría y en la praxis se
niegue la posibilidad de una dialéctica dialógica y metódica en
la actividad universitaria.
De lo anterior se
sigue que el pluralismo de los personalistas-comunitarios
defienden en su concepción de la universidad, no es ilimitado;
es un pluralismo dentro del diálogo metódico, pero no al margen
de él, o en contra de él. Quien atenta contra el diálogo
metódico, atenta contra el pluralismo en la universidad, pues el
pluralismo típicamente universitario requiere necesariamente el
diálogo metódico. Además, la universidad, cuando se estructura,
debe respetar esta exigencia necesaria del diálogo metódico, de
la disciplina.
Las unidades
académicas deberán, pues, constituirse sobre un fundamento
disciplinario y ser la expresión institucional del grupo
disciplinario, de la comunidad disciplinaria de trabajo. Cuando
en la universidad se constituyen unidades académicas al margen
de este criterio disciplinario de institucionalización, o
contrarias a él, se atenta contra la universidad, aunque no se
pretenda o declare ese objetivo. Análogamente cuando se dice que
la sociedad es una comunidad de comunidades, los personalistas
comunitarios afirman que la universidad es una comunidad de
comunidades disciplinarias, es decir una comunidad
interdisciplinaria.
Sin la afirmación
de la disciplina como característica de las unidades académicas
y de la interdisciplina como tipificación de la universidad,
ésta y aquéllas no tendrían como distinguirse ni cómo
justificarse socialmente. Dado que lo disciplinario es
constitutivo necesario de la universidad, se sigue que las
decisiones y los beneficios deben ser enfocados en función de
las personas en comunidad interdisciplinaria. Así, pues, las
estructuras de poder que se orientan a la toma de decisiones y
distribución de los beneficios del trabajo deben, si son
universitariamente democráticas, representar los intereses de
los sujetos disciplinarios, es decir, las unidades
disciplinarias, las comunidades de personas dedicadas a un
trabajo disciplinario. La toma de decisiones universitarias en
la universidad debe ser siempre política en función de la
disciplina o de la interdisciplina, de acuerdo con el nivel de
análisis. Cuando las políticas en la universidad se hacen al
margen de la disciplina, o contra ella, son políticas que
destruyen la universidad.
Lo anterior no debe
interpretarse como una vuelta al pensamiento “academicista”;
ello sería no comprender lo que se propone. Las unidades
disciplinarias y la universidad como comunidad
interdisciplinaria tienen, por solidaridad con la comunidad
sociocultural a la que pertenecen, la obligación y el derecho a
participar autónomamente en ella. La sociedad en la cual
participa la universidad tiene derecho a reclamar que ésta se
plantee los problemas sociales; pero asimismo, la universidad
tiene que afirmar que el tratamiento de esos problemas respete
su especificidad, su carácter disciplinario. El principio de
autonomía solidaria que los personalistas comunitarios postulan
tiene su aplicación en la universidad de modo adecuado cuando la
universidad es autónoma para comprometerse con la sociedad y
cuando la sociedad es solidaria con la autonomía de la
universidad. Si bien la autonomía no es enajenación por
abstracción de la sociedad, tampoco la solidaridad es
enajenación de la autonomía de la universidad al Estado o a otro
entre social.
Se ha hecho
referencia al diálogo metódico, más precisamente a la
disciplina, y a como ésta debe respetarse en la estructuración
de las unidades académicas, de las estructuras de poder en la
universidad y en las relaciones entre universidad y sociedad.
Queda por señalar la importancia de la reflexión sobre la
disciplina para concebir adecuadamente los procesos
universitarios; entre ellos de manera eminente, los procesos que
se nominan funciones universitarias.
Toda la actividad
universitaria se funda en el trabajo por lograr un más adecuado
conocimiento de la realidad a través del ejercicio del diálogo
metódico y, más precisamente, disciplinario.
