ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
PROBLEMAS
TECNOLOGÍA
EL TRABAJO
SOCIAL COMO DISCIPLINA TECNOLÓGICA
IV. OBJETO
Y OBJETIVO DEL TRABAJO SOCIAL
INTRODUCCIÓN
Este trabajo es uno de los
tantos producidos por la Escuela de trabajo Social en su
permanente reflexión sobre la disciplina, la profesión, su
enseñanza-aprendizaje,etc.. Sin embargo tiene algunas
características especiales por cuanto se ha tratado de
estructurarlo en función de la petición que la Escuela de
Trabajo Social hace a la Vicerrectoría Académica respecto a
la política de títulos y grados que esta Escuela cree
oportuno y adecuado concretar.
Las condiciones aludidas
hacen que el documento tenga ciertas exigencias y límites
respecto a la cualidad de tratamiento de los temas, a la
elección de los tópicos, a su estructuración, a su
extensión, etc.
Se han seleccionado ciertos
aspectos que parecen los más relevantes para el objetivo,
que son de tratamiento habitual pero que no agotan la
temática del continuado proceso de reflexión de la Escuela.
Por otra por otra parte lo
que aquí se dice es expresión de un corte temporal en un
proceso que hace tiempo comenzó y que seguirá más allá del
presente. Los límites de espacio y tiempo establecen una
necesaria y oportuna limitación a lo que sería un proceso un
proceso inacabable de dilucidación y fundamentación de
nuestra disciplina.
Si –como creemos- damos
cuenta fundada –aunque siempre perfectible- de los
objetivos, objetos y procedimientos de nuestra tarea,
pensamos que satisfacemos los lógicos y legítimos
requerimientos de fundar las proposiciones que sobre títulos
y grados estamos presentando a la Vicerrectoría.
FUNDAMENTACIÓN DEL TRABAJO SOCIAL
I.
PROBLEMAS
Quien emprende la tarea de
fundamentar el Trabajo Social en cuanto a sus objetivos y
métodos y a su nivel disciplinario y desea defender su
derecho a la existencia como quehacer universitario que se
expresa en la docencia, la investigación como funciones
esenciales de la universidad se ve frente a un sinnúmero de
adversarios y también de defensores cuyas posiciones surgen
de la práctica o de puntos de vista lógicos,
epistemológicos, ideológicos, etc.
A)
a) Una primera
postura, que podríamos denominar “misológica”[1]reclama
una autonomía de la práctica y rechaza toda elaboración
teórica, científica de la actividad de modificación de la
realidad social. Sin duda, este rechazo cubre un amplio
rango que va desde el rechazo manifiesto –a veces violento y
despreciativo respecto a todo esfuerzo teórico, hasta aquel
rechazo que se manifiesta en una sistemática indiferencia o
en una permisiva tolerancia no exenta de lástima para los
intentos de teorizar. En buenas cuentas este posición se
funda en un cierto optimismo cultural que hace que quien lo
experimenta confíe de manera exclusiva en los inventos
imprevistos, en las ocurrencias oportunas e inesperadas en
la intuición de los que tienen "experiencia práctica". La
disposición y capacidades para la práctica como la capacidad
de improvisación son valores apreciados; el tanteo es al
modo típico de actuación y por la tanto la alternancia de
aciertos y fracasos es algo connatural a dicho modo de
enfocar el trabajo social. Las responsabilidades éticas y
morales respecto a las consecuencias que puedan producir
este tipo de actuación no suelen considerarse porque, puede
pensarse, sería un ejercicio teórico inconsistente con la
postura adoptada. No es extraño que dentro del conjunto de
personas que así piensan, prospere el dilentatismo y se
cultive un orgullo practicista que suele vestirse con nombre
que designan posturas teóricas, como suele suceder con la
palabra “pragmatismo”. En resumen se desprecia y hasta se
ataca todo lo que aparezca como abstracto, teórico y todo
aquello que pretenda una actitud metodológica. Hay otras
motivaciones y causas para que esta postura sea sostenida
por muchos, entre los cuales, también, se encuentran
trabajadores sociales. Por ejemplo en muchos casos este
aprecio exclusivo o casi exclusivo por la prácticas un
efecto retardado de ciertas etapas iniciales del Servicio
Social que permanecen anacrónicamente presentes en las
conductas de algunos trabajadores sociales. Muchas veces
este anacronismo no es imputable a los trabajadores sociales
que así se comportan, sino, más bien, a las propias Escuelas
de Trabajo Social que los formaron y a la falta de
posibilidades de perfeccionamiento permanente que acusa el
medio en el cual viven.
También -algunas veces-
puede observarse que este apego a la práctica es fruto de
una reacción -quizá poca reflexiva- frente a ciertas
corrientes que llegan a ser enajenantes por abstractas, o
por sólo dar lugar a un discurso pseudocientífico que se
cierra sobre sí mismo y que no permite derivar consecuencias
para la descripción, explicación y predicción y mucho menos
para la modificación racionalmente fundada de la realidad
social.
Quizá también muchos de los
trabajadores sociales han sufrido las consecuencias de un
desface entre las enseñanzas abstractas y a veces teóricas,
recibidas y su práctica profesional lo que los ha invitado a
considerar muchos esfuerzos realizados por los trabajadores
sociales -,profesores de las Escuelas de Servicio Social-
como inútiles, cuando no perjudiciales elucubraciones. Que
éstos profesionales fustiguen a dichos profesores y
Escuelas, si bien, no puede siempre justificarse si puede
comprenderse.
En todo caso estas tensiones
entre docentes y trabajadores de campo o de terreno son
comunes a muchas profesiones que se aplican a la
modificación de la realidad social.
En nuestra opinión las
posiciones que se atacan, algunas veces, quizá muchas veces,
merecen el ataque no por teóricas sino precisamente por
pretender ser teóricas sin serlo.
Lo que sí no merece duda es
que si el Trabajo Social es una mera práctica no se ve que
pueda tener cabida en la universidad, pues de lo contrario
toda práctica humana debería estar en la universidad. Claro
está que los universitarios responsables se opondrán a que
el Trabajo Social -concebido como mera práctica- se
institucionalice en la universidad. Por el otro lado, los
propios trabajadores sociales no verán – en la medida que
conciban su trabajo como exclusivamente práctico- ninguna
necesidad y sí muchos inconvenientes para que el Trabajo
Social sea una disciplina universitaria.
He aquí, pues, una primera
fuente de problemas y objeciones para aceptar la
institucionalización del Trabajo Social en la universidad.
Hay otra postura que concibe
el Trabajo Social como una práctica técnica, es decir, como
una práctica racional orientada a modificar la realidad
social. La racionalidad de la técnica implica –en este caso-
que la acción se ejecuta de acuerdo a un sistema de reglas
de operación que aseguren la eficacia, concebida ésta como
un procedimiento que permite lograr de manera óptima el
objetivo propuesto, en el menor tiempo y con el menor costo.
Podrá observarse que para
muchos el hecho de que un quehacer alcance el nivel técnico
no implica necesariamente una institucionalización muy
formal. Hay quienes recuerdan las tradiciones técnicas de
muchas culturas, que si bien suponen cierta
institucionalización cultural, en ningún caso parecen exigir
una organización de la complejidad que manifiesta una
universidad. En razón de lo anterior, argumentan –no sin
razón- que el Trabajo Social entendido como técnica y su
enseñanza no requieren de estar institucionalizados en la
universidad.
Hay quienes admitiendo que el
Trabajo Social es una técnica, piensan, sin embargo, que el
trabajador social requiere de una formación que trascienda
la exclusiva enseñanza técnica, pues no conciben que un
trabajador social pueda “instrumentalizarse” para cualquier
proyecto social. La filosofía, valores o ideologías
subyacentes a los proyectos sociales y la capacidad de
analizarlos, consideran, debe ser materia de trabajo
metódico en la formación del trabajador social. Aunque no
exclusivamente como lo muestra el desarrollo de la
disciplina y la profesión, esta tarea podría cumplirse
adecuadamente en una universidad.
