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LA NATURALEZA DE LA
CRISIS DE LA
PERSONA EN LA
SOCIEDAD ACTUAL
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La enunciación del tema parece
invitar a que sus palabras claves no sean consideradas
exclusivamente en una perspectiva de reflexión abstracta; es
decir, no se trata de reflexionar sobre los conceptos de
naturaleza, crisis, persona, sociedad y actualidad, sino sobre
las características de la crisis actual de las personas en
nuestra sociedad.
Esta
interpretación, por supuesto, no es la única admisible pero es
una que es posible admitir. Parece adecuado tomar como objeto de
reflexión en ese supuesto no la persona, sino las personas que
viven en la sociedad presente, concreta, aquí y ahora.
Por otra parte el
enunciado del tema comunica asertivamente la existencia de una
crisis. Se trata de una crisis considerada como un proceso en el
tiempo y el espacio, la pregunta por su naturaleza se vuelve una
pregunta por sus características concretas y no sobre las notas
abstractas del concepto de crisis; se transforma, entonces, por
la cuestión acerca de las características de la crisis de las
personas en nuestra sociedad.
Asimismo, parecería
que la expresión “de las personas en nuestra sociedad” alude a
aquello que las hace en sociedad, en nuestra sociedad; en otras
palabras, establece el problema a nivel de las relaciones e
intercambios entre las personas, entre los sujetos, es decir, se
refiere al nivel de lo intersubjetivo.
Desde ese punto de
vista – que uno de los tantos posibles – trataremos de anotar
algunas reflexiones sobre el tema.
Si admitimos que
puede pensarse en características que son generales a toda
crisis, podríamos decir que entre ellas pueden anotarse las
siguientes:
Toda crisis parece
implicar un juicio y una elección que se manifiestan en la
terminación o finalización de una situación o proceso en el cual
existiría la posibilidad de optar y en el comienzo de otra
situación o proceso con sus peculiares problemas, o si se
quiere, posibilidad de elección. La crisis aparece así como una
mutación de la orientación de la acción. Emerge como signo que
permite identificar etapas o momentos.
La crisis puede ser
considerada como un desequilibrio en un proceso de intercambio
entre las personas. Las personas intercambian valores, normas y
signos. Precisamente el proceso puede desequilibrarse por la no
equivalencia de los intercambios o por rompimiento de la
estabilidad de una situación de desigualdad ( o no equivalencia)
en el intercambio. Ello provoca una pérdida de equilibrio en las
relaciones sociales establecidas. Es por eso que la crisis
parece siempre presuponer una situación de equilibrio previa, o
“normal” – real o pretendida – que deja de ser vigente. Por otra
parte, la crisis también parece presuponer que aún no hay otra
situación de equilibrio que reemplace a la que dejó de ser
vigente.
Al parecer esta
situación de crisis se hace más aguda cuando, además de un
desequilibrio en los intercambios, se produce un rompimiento de
la escala de valores que regulaba los intercambios. Cuando la
antigua escala de valores que operaba como criterio deja de ser
eficaz para regular o normar los intercambios y aún no hay otra
que la reemplace, es cuando más agudamente se aprecia la crisis
social. Distinguiríamos, pues, la crisis de los intercambios de
las crisis de las escalas o criterios de intercambio.
En la cultura de
cada sociedad se expresan los criterios para los intercambios. A
través de la tradición cultural permanecen vigentes dichos
criterios. Nuestra tradición, habitualmente denominada
occidental y cristiana, se caracteriza por postular que lo
propio de la persona es el LOGOS como razón, palabra y amor. Lo
propio de nuestra cultura occidental es la síntesis del LOGOS
GRIEGO con el LOGOS CRISTIANO: RAZÓN Y CRISTIANISMO. La persona
como ente autónomo y solidario. Lo propio de la sociedad con esa
cultura del LOGOS es establecer el LOGOS como criterio de los
intercambios sociales. La PERSONA en la sociedad actual y la
SOCIEDAD de personas están en crisis, porque lo que le es propio
está en crisis como criterio para le intercambio.
Cuando el LOGOS no
es ya más criterio para el intercambio, no hay DIA LOGOS, ya no
se intercambia a través del LOGOS. Ha cesado el acuerdo de
oponer los desacuerdos a través de la RAZÓN y por supuesto del
AMOR y la PALABRA, pues cuando no hay respeto por la razón, no
hay respeto por lo que es propio del hombre y por lo tanto no se
respeta al hombre, y no hay amor sin respeto a lo amado.
Hay quienes
propusieron y actuaron, entre nosotros, de acuerdo a una
dialéctica de la fuerza y la violencia, una dialéctica negadora
del diálogo. Por eso se habló tanto del diálogo cuando imperaba
la violencia. Usaban la violencia porque eran totalitarios y no
hay, en verdad, diálogo cuando impera la fuerza. Al “poder” de
la RAZÓN, sucedió la “razón” de la FUERZA. Pero hay que
preguntarse por qué se llegó a la crisis del DIÁLOGO.
Siempre han existido los conflictos y quizá, sin duda, los
habrá siempre; pero también es verdad que no siempre la
existencia del conflicto lleva al rompimiento de la escala de
valores que opera de criterio para los intercambios sociales.
Sin duda, la acumulación de conflictos no llevados a crisis, es
decir, a una decisión por la razón, es una de las causas que
hicieron poner en duda la eficacia de la razón como criterio
para dirimir los conflictos. Ello causó tensiones intolerables
por parte de los hombres en nuestra sociedad y a la decisión de
abandonar el diálogo para dirimir los conflictos.
