Ataliva AMENGUAL
 

 

 

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LA NATURALEZA DE LA CRISIS DE LA

PERSONA EN LA SOCIEDAD ACTUAL

 

 

 

La enunciación del tema parece invitar a que sus palabras claves no sean consideradas exclusivamente en una perspectiva de reflexión abstracta; es decir, no se trata de reflexionar sobre los conceptos de naturaleza, crisis, persona, sociedad y actualidad, sino sobre las características de la crisis actual de las personas en nuestra sociedad.

 

Esta interpretación, por supuesto, no es la única admisible pero es una que es posible admitir. Parece adecuado tomar como objeto de reflexión en ese supuesto no la persona, sino las personas que viven en la sociedad presente, concreta, aquí y ahora.

 

Por otra parte el enunciado del tema comunica asertivamente la existencia de una crisis. Se trata de una crisis considerada como un proceso en el tiempo y el espacio, la pregunta por su naturaleza se vuelve una pregunta por sus características concretas y no sobre las notas abstractas del concepto de crisis; se transforma, entonces, por la cuestión acerca de las características de la crisis de las personas en nuestra sociedad.

 

Asimismo, parecería que la expresión “de las personas en nuestra sociedad” alude a aquello que las hace en sociedad, en nuestra sociedad; en otras palabras, establece el problema a nivel de las relaciones e intercambios entre las personas, entre los sujetos, es decir, se refiere al nivel de lo intersubjetivo.

 

Desde ese punto de vista – que uno de los tantos posibles – trataremos de anotar algunas reflexiones sobre el tema.

 

Si admitimos que puede pensarse en características que son generales a toda crisis, podríamos decir que entre ellas pueden anotarse las siguientes:

 

Toda crisis parece implicar un juicio y una elección que se manifiestan en la terminación o finalización de una situación o proceso en el cual existiría la posibilidad de optar y en el comienzo de otra situación o proceso con sus peculiares problemas, o si se quiere, posibilidad de elección. La crisis aparece así como una mutación de la orientación de la acción. Emerge como signo que permite identificar etapas o momentos.

 

La crisis puede ser considerada como un desequilibrio en un proceso de intercambio entre las personas. Las personas intercambian valores, normas y signos. Precisamente el proceso puede desequilibrarse por la no equivalencia de los intercambios o por rompimiento de la estabilidad de una situación de desigualdad ( o no equivalencia) en el intercambio. Ello provoca una pérdida de equilibrio en las relaciones sociales establecidas. Es por eso que la crisis parece siempre presuponer una situación de equilibrio previa, o “normal” – real o pretendida – que deja de ser vigente. Por otra parte, la crisis  también parece presuponer que aún no hay otra situación de equilibrio que reemplace a la que dejó de ser vigente.

 

Al parecer esta situación de crisis se hace más aguda cuando, además de un desequilibrio en los intercambios, se produce un rompimiento de la escala de valores que regulaba los intercambios. Cuando la antigua escala de valores que operaba como criterio deja de ser eficaz para regular o normar los intercambios y aún no hay otra que la reemplace, es cuando más agudamente se aprecia la crisis social. Distinguiríamos, pues, la crisis de los intercambios de las crisis de las escalas o criterios de intercambio.

 

En la cultura de cada sociedad se expresan los criterios para los intercambios. A través de la tradición cultural permanecen vigentes dichos criterios. Nuestra tradición, habitualmente denominada occidental y cristiana, se caracteriza por postular que lo propio de la persona es el LOGOS como razón, palabra y amor. Lo propio de nuestra cultura occidental es la síntesis del LOGOS GRIEGO con el LOGOS CRISTIANO: RAZÓN Y CRISTIANISMO. La persona como ente autónomo y solidario. Lo propio de la sociedad con esa cultura del LOGOS es establecer el LOGOS como criterio de los intercambios sociales. La PERSONA en la sociedad actual y la SOCIEDAD de personas están en crisis, porque lo que le es propio está en crisis como criterio para le intercambio.

 

Cuando el LOGOS no es ya más criterio para el intercambio, no hay DIA LOGOS, ya no se intercambia a través del LOGOS. Ha cesado el acuerdo de oponer los desacuerdos a través de la RAZÓN y por supuesto del AMOR y la PALABRA,  pues cuando no hay respeto por la razón, no hay respeto por lo que es propio del hombre y por lo tanto no se respeta al hombre, y no hay amor sin respeto a lo amado.

 

Hay quienes propusieron y actuaron, entre nosotros, de acuerdo a una dialéctica de la fuerza y la violencia, una dialéctica negadora del diálogo. Por eso se habló tanto del diálogo cuando imperaba la violencia. Usaban la violencia porque eran totalitarios y no hay, en verdad, diálogo cuando impera la fuerza. Al “poder” de la RAZÓN, sucedió la “razón” de la FUERZA. Pero hay que preguntarse por qué se llegó a la crisis del DIÁLOGO. Siempre han existido los conflictos y quizá, sin duda,  los habrá siempre; pero también es verdad que no siempre la existencia del conflicto lleva al rompimiento de la escala de valores que opera de criterio para los intercambios sociales. Sin duda, la acumulación de conflictos no llevados a crisis, es decir, a una decisión por la razón, es una de las causas que hicieron poner en duda la eficacia de la razón como criterio para dirimir los conflictos. Ello causó tensiones intolerables por parte de los hombres en nuestra sociedad y a la decisión de abandonar el diálogo para dirimir los conflictos.