Otros, por la misma
vinculación del Trabajo Social con filosofías, valores e
ideologías postulan precisamente que el Trabajo Social no
debe estar institucionalizado en la universidad. Algunas
maneras difundidas de actuar –en algunas partes y en algunas
épocas- de los trabajadores sociales han reforzado la
impresión de que más que técnicos son agitadores políticos o
agentes ideológicos (que operan a favor o en contra de un
determinado sistema sociopolítico imperante).
Es obvio que lo anterior no
sólo supone una determinada concepción del Trabajo Social
sino también de la universidad. Una universidad concebida de
manera profesionalizante no suele plantearse explícitamente
el problema de las filosofías, valores e ideologías
subyacentes a los diversos quehaceres técnico-profesionales.
Sin duda, hay aspectos que
hacen complejo el problema de las relaciones del Trabajo
Social concebido como técnica y la conveniencia de ser
institucionalizado en una universidad. Quizá es prudente
explicitar los supuestos acerca de los términos de la
discusión si no se quiere que la discusión sea estéril. Hay
equívocos como el de suponer que hay una sola manera de
concebir la universidad, o el de identificar las técnicas
del Trabajo Social con las actividades del trabajador
social, etc. Como se ve esta segunda vertiente es generosa
en problemas y obstáculos.
La tercera postura es la que
concibe el trabajo Social como ciencia social aplicada. Aquí
aparecería más claro que el trabajo Social fuese
institucionalizado en la universidad. Sin embargo, para
otros, no es tan claro que todas las aplicaciones posibles
de una o varias ciencias deban tener un lugar en la
estructura académica de la universidad, entre otras casas
porque estas son -en principio- indeterminables o
indefinidas, por lo menos a priori.
d) Asimismo hay quienes
postulan la no identidad entre la ciencia aplicada y la
tecnología aunque acepten cierta analogía entre ambas.
Un aspecto distintivo sería
la distinta orientación del proceso, pues en el caso de la
ciencia aplicada se parte de un conocimiento acumulado y se
buscan problemas para los cuales este conocimiento
proporcionaría una solución o fundamento para una solución.
Desde la perspectiva de la
tecnología se partiría de ciertos problemas y va buscaría en
el conocimiento teórico acumulado aquel conocimiento
necesario y suficiente para la solución del problema o los
problemas.
En este caso no sólo cuenta
el conocimiento expresado en las teorías científicas y sus
aplicaciones, sino que también se apela a las teorías
tecnológicas.
Se podrán aludir a otras
diferenciase pero en realidad lo que interesa subrayar es
que quienes hacen esta distinción postulan que no sería
suficiente institucionalizar en la universidad la ciencia,
sino que se requiere de un reconocimiento y lugar
institucional en ella para la tecnología como realidad
disciplinaria distinta.
De lo anterior se sigue como
consecuencia que no bastaría con la institucionalización en
la universidad de las Ciencias Sociales, sino que se
requeriría que también se institucionalizaran las
tecnologías sociales tales como el Trabajo Social.
e) Finalmente hay quienes
piensan que la institucionalización del Trabajo Social en
tan número de universidades en el mundo, supera, un fundado
y generalizado consenso que en ningún caso se puede
descalificar y que más que intentar argumentar en pro de la
institucionalización del Trabajo Social en la Universidad
habría que requerir -a quienes se plantean el problema-
cuáles son los fundamentos para cuestionar algo que ya forma
parte de la tradición universitaria hasta el punto de que en
un gran número de universidades, existe no sólo
institucionalizado al Trabajo Social, sino que se otorgan
los más altos grados académicos además del título
profesional.
A este propósito puede verse
el final de esta parte dedicado a los programas de
postgrado de las Escuelas de Servicio Social en el mundo.
Un segundo núcleo de
problemas -no pocas veces implícitos- está relacionado con
la concepción de la universidad.
Sin duda, son muchas las
concepciones posibles o históricamente observables respecto
a la universidad.
Es bastante claro que la
pertinencia de institucionalizar el Trabajo social en una
universidad depende no sólo de la concepción que se tenga de
la universidad.
Creemos que no es la
oportunidad para entrar en un análisis de las diversas
concepciones de la universidad. Creemos oportuno de manera
asertiva y no exclusiva limitar nuestros problemas a
considerar si la perspectiva del Trabajo Social, tal cual la
postula la Escuela de trabajo Social, permite afirmar que
posibilita en la Universidad Católica –tal cual es concebida
hoy- una institucionalización congruente y equivalente al de
otras disciplinas y profesiones ya institucionalizadas en la
Universidad Católica.
Nos parece, pues, que primero
hay que dilucidar –para plantear- como se autodefine la
Universidad Católica y para ello creemos adecuado citar lo
que nos dice en la página 31 del Catálogo General
(1979-1980) de la Pontificia Universidad Católica de Chile,
en primer lugar respecto de los objetivos:
“ La Pontificia
Universidad Católica de Chile tiene como objetivos
primordiales: Preparar jóvenes para la investigación
científica; formar profesionales de las Artes, de las
Ciencias, y de la Tecnología, mediante una instrucción
superior adecuada a su fin y una educación moral basada en
los principios del catolicismo; y promover el cultivo de las
Letras, las Ciencias y las Artes y su difusión en el país”.
[1]
Como es lógico inmediatamente
se pasa a señalar las funciones a través de cuyo ejercicio
se pretende obtener los objetivos mencionados.
“En conformidad a esta
misión, la acción de la Universidad se encuentra orientada
hacia tres funciones.
Formar profesionales de
máxima capacitación científica, tecnológica y humanística
requeridas por el país.
Atender a las necesidades del
desarrollo científico y tecnológico del país, creando las
condiciones adecuadas para la existencia de la investigación
en el nivel más alto posible. La asignación de prioridades
en esta área está dada por el por el criterio de conjugar
las necesidades de la Universidad, en cuanto a la
investigación debe servir de soporte de la docencia, con las
necesidades del país.
Difundir los valores y
resultados de la ciencia y otros, de modo que la Universidad
con su presencia en la sociedad contribuya a un mayor
enriquecimiento de la vida nacional.
De estas tres funciones, las
dos últimas nos preocupan en forma preferente, por cuanto,
la función docente se realiza a través de las diferentes
carreras y programas académicos que se imparten en la
Universidad; cada una de estas carreras está constituida por
un conjunto de experiencias caracterizadas por una cierta
continuidad, secuencia e integración que permiten al
estudiante obtener la formación adecuada tanto para su
desempeño profesional como para su desarrollo personal”. (Ibid.)
Por lo dicho parecería que la
función no preocupa tanto como las otras dos señaladas, al
tenor de lo que se acaba de leer. Esto no es tan claro si
se tiene en cuenta el párrafo inmediatamente siguiente que
citamos a continuación:
“Sin embargo, los estudios y
las acciones llevados a cabo por la Vice-Rectoría Académica
han detectado, en relación a esta materia, la existencia de
carreras profesionales y grados académicos que no se ajustan
totalmente a los objetivos de la Universidad”.
Parece adecuado que en una
institución como la Universidad se plantee metódicamente y
prudentemente la pregunta acerca de si las carreras y grados
académicas que ofrece se ajustan a loa objetivos que ella se
propone obtener. Creemos que este análisis no debe excluir
a priori ninguna de las actividades que se realizan en la
Universidad; ninguna de las actividades docentes, ni
cualquiera otra que se ejecute en la Universidad.
Lo anterior lleva, pues, a
preguntarse si la carrera de Trabajo Social en la
Universidad Católica, se ajusta a los objetivos de dicha
Universidad.