La investigación metódica sobre determinado
objeto funda, se ha visto, la comunidad disciplinarias de
trabajo. La investigación metódica sobre un objeto, que realiza
un grupo humano cuya institucionalización genera una unidad
disciplinaria, es el proceso continuado que permite la
acumulación de un conocimiento cada vez más adecuado, y nunca
perfecto, de la realidad.
Todas investigación disciplinaria debe
comunicarse para que sus resultados y los procedimientos a
través de los cuales se lograron puedan ser conocidos y
controlados públicamente. La publicación del trabajo
disciplinario puede hacerse a través de la escritura o en forma
oral, o a través de lo escrito y lo oral; pero el lenguaje, sea
escrito u oral, a través del cual se comunican los
procedimientos y acumulaciones disciplinarias, no es idéntico al
lenguaje común de una sociedad. Toda disciplina construye un
lenguaje artificial que contiene signos tomados del lenguaje
común a las sociedad que en la cual se investiga, pero al cual
agrega otros signos y combinaciones de signos que se introducen
para expresar ideas peculiares que la disciplina en cuestión. Lo
lenguajes disciplinarios se originan, cambian y, conjuntamente,
con las ideas disciplinarias; en otras palabras, con las teorías
y métodos disciplinarios.
La participación en
el diálogo disciplinario requiere el conocimiento del lenguaje
disciplinario, pero éste no puede aprenderse al margen de la
teoría y los métodos de las disciplina. Ahora bien, como todo
lenguaje, también el científico es un proceso social dinámico
que requiere participar en experiencias comunes. La
participación en el en diálogo disciplinario es el proceso
fundamental para constituirse en hombre disciplinado dentro de
la comunidad disciplinaria.
Lo precedente
funda la dialéctica entre los procesos de investigación y
docencia, y los derechos y obligaciones de los sujetos
implicados en los procesos de discencia y docencia, en ambos de
los cuales participa los profesores y los alumnos.
Las acumulaciones
disciplinarias son enteramente conceptuales, si bien los
procedimientos de investigación disciplinaria exigen habilidades
sólo parcialmente conceptualizadas. De todos modos, las
actividad universitaria exige que la comunicación de
acumulaciones y procedimientos sean metódica. Lo anterior
excluye procedimientos no racionales en la comunicación de he
las teorías, métodos y habilidades y de los respectivos
lenguajes. No cualquier tipo de comunicación es aceptable en la
universidad; una docencia metódica es la única aceptable, porque
es la única que permite un aprendizaje metódico, el solo camino
para lograr una participación en el diálogo metódico, requisito
para constituirse en miembro participante de la comunidad
disciplinario y en sujeto disciplinado. Cuando alguien ha
adquirido La capacidad de ejercer la disciplina, la universidad
se lo reconoce públicamente por mención del grado ( y, en su
caso, el estado por el título).
Dado que el conocimiento disciplinario es
parte constitutiva de una cultura y que el derecho de todos los
miembros de una sociedad a participar plenamente en la cultura
debe actualizarse, la universidad deberá solidariamente cooperar
en hacer participar en mayor número posible de personas, de modo
directo ( " extensión universitaria ", " extensión cultural ","
comunicación social ", etcétera) o indirecto ( formación de
profesores de todos los niveles, etcétera ) en el trabajo
disciplinario y sus productos. Pero toda actividad que se
oriente a hacer que participe el mayor número de personas en la
actividad universitaria y sus frutos, no deberá olvidar que la
actividad universitaria es diálogo metódico, actividad
disciplinaria. Asimismo, todo tipo de compromiso de la
universidad y que el universitario como tal es a través de su
propia especificidad, es a través del ejercicio disciplinario.
La reflexión
anterior no debería ocultar que el hombre universitario no es
exclusivamente universitario; en otras palabras, el rol
universitario de una persona no agota otra todos los roles
sociales de esa persona. Pero tampoco debe olvidarse que la
misma sociedad, al promover la formación de una persona en
universitaria espera que su trabajo social sea eminentemente
universitario. Habrá situaciones de emergencia en que todas las
personas de un determinado grupo social., o de una sociedad sean
llamadas a ejercer roles que no son los propios en tiempos
normales y, en ese caso, se estará frente a una excepción que,
como suele decirse, confirma la regla.