La indecisión, la
no crisis, el no ejercicio oportuno de la razón, al parecer,
llevó a la decisión, a la crisis de la razón como criterio, y al
ejercicio de comportamientos irracionales. Pero simultáneamente
con quienes ejercían la violencia había quienes se preparaban
intensamente para dirimir los conflictos por la fuerza, si era
necesario.
Había dos caminos
posibles para dirimir el conflicto: la argumentación, el
ejercicio del diálogo, de la palabra racional, del llamado al
amor, a la unidad. Era el primero, y fue el primero que nuestra
sociedad intentó. El segundo camino era oponer una violencia más
intensa que la violencia existente. No creo que el primer camino
estuviese agotado, pero sin duda el ejercicio de la segunda
alternativa de solución sí lo agotó. Admito que el ejercicio de
la fuerza fue actualizado ante la amenaza y el ataque de los
violentos; sin embargo, debe reconocerse que ello implicó usar
los mismos medios que utilizaban los violentos y que ese uso de
la violencia ha provocado una degradación moral.
Actualmente el criterio de
intercambio social es el de la “razón” de la fuerza y de la
“fuerza” de la razón. El fenómeno no es nuevo; la humanidad
conoce muchas guerras y matanzas en nombre del AMOR y la UNIDAD,
y aún de la SALVACIÓN, donde se mataba “bondadosamente” los
cuerpos para evitar que los espíritus de los muertos fueran al
infierno. Cuando hay quienes piensan tener un interés o una
razón indiscutible, cuando no se acepta que se pueda estar
equivocado y se cree tener toda la verdad , se es totalitario y
por supuesto no puede dejarse de actuar de manera autoritaria y
violenta. Violenta, porque no hay mayor violencia para el hombre
razonable que no aceptar – aunque exija humildad- que ha
cometido equivocaciones, y que ni él ni ningún hombre puede
resumir fundadamente tener un “seguro de verdad”. Claro que se
podrá argüir que si se reconoce un error se lo corregirá, pero
ello no cambia el procedimiento que llevó al error, que fue la
no admisión, como un presupuesto de que se puede estar
equivocado.
El estar dispuesto a corregir los
errores después de cometidos, sin admitir que también se pueden
cometer equivocaciones en la elección de los medios correctivos,
no cambia el procedimiento que condujo al error, y, por lo
tanto, no asegura una adecuada corrección. Más aún dicho
procedimiento de corrección puede conducir a mayores errores,
algunos de los cuales – especialmente cuando se posee gran
capacidad de fuerza y violencia –pueden ser irreparables por
naturaleza, salvo que se crea poder resucitar a los muertos y
reconstruir culturas por decreto.
Se podrá argüir que se está
obrando racionalmente mostrando fines, objetivos, metas y una
racional adecuación de los recursos en función de su obtención.
Pero cuando ello es efecto de la decisión exclusiva de algunos,
tenemos derecho a pensar que este ejercicio de poder excluyente
se basa en los propios dones intelectuales superiores o que el
ejercicio del poder produce inteligencia. Pero mientras esta
inteligencia y sus productos no se someta a la libre
comunicación racional y las leyes del LOGOS, al DIÁLOGO,
aceptarlo – para un ser racional – sería indigno de lo que le es
propio: el ejercitar la RAZÓN. Y mientras se sigan acumulando
problemas y conflictos que no son sometidos a la crisis social
lo único que estamos haciendo es reeditar el proceso que nos
llevó a la CRISIS de la RAZÓN, del LOGOS, del DIÁLOGOS, que es
el criterio para los intercambios propios de una CULTURA del
LOGOS, como palabra, razón y amor. Mientras no haya libre y
racional comunicación de las ideas – y no sólo de los bienes
materiales –no recuperaremos nuestra tradición occidental y
cristiana, y por consecuencia, no recuperaremos aquello que nos
da unidad e identidad a través del tiempo.
Mientras la fuerza no se someta a
la razón y los procedimientos violentos no se sometan al
diálogo, no habrá unidad ni paz, y lo que es peor, nuestra
cultura y en especial nuestra moral seguirá progresiva e
inexorablemente deteriorándose.
No hay que aceptar a quienes
piden pluralismo para negar el diálogo cuando poseen el poder,
ni tampoco a los que imponen la violencia para obtener la paz,
porque ambas son formas irracionales de proceder. Admitimos
poder estar equivocados; pero sinceramente creemos que la crisis
de la persona en nuestra sociedad y de nuestra sociedad y
cultura es efecto de haber abandonado una cultura que es
síntesis del LOGOS GRIEGO y del LOGOS CRISTIANO, y de haber
abrazado –por lo menos parcialmente – una cultura mitológica que
propone siempre paraísos para el futuro a través del poder de
dioses héroes que sólo conciben dominar o ser dominados, pero
que son incapaces de dialogar y de amar efectivamente aquí y
ahora.
Y conste que aún para quienes son
creyentes la apelación a la Providencia no exime del ejercicio
de la razón, pues la Gracia perfecciona, pero no anula la
naturaleza; la Gracia supone la naturaleza. Los cristianos
sabemos de la necesidad de la Gracia para una plenitud del
ejercicio de la razón, reconocemos la limitaciones y lo que
buscamos es perfeccionar la razón, no destruirla y por eso nos
oponemos a toda forma de irracionalismo en las concepciones y
realizaciones humanas, a toda forma de dirimir los conflictos
que no se rija por la razón y el amor, por el diálogo.
Noviembre 1977 |
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