Quizá para plantearse más
específicamente esta pregunta es oportuno tener en cuenta
que en el capítulo dedicado a la política de docencia que
estamos citando se señalan algunos aspectos que serían causa
de que carreras y grados académicos no se ajusten a los
objetivos de la Universidad. Se indica que:
"El análisis curricular de la
Universidad, a través del sancionamiento curricular de los
últimos tras años, demostró que, por una parte, tenemos
currículos muy rígidos que no permiten lograr los objetivos
en cuanto a la formación universitaria integral que la
Universidad pretende dar al alumno, y por otra parte,
currículos que están estructurados en su mayor parte por
cursos de currículo complementario, lo que origina una
excesiva flexibilidad, perjudicando con ello la formación
científica, tecnológica o artística del alumno. En efecto,
los cursos ofrecidos por las distintas unidades académicas
corresponden al currículo mínimo u optativo de ellas y no
son de interés general para los estudiantes de otras
unidades académicas. También de estos estudios se desprende
que la falta de objetivos claros y de reglamentación en el
currículo complementario (optativo y facultativo) ha sido
causal de una excesiva dispersión en la selección de curso
por parte del alumno (afectando su formación universitaria)
y de una prolongación innecesaria de sus estudios sin lograr
proporcionarle una formación integral. Esto ha traído como
consecuencia que el régimen curricular flexible se
convirtiera en un fin en sí mismo y no en una herramienta
docente importante”.
Obviamente lo anterior
permite preguntarse si el currículo de la escuela de Trabajo
Social cae en alguno de los defectos anotados. Por otra
parte la propia Universidad “A raíz de esta situación, se ha
considerado oportuno esbozar una política académica que
seleccione e integre los tres objetivos centrales de la
Universidad. Una política de docencia que oriente los
programas de estudio de las diversas carreras para el eficaz
logro de los objetivos mencionados, y por otra parte, un
conjunto de normas curriculares que señalan los requisitos
mínimos de estructura curricular de las carreras”:
A través de la política de
docencia pretende.... "expresar los objetivos de la
Universidad en relación a la formación del alumno a través
de estudios de nivel universitario o superior, conducentes a
un grado o título profesional".
Respecto
al currículo...
"Lo expuesto anteriormente ha
llevado a la Vicerrectoría Académica a plantear una
redefinición de lo que se entiende por currículo
complementario dándole a éste una finalidad determinada y
consecuente con los objetivos de la Universidad. Si se
considera que el currículo mínimo pretende dar una formación
básica pero no suficiente, el currículo complementario, como
su nombre lo indica, debiera estar orientado por una parte a
complementar el currículo mínimo y por otra, a proporcionar
una formación coherente, profunda e integral a los alumnos”.
Para que la política de
docencia sirva como criterio referencial para analizar la
actividad de la Escuela de Trabajo Social, parece oportuno
–más aún necesario- dilucidar qué se quiere decir con
estudios universitarios o de nivel superior. En el mismo
documento, ya citado, tenemos una respuesta a esa
interrogante cuando se escribe:
“Se entenderá por tales
estudios aquellos que consideren un nivel profundo y
riguroso y, por otra parte, posean una coherencia tal que
permitan proporcionar una formación integral inspirada en
los principios católicos que guían la Universidad.
Por nivel profundo y riguroso
de los estudios se entenderá aquella preparación que
proporciona al alumno un dominio tal de determinadas
ciencias y disciplinas que le permitan hacer buen uso de los
conocimientos adquiridos, analizar y solucionar problemas
científicamente, como también hacer aportes en el área de su
preparación
Por coherencia se entenderá
la integración lógica y consistente de los programas de
estudio, de modo que le permitan al alumno visualizar la
relación existente entre las diversas ciencias o disciplinas
que conforman su preparación universitaria.
Finalmente se entenderá por
formación integral aquellos contenidos históricos,
epistemológicos, axiológicos de los programas de estudio que
aunque no relacionados directamente con las disciplinas o
ciencias que conforman un grado académico o un título
profesional, tenderán a proporcionar al alumno una formación
cabal e integral de su persona”.
Estas características
normativas se postulan de manera general para todas las
actividades de estudio, como queda claro en el párrafo que
citamos a continuación:
“Se propone que esta Política
Académica, así enunciada, se contemple en los programas de
estudio conducentes tanto a un grado académico como a un
título profesional”.
Lo expresado anteriormente
establece una distinción entre grado académico y título
profesional que nos permite plantear aspectos problemáticos
respecto a la institucionalización del Trabajo Social en la
Universidad Católica de Chile.
Cabe preguntarse qué se
entiende por grado académico. El propio documento nos
proporciona la respuesta:
“...como aquél que sanciona
estudios sistemáticos y metodológicos en ciertas áreas del
conocimiento que significan un desarrollo de la capacidad
intelectual y creativa del alumno”.
Y respecto a título
profesional nos dice a continuación:
“...por título profesional,
aquel que acredita la aprobación de un programa coherente de
estudios universitarios en que es combinan armónicamente el
conocimiento científico, la destreza artística, el dominio
técnico de un área determinada y su aplicación a la solución
de problemas prácticos en ella".
De los párrafos citados
anteriormente surgen ciertas consideraciones que nos parece
oportuno expresar, las consecuencias que de ello se sigue
para el Trabajo Social como disciplina, profesión y para la
Escuela de Trabajo Social.
Cuando se habla de “título
profesional” se anota que”(...) acredita la aprobación de un
programa coherente de estudios universitarios(...)”, etc.
Anteriormente se había
definido por estudio universitario “(...) aquellos que
consideren un nivel profundo y riguroso y por otra parte,
posean una coherencia tal que permitan proporcionar una
formación integral, inspirada en los principios católicos
que guían la Universidad”.
Aparece con claridad, pues,
que los estudios profesionales implican lo mismo que
cualquier otro estudio universitario. La conclusión anterior
podría parecer, quizá, como una incapacidad de interpretar
analógicamente las proposiciones sobre los títulos
universitarios, pero –por si hubiese duda- se nos ha
aclarado que “se propone que esta Política Académica, así
anunciada, se contemple en los programas de estudio
conducente tanto a un grado académico, como a un título
profesional”.
Nos parece, pues, que podemos
afirmar fundadamente que los estudios conducentes a un grado
o título no se diferencian –muy por el contrario- se
identifican en cuanto a su naturaleza de universitarios, de
acuerdo a los criterios expresados por la propia Universidad
Católica.
En el caso de los grados
académicos se deben realizar “(...) estudios sistemáticos y
metodológicos en ciertas áreas de conocimiento que
signifiquen un desarrollo de la capacidad intelectual y
creativa del alumno. Queda claro que el objetivo es el
conocimiento y el desarrollo de la capacidad intelectual y
creativa del alumno.
En el caso del título
profesional se trata de “(...) estudios universitarios en
que se combinen armónicamente el conocimiento científico, la
destreza artística, el dominio técnico de un área
determinada y su aplicación a la solución de problemas
prácticos en ella.”
Queda claro que aquí, además
del conocimiento de la realidad –especificado, además, como
científico- lo que se busca es la modificación útil de la
realidad: la solución de problemas prácticos.
Hay ciertos aspectos de la
política académica que deben ser reflexionados más
detenidamente para poder usarlos como criterio para analizar
el Trabajo Social, como disciplina, profesión y para
enjuiciar la tarea de la Escuela de Trabajo Social.
Si los estudios aseguran su
naturaleza sistemática y metódica (procedimiento) y se
orientan a ciertas áreas del conocimiento (objeto) dando por
resultado el desarrollo de la capacidad intelectual y
creativa del alumno (objetivo), dichos estudios satisfacen
las exigencias –una vez aprobados- para que se otorgue un
grado académico.
Si no hay sistematicidad y
método, o faltan las áreas de conocimiento (que es lo que
diferencia –desde el punto de vista del objeto- a las
diversas disciplinas) o, finalmente, no desarrollan la
capacidad intelectual y creativa del alumno, no se cumpliría
con los requisitos para que la actividad permitiese la
obtención de un grado académico.
La concepción del Trabajo
Social como tecnología –tal cual lo explicitaremos más
adelante- satisface los requisitos aludidos y por tanto
puede proporcionar un grado académico.
Si -por otra parte- se
combinan armónicamente el conocimiento científico, las
destrezas artísticas, el dominio técnico, es decir, el
conocimiento científico y técnico con la capacidad de operar
eficazmente (procedimiento) sobre un área determinada
(objeto) con el fin de solucionar problemas prácticos
(objetivo), la actividad de estudio permitiría acceder a un
título profesional.