Por eso, quienes
atacan a la actividad metódica, al trabajo disciplinario, al
rigor en los procedimientos, atacan a algo intrínsecamente
constitutivo de la universidad y de la actividad del
universitario. Toda iniciativa que, de alguna manera, atente,
en la teoría o en la praxis, contra la a disciplinariedad en la
universidad atenta contra la universidad y el universitario.
3. Diálogo metódico
y criticidad
Se
señalaba que no cualesquiera relación dialéctica era capaz de
perfeccionar a la persona humana y a la comunidad humana y, por
consecuencia, que era necesario analizar críticamente las
relaciones humano-sociales para elegir la que perfeccionaban al
hombre y a la sociedad. Precisamente, para que se produzca esa
necesaria crítica social, la sociedad debe constituirse de
manera democrática, pluralista y comunitaria.
Así concebida, la crítica se constituye en un
factor de perfección al señalar las incoherencias y
contradicciones manifestadas en los procesos y estructuras
sociales, originando las antítesis sociales y, por consecuencia,
promoviendo la dialéctica social, camino para nuevas síntesis
que se persiguen suponen más perfectas que las existentes. Esa
exigencia de crítica social implicada en la concepción
personalista comunitaria, si se pretende ser coherente, debe
también implicarse en la concepción personalista comunitaria de
la universidad. De ellos se sigue que el ejercicio de la
crítica es ejercido en una universidad que se concibe organizada
democráticamente. Pero, además, la crítica es exigida por los
procedimientos de su actividades específica: las disciplinas
del conocimiento. Es imposible una dialéctica sin señalamiento
de las contradicciones e incoherencias de una tesis; es
imposible una dialéctica dialógica sin crítica.
Pero se había
señalado un que en la universidad la dialéctica debía hacer
dialógica y el diálogo debía ser metódico. Agréguese ahora que
el método debe ser crítico. Sin duda, no todos los métodos son
igualmente críticos, pero también es verdad que cualquier
diálogo que sea metódico es más pasible de crítica que el que no
lo es. Por otra parte, cualesquiera crítica que sea metódica es
más eficaz que la que se realiza sin método. Así, pues, la
crítica se favorece con el método y el método es mejor
instrumento para la perfección del conocimiento cuando es
crítico.
Esta criticidad por
ser constitutiva de los métodos disciplinarios, es exigida para
la existencia y perfeccionamiento de las disciplinas. Por
consiguiente, si la universidad exige el ejercicio
disciplinario, deberá posibilitar la crítica disciplinaria; en
decir, la crítica metódica. Para que el ejercicio del método y
las consecuentes acumulaciones del ejercicio metódico puedan ser
objeto de crítica, es necesario y previo que se conozca el
método y las acumulaciones de determinada disciplina. Así, los
que participan en el ejercicio metódico de una determinada
disciplina son los que están capacitados para criticar ese
propio ejercicio y las acumulaciones que de él se siguen. La
universidad deberá, por tanto, estructurar las relaciones de
quienes son capaces de la crítica disciplinaria, de tal modo que
ésta se vea garantizada en su habitualidad. Lo anterior se
consigue haciendo que quienes se dedican a una misma disciplina
se e encuentren organizados en una unidad de trabajo, en una
comunidad disciplinaria, en donde el ejercicio disciplinario y
sus efectos eran ser sometidos adecuada y oportunamente a
crítica.
Si se quiere
garantizar la crítica necesaria al desarrollo disciplinario,
sea deberá resguardar que quien profesa una disciplina participe
y tenga por sede el grupo, la comunidad de los que se dedican a
la misma disciplina. Cuando quien se dedica a la actividad de
una disciplina no tiene la crítica de sus colegas, carece del
necesario control social de su actividad y, con ello, su
ejercicio disciplinario pierde la garantía de la progresiva de
los errores y del perfeccionamiento y los aciertos. Cuando la
universidad no garantiza está exigencia de crítica
institucionalizada a través de adecuadas estructuras
universitarias, se pierde el rigor y se destruye el método y con
ello, la disciplina misma.