 

La indecisión, la no crisis, el no ejercicio oportuno de la razón, al parecer, llevó a la decisión, a la crisis de la razón como criterio, y al ejercicio de comportamientos irracionales. Pero simultáneamente  con quienes ejercían la violencia había quienes se preparaban intensamente para dirimir  los conflictos por la fuerza, si era necesario.

 

Había dos caminos posibles para dirimir el conflicto: la argumentación, el ejercicio del diálogo, de la palabra racional, del llamado al amor, a la unidad. Era el primero, y fue el primero que nuestra sociedad intentó. El segundo camino era oponer una violencia más intensa que la violencia existente. No creo que el primer camino estuviese agotado, pero sin duda el ejercicio de la segunda alternativa de solución sí lo agotó. Admito que el ejercicio de la fuerza fue actualizado ante la amenaza y el ataque de los violentos; sin embargo, debe reconocerse que ello implicó usar los mismos medios que utilizaban los violentos y que ese uso de la violencia ha provocado una degradación moral.

 

Actualmente el criterio de intercambio social es el de la “razón” de la fuerza y de la “fuerza” de la razón. El fenómeno no es nuevo; la humanidad conoce muchas guerras y matanzas en nombre del AMOR y la UNIDAD, y aún de la SALVACIÓN, donde se mataba “bondadosamente” los cuerpos para evitar que los espíritus de los muertos fueran al infierno. Cuando hay quienes piensan tener  un interés o una razón indiscutible, cuando no se acepta que se pueda estar equivocado y se cree tener toda la verdad , se es totalitario y por supuesto no puede dejarse de actuar de manera autoritaria y violenta. Violenta, porque no hay mayor violencia para el hombre razonable que no aceptar – aunque exija humildad-  que ha cometido equivocaciones, y que ni él ni ningún hombre puede resumir fundadamente tener un “seguro de verdad”. Claro que se podrá argüir que si se reconoce un error se lo corregirá, pero ello no cambia el procedimiento que llevó al error, que fue la no admisión, como un presupuesto de que se puede estar equivocado.

 

El estar dispuesto a corregir los errores después de cometidos, sin admitir que también  se pueden cometer equivocaciones en la elección de los medios correctivos, no cambia el procedimiento que condujo al error, y, por lo tanto, no asegura una adecuada corrección. Más aún dicho procedimiento de corrección puede conducir a mayores errores, algunos de los cuales – especialmente cuando se posee gran capacidad de fuerza y violencia –pueden ser irreparables por naturaleza, salvo que se crea poder resucitar a los muertos y reconstruir culturas por decreto.

 

Se podrá argüir que se está obrando racionalmente mostrando fines, objetivos, metas y una racional adecuación de los recursos en función de su obtención. Pero cuando ello es efecto de la decisión exclusiva de algunos, tenemos derecho a pensar que este ejercicio de poder excluyente se basa en los propios dones intelectuales superiores o que el ejercicio del poder produce inteligencia. Pero mientras esta inteligencia y sus productos no se someta a la libre comunicación racional y las leyes del LOGOS, al DIÁLOGO, aceptarlo – para un ser racional – sería indigno de lo que le es propio: el ejercitar la RAZÓN.  Y mientras se sigan acumulando problemas y conflictos que no son sometidos a la crisis social lo único que estamos haciendo es reeditar el proceso que nos llevó a la CRISIS de la RAZÓN, del LOGOS, del DIÁLOGOS, que es el criterio para los intercambios  propios de una CULTURA del LOGOS, como palabra, razón y amor. Mientras no haya libre y racional comunicación de las ideas – y no sólo de los bienes materiales –no recuperaremos nuestra tradición  occidental y cristiana, y por consecuencia, no recuperaremos aquello que nos da unidad e identidad a través del tiempo.

 

Mientras la fuerza no se someta a la razón y los procedimientos violentos no se sometan al diálogo, no habrá unidad ni paz, y lo que es peor, nuestra cultura y en especial nuestra moral seguirá progresiva e inexorablemente deteriorándose.

 

No hay que aceptar a quienes piden pluralismo para negar el diálogo cuando poseen el poder, ni tampoco a los que imponen la violencia para obtener la paz, porque ambas son formas irracionales de proceder. Admitimos poder estar equivocados; pero sinceramente creemos que la crisis de la persona en nuestra sociedad y de nuestra sociedad y cultura es efecto de haber abandonado una cultura  que es síntesis del LOGOS GRIEGO y del LOGOS CRISTIANO, y de haber abrazado –por lo menos parcialmente – una cultura mitológica que propone siempre paraísos para el futuro a través del poder de dioses  héroes que sólo conciben dominar o ser dominados, pero que son incapaces de dialogar y de amar efectivamente aquí y ahora.

 

Y conste que aún para quienes son creyentes la apelación a la Providencia no exime del ejercicio de la razón, pues la Gracia perfecciona, pero no anula la naturaleza; la Gracia supone la naturaleza. Los cristianos sabemos de la necesidad de la Gracia para una plenitud del ejercicio de la razón, reconocemos la limitaciones y lo que buscamos es perfeccionar la razón, no destruirla y por eso nos oponemos a toda forma de irracionalismo en las concepciones y realizaciones humanas, a toda forma de dirimir los conflictos que no se rija por la razón y el amor, por el diálogo.

                                                            

Noviembre 1977