Es de destacarse que la
“combinación armónica” que se requiere de esos elementos
alude al modelo de conducta tecnológica y a la propia
estructura de las proposiciones nomopragmáticas de la
tecnología. Si se tiene en cuenta que en nuestro caso se
concibe el Trabajo Social como tecnología es obvio, que los
estudios de la Escuela de Trabajo Social conducen no sólo a
un grado sino a un título profesional de acuerdo a las
definiciones propuestas por la Universidad Católica.
II.
TECNOLOGÍA
Lo dicho
anteriormente nos conduce a tener que dilucidar los
conceptos constitutivos de la tecnología, en cuanto
disciplina, de las condiciones para su constitución y para
su desarrollo. Ello equivale a realizar una crítica
epistemológica de la tecnología y del Trabajo Social como
una especie de ella.[2]
[3]
[4]
Sin duda la
“tecnología” es una “conducta”, es decir, un caso particular
de intercambio entre el mundo exterior y el sujeto, ya sea
un intercambio fisiológico (material) o psicológico
(funcional)
[5],
pero es un determinado tipo de conducta es una “acción”, es
decir, una conducta que apunta a un objetivo desde el punto
de vista del sujeto considerado. Conducta observable
exteriormente, inclusive por interrogación clínica[6].
En el conjunto de acciones
que desarrollaremos los seres humanos podemos distinguir dos
clases:
La primera está
constituida por las actividades dirigidas a conocer. El
hombre conoce cuando logra obtener una representación
intencional del objeto, es decir, conoce a través de
conceptos. Si bien hay posibilidades de otros conocimientos,
éste, el conceptual parece ser el conocimiento típicamente
humano. En el intento de conceptualizar el hombre trata de
representarse el objeto tal como es; en otras palabras,
intenta que la representación sea adecuada al objeto. En
este caso, pues, la relación de adecuación tiene dos
términos: el sujeto que conoce y el objeto conocido. El
sujeto se adapta al objeto; intenta representarlo
adecuadamente y para ello el sujeto es el que se modifica
tratando de no introducir cambios en el objeto. La relación
eminentemente[7]se
orienta del objeto al sujeto.
La segunda clase de
actividades son orientadas a hacer cosas. El hombre para
subsistir y desarrollarse, necesita de los objetos que lo
rodean y es por eso que se relaciona con ellos y trata de
adaptarlos a sus necesidades, trata de adecuarlos para que
le sean útiles. Como en el primer tipo de actividades,
también aquí hay una relación de adecuación entre el sujeto
y el objeto, pero en este caso el que se adapta o adecúa es
el objeto; la relación se orienta eminentemente del sujeto
al objeto. El sujeto tiene una idea de cómo sería útil para
él el objeto y actúa, en consecuencia, eficientemente sobre
le objeto para modificarlo de acuerdo a esa idea.

Lo anterior nos muestra que
la orientación de la relación de adecuación es inversa
cuando se comparan las actividades orientadas al conocer con
las orientadas al hacer.
La relación de perfecta
adecuación en el conocimiento la llamamos verdad y la
relación de perfecta adecuación en el hacer la nombramos
eficiencia.
Por eso es que afirmamos que
la eficiencia no es criterio de conocimiento, ni la verdad
criterio suficiente de eficiencia. Una afirmación, teórica o
no, puede ser eficiente y a la vez falsa, o ser eficiente y
a la vez verdadera, o ser ineficiente aunque verdadera, o
ser ineficiente y falsa al mismo tiempo.
CONOCIMIENTO COMÚN Y HACER COMÚN
En el esfuerzo, común a todos
los hombres, por conocer se logra lo que habitualmente se
llama conocimiento común o vulgar. Este conocimiento se
genera normalmente a partir de generalizaciones empíricas, o
inducciones, estas inducciones y sus consecuentes
generalizaciones resumen hechos observados o inferidos de la
vida cotidiana. Este conocimiento común no implica
previamente ningún conocimiento especializado, más aún, en
el lenguaje común, conocimiento común y especializado se
suelen oponer de manera excluyente, asimismo, puede
observarse que el conocimiento común no suele ser
sistemático y sí muy frecuentemente es incoherente. El
conocimiento común tiende normalmente a eliminar la
problematicidad de la vida cotidiana para dejar expedito el
camino al actuar diario.
Comparando ambos grafismos
tenemos:

Los problemas se eliminan
porque constituyen obstáculos para la acción. Pero eliminar
problemas no es solucionarlos. El conocimiento es visto como
un instrumento eficaz que permite al hombre actuar
eliminando problemas, se trata de eliminar el mayor número
de problemas y hacer el máximo de cosas con el mínimo de
conocimiento.
El conocimiento común arraiga
en la experiencia común y cotidiana. Esta vinculación a la
percepción inmediata lo encadena al mundo de la percepción y
le impide trascenderla. Tal es así, que cuando trata de
trascender la experiencia inmediata, se cae normalmente en
el mito o la pseudociencia. Así la trascendencia que
consigue es a costa de la razón.
Pero sólo hay
una actividad cognoscitiva común, también podemos observar
una actitud orientada a hacer común a todos los hombres y
que vulgarmente llamamos: práctica. Ya los griegos
entendieron la práctica (praxis) como la acción de llevar a
cabo algo, un asunto, como lo que era adecuado para una
transacción o negocio. Así como en las actividades
cognoscitivas hay un conocimiento común, así en las
actividades orientadas a hacer hay una hacer común o
práctica. Cuando se actúa de manera práctica se procede
solamente sobre la base del conocimiento que proporciona la
relación inmediata de manipulación de las cosas o procesos;
los criterios que imperan son los del ensayo y error; el
tanteo, y en el mejor de los casos se asegura la eficacia
pero no la eficiencia[8].
Ambas actividades, el conocer
y el hacer comunes, producen lo que habitualmente llamamos
cultura popular. Es conveniente subrayar que estas dos
relaciones de los hombres con los entes no deben predicarse
sólo respecto a las relaciones de los hombres con los entes
no deben predicarse sólo respecto a las relaciones de los
hombres con los entes no humanos, sino también a las
relaciones de los hombres entre sí, relaciones que
conforman, aunque no exclusivamente, el universo
sociocultural. Así por ejemplo, las relaciones implicadas
en los procesos de enseñanza-aprendizaje en la familia.

LA
RACIONALIZACIÓN DE LAS ACTIVIDADES
El conocer y el hacer comunes
pueden racionalizarse. Llamamos actividades racionales
aquellas que han alcanzado un grado máximo de adecuación a
una finalidad preestablecida y que persiguen finalidades que
han sido escogidas haciendo uso deliberado de conocimiento
relevante. Por consecuencia diremos que una actividad es
racional no sólo cuando maximiza la medida en que lleva a
lograr una finalidad, sino cuando también la propia
finalidad perseguida, lejos de ser aceptable
irracionalmente, es justificada por el mejor conocimiento
disponible.
Es necesario la afirmación
anterior para que no se caiga en la ilusión reduccionista
que sólo concibe la racionalidad como una mera adecuación de
los medios a los fines.
Racionalizar el conocer y el
hacer no elimina las diferencias entre ellos, diferencias
que hemos señalado anteriormente.
Cuando se procede de manera
racional decimos que se actúa metódicamente. El método es el
conjunto de procedimientos racionales de acción.
Cuando se actúa aplicando
plenamente procedimientos racionales y eliminando los que no
son, decimos que se es riguroso.
Cuando el rigor se transforma
en la norma conductual de un grupo que se dedica a actuar
respecto a un objeto usando teorías y produciendo como
consecuencia una acumulación de conocimientos o efectos
vemos que el rigor se ha institucionalizado y es cuando se
lo llama: disciplina.
Así pues, decimos que la
disciplina es el rigor institucionalizado. La disciplina
como perfección de la actividad racional influye en la
manera como el mundo se refleja en nuestra conciencia y
también influye en nuestro comportamiento respecto al mundo
para modificarlo.

LAS
DISCIPLINAS DEL CONOCER
Las actividades orientadas a
conocer, que han logrado un nivel disciplinario se
caracterizan por poseer el conocimiento en forma de teorías
y los procedimientos en forma de método.