Lo anterior es
claro para la función de investigación y, también, lo que es
para un adecuado ejercicio de la función docente, las cuales
-cabe reiterarlo- están en relación dialéctica. La posibilidad
de que la docencia sea eminentemente enseñanza, conocimiento y
ejercicio, de cómo perfeccionar el conocimiento acerca de
determinado objeto, y no sólo aprendizaje de acumulaciones ya
realizadas por la disciplina, exige el que está en el proceso
discente se encuentre en el proceso mismo de crítica metódica
supuesta por el ejercicio disciplinario. Que en la participación
de el diálogo metódico y crítico, disciplinario, cómo se aprende
a trabajar disciplinadamente. Si bien, líneas antes, se ha
afirmado la relación dialéctica entre docencia e investigación
-la cual se reafirma- no debe entenderse, sin embargo, que ello
implica identificar los procesos de investigación y docencia;
ambos, estando íntimamente relacionados, son distintos.
Asimismo, esta
criticidad a que se hace referencia tiene sus consecuencias para
la relación de la universidad los demás grupos y organizaciones
sociales y respecto de la sociedad toda. Se decía, en página
anterior, que todo tipo de compromiso de la universidad con la
sociedad debe actualizarse a través de un diálogo metódico.
Ahora se debe agregar que ese compromiso, además de metódico,
debe ser crítico. La universidad debe ser crítica para
comprometerse y no puede actualizar ningún compromiso que no le
permita a ser crítica, pues ello la enajenaría y la haría
atentar contra sí misma. La criticidad como exigencia intrínseca
de la actividad universitaria es lo que funda el derecho de la
universidad a la autonomía. Sin autonomía es imposible, en
teoría y más aún en la praxis, el ejercicio de la crítica. Y,
por lo anterior, se ve claro que la posibilidad de una auténtica
universidad no da al margen de la posibilidad de una sociedad
democrática. Este problema de la autonomía universitaria,
normalmente se hace patente en las relaciones entre determinado
Estado y la universidad y es habitual que se manifieste con
especial apariencia con motivo del financiamiento universitario.
Si bien este aspecto financiero es muy importante, no es menos
cierto que sólo es una condición necesaria. La autonomía
financiera condiciona la autonomía necesaria para la criticidad,
per es incapaz de crear ésta. Más aún y sin ánimo de
generalizar, es posible observar muchas veces que la ausencia de
autonomía financiera vuelve más crítica a la universidad, aunque
también es cierto que suele ser una crítica reactiva y
reinvidicativa. Es pues fundada en su autonomía que la
universidad se compromete críticamente con la sociedad;
compromiso crítico para satisfacer las demandas de modo
específicamente universitario, pero también para crear
necesidades y demandas sociales inexistentes.
Por
otra
parte,
necesario
es
señalar
que
está
crítica
debe
ejercerse
también,
y
fundamentalmente,
como
autocrítica.
Esta
autocrítica
debe
ser
igualmente
metódica
y,
además,
ha
de
estar
institucionalmente
garantizada.
Instancias
institucionales
como
el
claustro
y
el
consejo
superior
o
senado
académico
son
apropiadas
para
la
autocrítica
de
la
universidad
como
tal;
instancias
como
consejo
de
unidad,
o
instancias
análogas,
son
apropiadas
para
la
autocrítica
de
las
comunidades
disciplinarias,
etcétera.
Quizá
sería
necesario
crear
instancias
en
que
los
universitarios
puedan
tomar
en
la
universidad
y
las
comunidades
de
trabajo,
como
objeto
de
reflexión
crítica
y
metódica
que
les
permita
transformar
su
vivencia
universitaria
en
experiencia
reflexionada.