La teoría es un conjunto
lógicamente coherente de proposiciones. Dentro del conjunto
de proposiciones que incluyen una teoría, las más
importantes son los enunciados nomológicos, a los cuales
vulgarmente se les llama leyes. Estos enunciados, valga la
redundancia, enuncian las relaciones constantes entre
variables relevantes atribuidas a propiedades de un objeto.
La relación de adecuación entre el enunciado nomológico y
aquellos aspectos objetivos a los cuales se refiere es el
criterio que permite aceptar o rechazar dichos enunciados.
Cuando la relación es
adecuada decimos que es verdadero y cuando no lo es, decimos
que es falso.
En las disciplinas que tratan
ideas, es decir, las disciplinas formales, la adecuación
requerida es solamente la coherencia lógica. En cambio en
las disciplinas factuales que tratan de hechos, además de la
coherencia lógica se requiere una contrastación empírica.
Entre las primeras tenemos la lógica y la matemática, por
ejemplo, y entre las segundas la física, química, etc., esta
última diferenciación o clasificación ha introducido un
tercer criterio clasificatorio: el objeto.
Así pues, teoría, método y
objeto nos sirven para clasificar las disciplinas del
conocimiento.
En sentido estricto
llamaremos ciencias a las disciplinas teóricas empíricas o
factuales.

LAS
DISCIPLINAS DEL HACER
Hemos
considerado como se racionaliza el conocer, ahora veremos
que el proceso de racionalización también puede aplicarse al
hacer. Al hablar del hacer común o práctica, hemos visto
que ella, en el mejor de los casos asegura la eficacia, pero
no la eficiencia. Cuando racionalizamos la práctica
logramos asegurar que el hacer no sólo sea, eficaz sino
eficiente. La eficiencia es la perfección de la eficacia en
virtud de la racionalización de la práctica. A la práctica
racionalizada la llamamos “técnica ”. Es un modo de hacer
metódico y riguroso que una vez institucionalizado lo
llamamos disciplina técnica. Es la racionalidad aplicada no
a conocer, sino a modificar la realidad y, más aún, a
modificarla en el menor tiempo con el menor costo y de
manera óptima. La técnica es pues un sistema de reglas o
normas[9]de
operación (propuestas por el tecnólogo) que asegura la
eficiencia de la acción. Así como el núcleo del sistema de
proposiciones en el caso de las disciplinas del conocer eran
los enunciados nomológicos que se referían a leyes, en este
caso tenemos enunciados pragmáticos que se refieren a
reglas. La relación de adecuación en este caso alude a la
capacidad de modificar eficientemente el objeto. En este
caso, la relación adecuada es llamada no verdadera, sino
eficiente, y la inadecuada, ineficiente. El criterio es la
eficiencia no la verdad.

LA
TECNOLOGÍA
Hemos tratado de mostrar que
eficiencia y verdad son criterios distintos y que dan cuenta
de adecuaciones distintas entre el sujeto y el objeto
Las distinciones anteriores
no nos deben ocultar por otra parte que la ciencia y la
técnica si bien son distintas, se encuentran relacionadas de
diversos modos. Creemos que es necesario concebir claramente
las distinciones y las relaciones antedichas para que la
ciencia y la técnica se complementen mutuamente en una
dialéctica que posibilite la perfección de ambas.
Es necesario, como decían
algunos filósofos, "distinguir para unir". Nunca será
excesivo quizá, enfatizar la necesidad de distinguir
entidades y procesos cuando se quiere integrar. Cuando no se
hacen las distinciones, la fusión de las entidades y
procesos no acceden a un nivel de complejidad, sino que
descienden a un nivel de confusión.
Si bien ciencia
y técnica, verdad y eficiencia, ley y regla, son entidades
distintas, también es cierto que debemos propender a que
nuestras actividades satisfagan a la verdad y la eficiencia.
Necesitamos que la verdad que poseemos sea eficiente y que
la eficiencia se funde en la verdad[10].
Sabemos que la verdad puede
ser ineficiente y que la eficiencia puede obtenerse
limitadamente al margen de la verdad, pero ansiamos que la
verdad sea eficiente y que la eficiencia se funde en la
verdad.
Precisamente el esfuerzo
tecnológico es el que trata de efectuar esta síntesis entre
la verdad y la eficiencia, entre la ciencia y la técnica,
entre los sistemas de reglas y los sistemas de leyes.

Para mantener nuestro esquema
anterior se ubica como una articulación entre la ciencia y
la técnica, su objetivo es modificatorio del objeto y la
eficiencia es criterio pertinente a la tecnología, sus
enunciados son también pragmáticos. Sin embargo, también sus
enunciados son nómicos, es decir, se fundan en leyes y por
lo tanto la verdad es también criterio pertinente y por lo
tanto, el conocimiento adecuado no le es indiferente.
Lo anterior puede parecer
ambiguo y quizá confuso, por lo cual es conveniente tratar
de dilucidarlo.
La ciencia es una actividad
orientada a conocer, y como tal produce acumulaciones de
conocimientos.
La técnica es un sistema de
reglas de operación eficaz para modificar la realidad. La
tecnología supone la técnica y la usa.
La tecnología se funda en
esos conocimientos de la ciencia y los usa. La técnica es un
sistema de reglas de operación eficiente para modificar la
realidad. La tecnología supone la técnica y la usa.
La tecnología opera una
transformación cualitativa en las reglas técnicas por medio
del conocimiento científico. Para que una regla técnica se
transforme en tecnológica es necesario que seamos capaces de
explicar su eficiencia, es necesario que demos fundamento
científico a la eficiencia de la regla. Y explicamos,
fundamos científicamente una regla, un enunciado pragmático
cuando somos capaces de subsumir la regla en una teoría
fenomenológica, o mejor aún, si interpretamos la regla por
una teoría representacional. Cuando tenemos un enunciado
pragmático (regla), fundado en un enunciado nomológico
(ley), hemos accedido a un enunciado nomopragmático (regla
tecnológica).
Así las leyes dan cuenta de
la eficiencia de las reglas.
No sólo podemos expresar cómo
hay que comportarse para conseguir e objetivo con
eficiencia, sino además sabemos por qué es eficiente ese
modo de comportarse.
Desde un punto
de vista superficial podría considerarse que el empeño
tecnológico es una manera complicada e ineficiente de
enfrentar el hacer. La técnica ya nos proporciona reglas,
cursos de acción, procedimientos para conseguir un objetivo
predeterminado, o si se quiere, de manera más precisa y
explícita, una "instrucción para realizar un número finito
de actos en un orden dado y con un objetivo también dado"[11]
Además la técnica nos
proporciona no sólo reglas, sino reglas que por lo menos
han tenido éxito en una gran cantidad de casos y quizá en un
alto porcentaje de ellos.
Pero si bien el éxito en la
aplicación de la regla es un criterio necesario para juzgar
la eficiencia de la regla, no parece que sea suficiente. En
muchos casos entre determinadas reglas aplicadas y el evento
observado no hay una relación de efectividad, sino de
coincidencia. Los eventos son "post hoc", pero no "propter
hoc", se dan después de la aplicación de la regla, pero no a
causa de la aplicación de la regla.
En otros casos la regla
funciona a veces y otras veces no.
No basta pues una regla, es
necesario que sea estable en su eficiencia y además una
regla cuya eficiencia pueda ser explicada, de tal modo que
excluyamos la mera coincidencia.
La eficiencia de la regla no
depende de que nosotros podamos explicarla o fundamentarla
en leyes. La explicación se requiere para afirmar de manera
racional su eficiencia.
Además para mejorar su
eficacia y hacerla eficiente o para comparar reglas
eficientes, pero de diferente eficiencia debemos
comprenderlas primero y ello exige fundarlas.
Fundar una regla es basarla
en un conjunto de fórmulas de leyes capaces de dar razón de
su efectividad como lo hemos expresado antes
Creemos que las reflexiones
anteriores nos permiten suponer relativamente dilucidadas
las diferencias de la ciencia, la técnica y la tecnología,
pero no sólo las diferencias, sino también algunas
relaciones que se dan entre los distintos niveles de acción.
Si la tecnología se
constituye cuando se fundan en leyes científicas las reglas
técnicas, cabe preguntarse cómo proceder para efectuar esa
articulación entre ciencia y técnica, entre ley y regla.
La ciencia, aún cuando
procede en una primera etapa a describir, lo hace
teóricamente, y refiriéndose a un modelo conscientemente
idealizado de una clase de hechos. Los enunciados de la
ciencia se refieren a modelos que son simplificaciones de la
realidad. No se refieren a los hechos concretos. Una regla
es un modelo prescriptivo para la acción: cuando es una
regla técnica, prescribo en función de la eficiencia de la
acción; es decir, es un modelo de operación. Se trata
entonces de hacer inteligible con leyes científicas el
fundamento de la eficiencia del modelo de operación. Es,
pues, en el modelo que puedo producir la articulación
necesaria y generar la tecnología.
Solamente un conjunto de
leyes científicas puede dar razón fundada del hecho de que
un modelo operatorio funcione y lo haga no sólo,
eficazmente, sino eficientemente.
La construcción de modelos
es, pues, un requisito necesario para la constitución de la
tecnología.
Quizá, es oportuno señalar
que hay algunos modelos que han mostrado especial fecundidad
para lograr el objetivo tecnológico.
Así por ejemplo, los modelos
cibernéticos, los modelos de sistemas y sus variantes, los
modelos de comunicación y de aprendizaje son instrumentos de
acelerada difusión porque han demostrado su utilidad.
Por otra parte, estas
idealizaciones de la realidad que son los modelos antes
nombrados, son instrumentos usados por personas cuyas
dedicaciones son distintas. Así por ejemplo, científicos
sociales, periodistas, pedagogos, ingenieros, biólogos,
etc., están familiarizados con el uso de los modelos, lo
cual permite facilitar la comunicación interdisciplinaria y
la necesaria colaboración mutua.
Conviene retomar lo que
decíamos al fin de la primera parte cuando nos referíamos a
que había que destacar que “(...) la “combinación armónica”
que se requiere de esos elementos aluda al modelo de
conducta tecnológica y a la propia estructura nomopragmática
de la tecnología”.
Así en cuanto
al objetivo apunta a la modificación eficiente de la
realidad (en cuanto constituye dicha realidad en objeto de
la acción), a una acción con éxito en la práctica[12]
pero precisamente por ser ese su objetivo requiere que los
actos que se ejecuten sean no sólo racionales en el sentido
de que sean máximamente adecuados a un objetivo previamente
propuesto, sino también, en cuanto al objetivo y los medios
para conseguirlos sean escogidos y realizados mediante el
uso consciente del mejor conocimiento relevante disponible[13].
Lo anterior es
lo que queremos expresar cuando decimos que nos interesa una
clase especial de acción racional como lo es la tecnológica,
entendida ésta como “la guiada, al menos en parte por la
teoría científica y tecnológica”[14]
El tecnólogo, por lo tanto,
se ve enfrentado a investigar rigurosamente las teorías que
pueden tener relevancia para la acción en cuanto suministran
conocimiento sobre los objetos de la acción o en tanto se
refieren a la acción misma.
Hay, pues, un
trabajo teórico que realizar, no sólo en la investigación de
teorías propiamente científicas y a como se aplican a
situaciones aproximadamente reales constituyendo las teorías
tecnológicas substantivas, sino también hay una
investigación rigurosa que realizar para constituir teorías
que se refieran desde el primer momento a las operaciones de
complejos hombres-instrumentos-hombres[15],
en situaciones aproximadamente reales.
Es necesario tener conciencia
que hay una investigación rigurosa que realizar con el
método de la ciencia para lograr que el conocimiento
acumulado por un disciplina científica y que se ha
constituido en teoría pueda ser aplicado a una práctica.
Así, por ejemplo, quien quiera perfeccionar o desarrollar la
producción de una industria podrá usar las teorías
psicológicas, las cuales no se ocupan directamente de la
producción industrial, para aplicar dichas teorías deberá
investigar cómo hacerlo y tener criterios para seleccionar
de entre el conjunto de teorías psicológicas aquella que
mejor se adecúa a su objetivo.
Además hay teorías operativas
como las teorías del valor, de la decisión, de los juegos,
la investigación operacional que tratan directamente de la
estimación, la elaboración de decisiones, la planificación y
la acción cuyo conocimiento, manejo y aplicación requieren
de investigación con el método científico en sus
fundamentos, desarrollos y posibilidades de uso.
En realidad
todas las teorías operativas – que merezcan el nombre de
teorías- utilizan el método científico, aunque no utilicen
el conocimiento substantivo de la ciencia. Por eso podemos
decir de ellas que son teorías de la acción, en cuanto
proceden científicamente y son dirigidas al tema de la
acción (práctica). El objetivo: la acción (práctica) es lo
que las hace tecnológicas, pero aparte de eso, no difieren
grandemente de las teorías de la ciencia[16].
Nos parece que lo dicho
–aunque incompleto- es suficiente para mostrar que una
actividad tecnológica por su propia naturaleza puede
conducir no sólo a un título, sino también, a un grado
dentro del quehacer universitario.
III: EL
TRABAJO SOCIAL COMO DISCIPLINA TECNOLÓGICA
El trabajo
social
Pilar Alvariño
señalaba que el Trabajo Social pasó "del cumplimiento de una
función mas bien asistencial, a una función orientada a
capacitar y a organizar a la comunidad para que asuma una
posición participativa en la transformación de la sociedad"
[17].
Mas adelante señala que la actividad social del trabajador
social consistiría en una nueva concepción del Trabajo
Social, en "actuar ahora con todos los beneficiarios,
adscritos o potenciales del sistema, capacitando y motivando
su incorporación a la toma de decisiones que repercuten
directamente en el enfoque y calidad de los servicios que se
les ofrecen".
En el número
anterior de la misma Revista[18],
en parte del documento básico de la reestructuración de la
Escuela de Trabajo Social de la Universidad Católica de
Chile, se señala[19]
que "el Trabajo Social podría clasificarse como una
tecnología".
Mas adelante
tratando de especificar esta afirmación se dice que
"enfrenta y modifica situaciones sociales, enfocándolas como
un todo"[20]
[21]
Se podrían seleccionar de los
mismos artículos citados otros párrafos, pero para nuestros
objetivos bastan los señalados.
Estos esfuerzos de
dilucidación manifiestan el dinamismo de una disciplina y la
responsabilidad de los profesionales que la ejercitan. Sin
duda, estos y otros intentos que podrían mencionarse están
dando frutos apreciables para la vida social.
Teniendo en cuenta todo lo
afirmado, es conveniente señalar la necesidad de seguir en
esa línea de indagaciones y reflexiones, pues a pesar de los
aportes lúcidos realizados hasta el presente, aun parecen no
estar lo suficientemente claros cuales sean los objetos,
objetivos y procedimientos del Trabajo Social en el
presente. Ello no es característica exclusiva de esta
disciplina y de la profesión que de ella se hace. Mas aún,
es buena señal que ello ocurra pues manifiesta una
sensibilidad y dinámica que permite evitar los anacronismos
disciplinarios y profesionales y readecuar las actividades
humanas a las situaciones aceleradamente cambiantes de
nuestra sociocultura.
El Trabajo
Social es una disciplina.
El trabajo social es o por lo
menos aspira a ser una disciplina, o en otras palabras, un
rigor institucionalizado.
Precedentemente intentamos
explicar que entendíamos por disciplina y por que la
hacíamos sinónimo de rigor institucionalizado, y decíamos
que lo considerábamos rigor por ser un ejercicio metódico
pleno. Asimismo en la medida que el rigor se transformaba en
la norma conductual de un grupo, decíamos que era
institucionalizado.
El método lo veíamos como una
manera racional de proceder respecto de los fines, los
medios y a las relaciones entre medios y fines.
Así, de lo dicho se desprende
que cuando decimos que el Trabajo Social es una disciplina,
o que intenta serlo, estamos aludiendo a que pretende
proceder de manera racional, metódicamente y hacerlo de
manera plena, y, por otra parte, pretende que esta manera de
proceder sea una norma de conducta compartida por quienes se
dedican al Trabajo Social.