En
la
medida
en
que
esta
autocrítica
sea
comprendida
en
su
verdadera
significación,
aparecerá
menos
relevante
hablar
de
proceso
de
reforma
de
la
universidad
como
si
fuese
una
innovación
marginal
al
proceso
mismo
del
quehacer
universitario.
En
realidad,
podría
pensarse
que
hablar
de
un
proceso
de
reforma
de
la
universidad
es
reconocer
que
se
ha
perdido
la
universidad
y,
entonces,
ya
no
se
trata
de
reformar
la
universidad
sino
de
recuperarla,
de
reoriginarla.
4.
Diálogo
metódico
crítico
y
complejidad
Se
decía
que
el
diálogo
era
necesario
para
concebir
la
universidad,
pero
que,
a
la
vez,
eran
insuficiente
para
distinguir
de
otra
institución
social.
Asimismo,
debe
decirse
que
el
método
y
la
criticidad
metódica
son
también
necesarios
para
concebir
la
universidad,
pero
insuficientes
para
distinguirla
de
otra
institución
disciplinaria
como,
por
ejemplo,
un
instituto
de
ciencia,
o
de
filosofía,
u
otra
institución
disciplinaria
o
multidisciplinaria.
Hay
una
característica
que
agregar
al
diálogo
metódico
y
crítico,
para
identificar
a
la
universidad;
a
ella
la
nombraremos
complejidad.
De
alguna
manera,
la
complejidad
hace
que
el
diálogo,
metódico
y
crítico,
acceda
a
una
nueva
forma
de
ser.
Este
exigencia
de
complejidad
surge
del
intento
de
aprehender,
de
conocer
la
realidad
en
su
universalidad,
es
decir,
en
la
unidad
de
la
múltiple;
en
otras
palabras,
sintéticamente.
Por
otra
parte,
este
exigencia
de
complejidad
se
enraiza
en
la
necesidad
de
posibilitar
el
perfeccionamiento
de
la
persona
a
través
del
conocimiento
y
en
todas
las
dimensiones
afirmando
su
identidad
frente
a
la
diversidad.
De
aquí
que
la
universidad
no
es
simplemente
el
conjunto
de
disciplinas
ni
de
conocimientos
especializados,
ni
el
universitario
meramente
un
especialista.
La
investigación
propiamente
universitaria
es
la
que
surge
de
la
actividad
interdisciplinaria
donde,
a
través
de
un
diálogo
entre
todas
las
disciplinas,
se
obtiene
un
conocimiento
complejo
y
provisioriamente
sintético
de
la
realidad.
Esta
exigencia
de
complejidad
funda
la
necesidad
del
trabajo
teórico
en
la
universidad
con
intensidad
especial,
pues
sólo
un
profundo
y
continuado
trabajo
teórico,
en
el
más
alto
grado
de
abstracción,
posibilita
la
unidad
de
la
diversidad
en
una
síntesis.
Una
especial
mención
habría que hacer
acerca
de
la
gran
importancia
que
tiene
el
enfrentar
de
manera
rigurosa
y
permanente
los
problemas
que
plantea
el
diálogo
interdisciplinario;
pues
sólo
a
través
de
la
creación
y
perfeccionamiento
de
procedimientos
racionales
de
comunicación
entre
las
disciplinas
se
puede
asegurar
el
diálogo
interdisciplinario.
La
universidad
debería
institucionalizar
una
instancia
en
que
los
problemas
de
la
comunicación
interdisciplinaria
fuesen
objeto
de
estudio
metódico
y
permanente,
instancia
instrumental,
pero
sine qua non
para
la
actividad
interdisciplinaria.
Es
en
la
interdisciplina
que
hace
actualiza
la
solidaridad
de
las
diversas
comunidades
disciplinaria
que
constituyen
la
universidad.
La
interdisciplina
es
una
actividad
propiamente
de
la
universidad
como
un
todo.
Aquí
habría
que
mencionar
ciertos
problemas
y ciertas
soluciones
que
se
han
planteado
con
motivo
del
ejercicio
interdisciplinario
en
la
universidad.