El Trabajo
Social es una disciplina social.
El segundo
aspecto es el que esta disciplina tiene por objeto "lo
social". Este término "social" esta insuficientemente
dilucidado respecto a su contenido conceptual[22].
Así, por ejemplo, el término, a veces, alude a la
"comunidad”[23]
o a "todos los beneficiarios, adscritos y potenciales del
sistema"[24];
otras veces, el "ámbito de acción" va de la política a la
administración y de allí a la comunidad"[25],
o es una actividad que "se da fundamentalmente a nivel de
las personas y los grupos, si bien es cierto no podrá
desentenderse de la acción a nivel de la estructura social"[26].
Se podría aumentar el número de las citas pero probablemente
llegaríamos - de todos modos - a decir que "tiene un campo
de acción muy amplio al igual que la gama de sus funciones,
siendo por lo tanto, difícil lograr una delimitación
precisa"[27]
Hay nos parece
un indicio que permitiría encontrar una vía de mayor
especificación cuando se dice que "enfrenta y modifica
situaciones sociales enfocándolas como un todo"[28].
Las expresiones "situación
social" y "como un todo" parecen ofrecer un buen campo para
el análisis reflexivo que se orienta a delimitar el objeto
de la disciplina, pues por una parte se alude a una
categoría abstracta que permite clasificar a los grupos y
personas en cuanto miembros de grupo y por otro se enfatiza
un modo de enfocar esas entidades como totalidades, lo que
por consecuencia exige una comprensión compleja.
Lo que sí queda claro es la
necesidad de dilucidar el objeto sobre el cual se quiere
influir y el aspecto bajo el cual se quiere influir sobre
él. El intento de elevar el nivel de racionalidad de una
actividad no permite cejar en ese intento por difícil que
aparezca y aquí, sin duda, hay un problema relevante y
ciertamente complejo para quienes reflexionan sobre la
disciplina y la profesión.
El Trabajo
Social como disciplina tecnológica.
Las reflexiones que aquí
haremos están están vinculadas con aquéllas que
precedentemente hicimos en relación con la tecnología en
general.
El primer punto
a subrayar es que el Trabajo Social "enfrenta y modifica
situaciones sociales"[29].
El objetivo de la actividad es modificar la realidad social
y por lo tanto, se le puede aplicar todo lo que decimos
respecto a las actividades orientadas al hacer. Pero ese
objetivo modificatorio quiere obtenerse de manera eficiente,
lo que exige que la acción sea racional, mas aún,
disciplinada. En otras palabras, no basta una práctica
modificatoria que se desarrolle por tanteos, por ensayos de
acierto y error, sino que se exige procedimientos no sólo
eficaces sino eficientes, es decir, debe ser una actividad
técnica. Pero la tendencia por racionalizar las actividades
hace que se intente no sólo saber cómo proceder de manera
racional, de manera técnica, sino que seamos impulsados a
saber por qué ese modo de proceder es eficiente. No nos
basta ser eficientes, requerimos explicarnos la eficiencia.
Por otra parte, la rapidez de
los cambios de la realidad social hacen necesario de manera
constante variar las técnicas; asimismo la acumulación
progresiva de distintas técnicas requiere de criterios para
elegir aquellas adecuadas a cada situación y propósito. En
fin, estas y otras razones que podrían aducirse nos
manifiestan los motivos subyacentes a esa búsqueda, que
permita explicarse la eficiencia de los procedimientos
técnicos que se requieren para la modificación de la
realidad social. En otras palabras, nos darán razón de por
qué el Trabajo Social se plantea la necesidad de erigirse en
disciplina tecnológica. La necesidad de asegurar la
eficiencia nos lleva a considerar el Trabajo Social como
tecnología.
Hacer del Trabajo Social una
actividad no sólo práctica, ni aun sólo técnica, sino
tecnológica, plantea el requerimiento de construir un
conocimiento tecnológico. Este conocimiento será una
resultante de aplicar el método científico a los problemas
prácticos que se plantean en el "enfrentamiento y
modificación" de la realidad social.
La aplicación del método de
la ciencia a los mencionados problemas generará teorías
tecnológica reglas fundadas y datos que serán a la vez
culminación de una etapa y punto de partida de otra en un
proceso que siempre será inacabado, haciendo patente la
necesidad permanente de la investigación. Esta necesidad se
hace más evidente si se tiene en cuenta que las hipótesis
contrastadas y los datos precisos no son suficientes para
asegurar el éxito pleno de una acción, pues, en toda acción
intervienen otras muchas variables.
Cabría preguntarse si estas
reflexiones no podrían ser calificadas de especulaciones
alejadas de la realidad del Trabajo Social.
Creemos que nuestras
reflexiones no son simplemente aplicaciones deductivas,
coherentes en el mejor de los casos, pero no atingentes a la
realidad del Trabajo Social.
Nos parece interesante
señalar que esfuerzos como los planteados, por ejemplo, en
el trabajo de Pilar Alvariño, ya citado sobre "El proyecto
como modelo de acción social", nos manifiestan la tendencia
a construir un conocimiento tecnológico, puesto que se
orienta a la construcción de modelos que son el instrumento
articulatorio entre la ciencia y la técnica.
El intento que
mencionamos se ubica en el nivel de la operación en un
complejo caracterizado por la política socialel sistema
burocrático, la comunidad; y como tal proporciona
acumulaciones para la construcción de teorías tecnológicas
operativas[30].
Asimismo, la
Escuela de Trabajo Social de la Universidad Católica de
Chile, en su documento de reestructuración, clasifica su
quehacer como tecnología, explicitando cuál es la referencia
conceptual del término[31].
De lo dicho puede verse que
las reflexiones también responden a la dinámica concreta,
aquí y ahora, de la disciplina y la profesión.
Así, pues, puede afirmarse la
necesidad y la existencia de una búsqueda por constituir el
Trabajo Social como tecnología. Esta búsqueda está llevando
a pensar en modelos, que son los instrumentos generadores de
conocimiento tecnológico al articular la ciencia y la
técnica con propósito de modificar la realidad social.
En este trabajo no
pretendemos analizar los logros de esta búsqueda sino
hacerla patente y además recalcar la importancia que ella
tiene para el futuro disciplinario y profesional del Trabajo
Social, así como las consecuencias que de ello se siguen
para las decisiones con respecto a grados y títulos.
OBJETO Y
OBJETIVO DEL TRABAJO SOCIAL
Definido el
trabajo Social como una disciplina tecnológica, nos parece
oportuno intentar precisar un poco su objeto y objetivo. En
general ambos términos son polisémicos, y su sentido sólo
puede ser manifiesto en la medida que se expresa el contexto
en el cual se emplean. basta tomar un diccionario de
filosofía para constatar que nuestra afirmación precedente
es fundada[32],
si bien cuando se trata del habla común esa polisemia es aún
mayor.
El empeño por precisar el
término y el concepto de objeto y objetivo no es sólo
consecuencia de un aprecio al rigor en el pensar y el
hablar, sino una exigencia para que nuestra concepción del
Trabajo Social sea inteligible, por lo menos en grado
aceptable, para los fines de este documento.
Nos parece que un primer
punto que cabe señalar respecto a “objeto” (e igual vale
para “objetivo”), es que es una noción, un concepto, y que
como tal –salvo que se postule un innatismo de la ideas o
conceptos- es efecto de un proceso de construcción común a
todo proceso de conceptualización.
Como lo hace
notar Piaget: “ la noción misma de objeto está lejos de ser
innata y necesita una construcción a la vez asimiladora y
esquematizadora”[33].
“ El objeto es un 'abstracto esquematizado' antes de ser 'esquematizante',
y por lo tanto lo que hay que invocar en primer lugar es la
coordinación misma de las acciones que han esquematizado lo
real en objetos...”[34].
Si bien lo anterior es
cierto, no lo es menos que la mayor parte de los objetos que
compartimos socialmente nos son ofrecidos por la cultura de
nuestra sociedad especialmente expresada en su idioma.