Dada
la
complejidad
que
implica
el
diálogo
interdisciplinario
y
de
todas
las
disciplinas
presentes
en
la
universidad,
se
le
han
buscado
soluciones
intermedias,
entre
las
cuales
hay
dos
que
cabe
señalar:
los
centros
interdisciplinarios
y
los
institutos
o
escuelas
interdisciplinarias.
El
centro
se
caracteriza
por
efectuar
un
dialogo
interdisciplinario
sobre
un
objeto
determinado,
entre
personas
dedicadas
a
diversas
disciplinas.
Es
el
objeto
del
estudio
el
que
funda
la
unidad
de
del
centro,
a
diferencia
de
las
unidades
disciplinarias
en
donde
la
disciplina
es
lo
que
las
identifica.
Para
resguardar
el
necesario
control
social
que
exige
el
ejercicio
disciplinario,
la
persona
que
constituye
el
centro,
no
dejan
de
pertenecer
a
su
unidad
disciplinaria.
El
que
se
estudie
interdisciplinariamente
un
determinado
objeto
es
una
decisión
dependiente
de
una
política
de
investigaciones
que,
como
toda
política,
tiene
sus
limitaciones
en
el
tiempo
y
de
acuerdo
con
las
circunstancias.
De
lo
anterior
se
sigue
que
o
un
centro,
de
por
sí,
no
es
permanente,
aunque
es
obvio
que
tiene
necesidad
de
la
estabilidad
que
la
eficacia
del
estudio
requiere.
Distinto
es
el
caso
de
las
unidades
interdisciplinarias.
Estas
se
fundan
no
en
el
objeto
de
estudio
si
no
en
la
analogía
de
las
disciplinas
que
unifica.
Así,
por
ejemplo,
puede
concebirse
un
instituto
de
ciencias
sociales,
en
que
disciplinas
como
la
sociología,
la
ciencia
política,
la
antropología,
y
otras,
pueden
constituirse
en
una
unidad
para
complementarse
mutuamente
en
el
estudio
de
la
realidad
social.
En
este
caso,
la
unidad
puede
hacer
permanente
en
la
medida
que
se
funda
en
un
proceso
de
creciente
convergencia
entre
las
disciplinas
y
en
que
el
conocimiento
metódico
y
crítico
de
la
realidad
social
logra
mayor
adecuación
a
ésta.
Estas
instancias
intermedias
en la
tendencia
al
conocimiento
interdisciplinario
complejo
no
son,
sin
embargo,
alternativas
respecto
de
la
exigencia
de
complejidad
intrínseca
y
propia
de
la
universidad.
Más
que
como
alternativas,
deben
ser
consideradas
metas
respecto
de
un
objetivo.
Este
problema
relacionado
con
la
característica
de
complejidad
tiene
suma
importancia
para
la
consideración
del
volumen
óptimo
de
una
universidad,
pero
será
cuestión
que
no
se
abordará
aquí.
La
característica
de
complejidad
de
la
universidad
no
sólo
tiene
relación
con
la
investigación;
también,
la
docencia
se
ve
tipificada
por
la
complejidad,
si
es
auténtica
docencia
universitaria.
Este
problema
ha
dado
origen
al
experiencia
del
llamado
"
currículo
flexible".
El
currículo
flexible
quizás
pueda
tener
ventajas
respecto
del
tradicional
currículo
disciplinario
relativamente
fijo
y
especializado.
Sin
embargo,
pienso
que
la
flexibilidad
no
satisface
la
exigencia
de
complejidad,
aunque
en
cierto
grado
puede
ser
una
condición
para
obtenerla.
El
problema
no
es
sólo
que
el
alumno
pueda
ejercitar
su
libertad
en
la
elección
de
los
cursos
que
toma;
lo
anterior
es
necesario,
pero
no
es
suficiente.
La
capacidad
de
ejercer
metódicamente
la
crítica
al
interior
de
una
disciplina
o
de
varias,
no
satisface
los
requerimientos
de
una
formación
compleja.