Granger nos señala
certeramente que: “Por otra parte los acontecimientos en los
cuales participa el hombre se encuentran ya espontáneamante
modelados sobre el lenguaje de cada sociedad”. (...) “ El
paso de los acontecimientos a los hechos tiene lugar por
medio del uso espontáneo del lenguaje que es él mismo
resultante muy elaborada de la vida social”.
Así nos parece
que el “ 'hecho originario' está sometido a las
determinaciones extrínsecas de una cultura concretamente
vivida, de una práctica cuya objetividad es completamente
exterior y nada intencional”[35].
Nos parece que
queda claro en las citas de Granger, que a través de la
cultura y especialmente del habla podemos comunicar los
acontecimientos en forma de “hechos” y compartirlos. Pero
entre el acontecimiento vivido y el habla ha mediado el
proceso de conceptualización[36].
Asimismo, queda claro que la
práctica cotidiana es “una práctica cuya objetividad es
completamente exterior y nada intencional. Nos parece que
estas características de la práctica social cotidiana deben
ser reflexionadas para considerar la función que podría
tener dentro de la enseñanza –más ún dentro de una política
de investigación- la acentuación del estudio de lo que se
denomina la práctica cotidiana y común a través de
procedimientos que no sobrepasan la sistematización
precientífica de la experiencia directamente vivida.
Lo anterior se
hace patente si se tiene en cuenta que cuando pasamos del
acontecimiento vivido al concepto, “la objetividad no se
funda ya en la inmediatez del acontecimiento vivido, sino en
un proceso cada vez más consciente y más fino, en el que el
lenguaje y la práctica se encuentran controlados y
dominados”[37].
Dicha reflexión quizá es
necesaria pues creemos que muchas veces cuando algunos
trabajadores sociales hablan de la “práctica”, aluden a una
experiencia directamente vivida y no pocas veces, cuando en
la metodología de la enseñanza-aprendizaje del futuro
trabajador social se incluye la “práctica”, esta no
sobrepasa –como lo acabamos de mencionar- la sistematización
precientífica de la experiencia directamente vivida.
No debe concluirse de lo
anterior que menospreciamos la sistematización precientífica
de la experiencia directamente vivida y mucho menos la
experiencia misma. Sin ellas no podría desarrollarse el ser
humano, ni el grupo social. Pero lo que es bueno para la
vida cotidiana, común y vulgar no lo es necesariamente para
una actividad que pretende proceder con el método de la
ciencia, como es el caso del Trabajo Social.
Creemos que uno de los
peligros más visibles en eldiscurso interno del Trabajo
Social es su regresión ideológica a una mera práctica
precientífica, pues se pierde la práctica teórica, esto es
la práctica tecnológica que se funda aunque no
exclusivamente en un conocimiento, un procedimiento y una
práctica científicos.
Hay, pues, una práctica
social de hecho, una práctica vivencial que es necesaria,
pero también es necesario conceptualizar esa práctica y
sistematizar teóricamente el producto de esa
conceptualización; pues, si ya en las ciencias sociales
existe la tentación de confundir un conocimiento científico
con la sistematización precientífica de la experiencia
directamente vivida, con más razón esa tentación existirá en
el Treabajo Social.
De lo anterior se sigue la
necesidad imperiosa de contar con una práctica social del
Trabajo Social que evite el continuo riesgo de
ideologización de los datos de las ciencias aplicadas del
hombre, sobre la que han insistido numerosos autores de
primera categoría como Piaget, Granger, Chomsky Goldman,
Mandelbrot, Apostel, Popper, Bunge, etc.
Se trata, pues,
no de negar la importancia de la práctica para la ciencia
aplicada y la tecnología, sino de explicitar la necesaria
“descentración”[38]de
dicha práctica si no se quiere que ella sea una práctica
ideológica y subjetiva (sea el sujeto un individuo o un
grupo).
Creemos, sin duda fundadas,
que el esfuerzo por constituir una práctica social
descentrada permita construir un objeto proporcionado al
intento de hacer y desarrollar el Trabajo Social como
tecnología o, si sequiere, como ciencia humana aplicada.
Creemos que lo
anterior se resume en las frases de Granger cuando nos dice:
“El problema constitutivo de las ciencias del hombre puede
describirse como transmutación de las significaciones
vividas, las cuales deben pasar a un universo de
significaciones objetivas”[39].
Por eso es
necesario pasar de la significación vivida de “lo social”[40]
a una significación objetiva, que pueda legítimamente
constituirse en objeto del Trabajo Social.
En nuestra Escuela (E.T. S.)
se ha trabajado acerca del objeto del trabajo Social, así
–por ejemplo- consta en la Revista de trabajo Social (R.T.S.),
Año V, Nº. 13, p. 10, donde se dice: “Definido el Trabajo
Social como tecnología, es preciso señalar que se trata de
una tecnología social, porque su objeto de acción se ubica
en el ámbito de la realidad social, la cual se constituye
también en objeto de otras tecnologías sociales, si bien
cada una de ellas se plantea objetivos diferentes y utiliza
elementos teóricos y metodológicos específicos que le
aportan tanto las distintas disciplinas del conocimiento
como sus propios hallazgos teórico-empíricos”.
La “realidad
social” que tiene una significación vivida para cada ser
humano, tratándose del trabajador social tiene que
constituirse en una significación objetiva. Nos parece que
esa significación objetiva está aludida cuando se dice que
el Trabajo Social “enfrenta y modifica situaciones sociales
enfocándolas como un todo”[41].
La vida social e histórica es
un conjunto estructurado de comportamientos de individuos
que actúan de manera consciente en ciertas condiciones del
medio natural y social. Dichos comportamientos son causa y
efecto
-es decir, proceso
dialéctico- en un proceso estructurante de una determonada
estructura personal y social.
“ La
estructuración resulta del hecho de que los individuos y los
grupos sociales que éstos constituyen (grupos formados por
individuos que se encuentran en relación mutua y, en ciertos
aspectos más o menos importantes, en situación análoga),
procuran dar respuesta unitaria y coherente a la totalidad
de los problemas que plantean sus relaciones con el medio
circundante, o para decirlo de otro modo, tienden a
establecer mediante su praxis un equilibrio entre ellos y el
medio”[42].
El mismo Goldman en el lugar
recién citado (cita 41) ahonda que lo anterior implica:
que la praxis y las
estructuras de conciencia están mediata o inmediatamente
ligadas;
que concebimos la vida
psíquica del individuo como un esfuerzo complejo hacia un
equilibrio unitario muy difícil de establecer entre el
sujeto y su medio,
que concebimos el grupo
social com un esfuerzo para encontrar una respuesta unitaria
y coherente a los problemas comunes a todos los miembros del
grupo con respecto a su medio natural y social.
En resumen: el objeto del
Trabajo Social es el recorte a cualquier -nivel de la
realidad en que se concibe a un sujeto que requiere o
procura dar una respuesta unitaria y coherente a la
totalidad de los problemas que plantean sus relaciones con
el medio natural y social para poder subsistir y
perfeccionarse humanamente.
Cuando el sujeto no es un
individuo, sino varios, se constituye en grupo (o clase,
entendida como grupo de grupos) en razón de que los
individuos se encuentran en relación mutua, y ciertos
aspectos –más o menos-, importantes, en situación análoga
(necesidades y proyectos análogos). En otras palabras, se
concibe que los sujetos (individuos, grupos y clases)
tiendan a establecer mediante su praxis un equilibrio entre
ellos y su medio que les permita subsistir
y perfeccionarse, lo cual
supone adaptación al medio y modificación de él.
Al admitir posibilidades de
distintos niveles de complejidad en los enfoques de la
realidad social y, por
consecuencia, la posibilidad
de distintos objetos, no hay que perder de vista la pregunta
acerca de si hay alguna identidad estructural entre dichos
objetos. No olvidemos que el individuo se identifica por
el modo de estructurar la multiplicidad de sus
comportamientos conscientes en ciertas condiciones propias
de su medio natural y social; el individuo es un conjunte
estructurado y a la vez, en la medida que es dinámico,
estructurante.