Es
necesario
que
el
estudiante
sea
capaz
de
someter
a
crisis
los
supuestos
de
la
o las
disciplinas
que
ha
elegido
estudiar.
Esta
capacidad
de
someter
a
crisis
los
supuestos
teóricos
y
melódicos
debe
ir
acompañada
de
la
capacidad
de
criticar
las
aplicaciones
de
las
disciplinas
y
sus
consecuencias
sociales.
Esto
parece
ser
el
mínimo
para
distinguir
a
un
hombre
que
profesa
una
o
varias
disciplinas,
de
un
universitario.
Lo
anterior
hace
patente
que
un
currículo
que
pretende
satisfacer
esa
exigencia
de
complejidad
debe
requerir
que
el
alumno
estudie
ciertas
disciplinas
que
no
se
encuentran
incluidas
en
el
área
a
la
cual
piensa
dedicarse
con
énfasis.
Así,
pues,
la
flexibilidad
está
limitada
por
la
exigencia
de
complejidad.
Es
dentro
de
esos
límites
que
cabe
afirmar
la
flexibilidad
como
un
requisito
de
que
el
alumno
ejercite
su
libertad
de
elección
que
le
permita
desarrollarse
de
acuerdo
con
las
peculiaridades
de
su
personalidad.
Lo
anterior
es
un
requisito para
que
la
universidad
pueda
cumplir
con
su
obligación
de
forma
personalidades
críticas
y
capaces
de
enfrentamientos
complejos.
El
problema
de
la
determinación
de
las
áreas
de
conocimiento
en
función
de
la
complejidad
es
uno
que
se
deja
parar
a
otra
oportunidad,
pues
exigiría
una
relativa
extensión
y
complejidad
en
su
tratamiento
que
podría
ser
disfuncional
para
los
fines
del
presente
trabajo.
Finalmente,
cabe
hacer
algunas
consideraciones
acerca
de
la
relación
entre
la
universidad
contexto
social,
a
la
luz
de
la
exigencia
de
complejidad.
Ya
se
han
señalado
algunos
fundamentos
de
la
exigencia
de
complejidad
a
los
cuales
es
del
caso
agregar
el
que
surge
de
la
necesidad
de
considerar
complejamente
los
problemas
de
una
sociedad.
El
tratamiento
parcial
de
la
realidad,
aunque
sea
metódico
y
crítico,
no
permite
superar
la
abstracción
del
análisis.
El
hombre
con
una
visión
parcializada,
o el
grupo
social
con
una
visión
analítica
o
incompleta
la
realidad,
queda
ajeno
a
la
realidad
del
universo,
a
la
complejidad
de
lo
real;
en
otras
palabras,
queda
enajenado.
La
sola
criticidad
no
garantiza
la
liberación
de
la
persona
o
del
grupo
social,
si
ella
no
es
y
produce
una
visión
compleja.
Es
en
la
unidad
de
la
síntesis
que
el
hombre
supera
la
enajenación
y
las
contradicciones,
liberándose.
Pero,
asimismo,
en
la
actitud
de
permanente
crítica
que
hace
que
toda
síntesis
sea
intrínsecamente
precaria,
el
hombre
asegura
su
progresiva
liberación.
Es
en
la
complejidad
y
la
crítica
metódica
que
el
universitario
asegura
el
dinamismo
dialéctico
del
diálogo
en
el
cual
se
constituyen
él
y
la
universidad.
De
este
modo,
diálogo-metódico-crítico-complejo
es
la
expresión
asertiva
del
proceso
constitutivo
del
universitario y
de
la
universidad.
Esta
expresión
guionada
que
es
una
unidad;
ninguno
de
sus
elementos
debe
estar
ausente
y
todos
deben
ser
considerados
en
relación
sistemática,
si
se
quiere
comprender
adecuadamente
esta
concepción
de
la
universidad.
Se
terminó de imprimir en la Sala Gráfica de CPU, Avda. Miguel
Claro 1460, Santiago, Chile, el 14 de septiembre de 1972.
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