Ataliva AMENGUAL
 

 

 

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CULTURA Y  UNIVERSIDAD

 

 

 

Es experiencia común de que la inteligibilidad de las palabras, de las acciones y aún de los objetos: no es posible si se los aísla del contexto.  Sabemos que el sentido de cualquier palabra a acción está en función del contexto en que se realiza.  Así el término "Ud.” con que el alumno se refiere al profesor no tiene Él mismo sentido que el "Ud." que dice alguien a su novio o novia.

 

Con la cultura ocurre el mismo fenómeno, fuera de su contexto, no se capta su sentido, no es inteligible.  La cultura no se entiende el margen de la evolución del universo.  En el comienzo - nos lo enseña la física- era la uniformidad de lo múltiple, la materia-energía inicial, mlríadas de partículas y el dinamismo impuesto por el intercambio de energía, entre ellas, que lleva a la formación de partículas mayores.  Átomo, moléculas, megamoléculas.  El mundo de lo inorgánico ya nos muestra una evolución de lo simple a lo complejo, pero aún estamos en simples interacciones de energía.

 

Con las proteínas, los virus, las amebas la evolución salta a un punto crítico y se produce la vida. Además de las interacciones energéticas, hay informaciones: estímulos y respuestas. Además de la inconciencia de la materia inorgánica, está presente la conciencia – por incipiente que sea – de la vida orgánica. recordemos la historia natural. La Tierra se puebla de peces, reptiles, aves, etc., hasta llegar a los simios prehomínidos.                                                         

 

De nuevo, aparece -como una constante-la relación entre aumento de complejidad y conciencia.  A mayor, complejidad mayor conciencia.

 

La evolución continúa y se produce una mutación maravillosa.  La evolución se recoge sobre sí misma, la conciencia se vuelve sobra sí misma; la conciencia se vuelve reflexión con la aparición del homo sapiens, con la aparición del hombre.  El hombre conoce que conoce, es decir, sabe y de allí, sapiens, el que sabe.

 

Con el hombre aparece el concepto, más allá de la percepción, y el lenguaje significativo, más allá de los sistemas de señales Se trata del paso del hombre, de la conciencia de los animales, inmersa y cautiva en el mundo a la conciencia - liberada del mundo -.  Es la constitución del sujeto y del objeto por la reflexión.  El hombre adquiera conciencia de ser una individualidad Consciente, el individuo se transforma en persona y la colectividad gregaria en comunidad.

 

Con el hombre aparecen la razón y el lenguaje en el universo.

 

El determinismo evolutivo que rige a los animales se transforma en posibilidad de proyecto personal y grupal.

 

Hasta la llegada del hombre los seres eran llevados por la evolución, pero en sus manos el hombre tiene la maravillosa posibilidad de aceptar o negarse al proyecto evolutivo.

 

Por su reflexión, por su razón, el hombre se libera de la necesidad y del determinismo irreflexivo que rige a las demás seres.  Así, la dialéctica se transforma en diálogo.

 

Las relaciones compulsivas de la colectividad gregaria son trascendidas por la posibilidad humana de establecer relaciones libres y una unidad común que ya no es un mero agregado sino una comunidad, una unidad por amor y no por necesidad compulsiva.

 

La reflexión, la razón, la palabra, el amor son diversos significados de la palabra logos.  De allí en adelante la evolución avanzará a través del logos; por eso la dialéctica de energías o entre estímulos y respuestas dará lugar a la dialéctica de logos, es decir, al dia-logos, que quiere decir “a través de logos".  Es a través del logos, del diálogo que el hombre actúa conociendo y modificando su ser y su mundo.  Construye con la libertad que le  otorga su reflexión y su razón, y por eso mismo pueda participar en la evolución sin compulsión, libremente, solidariamente.

 

La cultura  está constituida por los procesos y productos de este ser que es el hombre, capaz de actuar sobre sí mismo y sobre el mundo de manera reflexiva y libre. La cultura es efecto de la reflexión y de la libertad humana.

 

La cultura aparece, en el universo con el hombre, que se especifica por su capacidad de actuar racional y libremente sobre su propia evolución y sobre la evolución del mundo que lo circunda, natural y social.

La participación racional y libre del hombre está en la esencia y posibilidad de la cultura.  Cuando existen hombres que niegan a los demás la posibilidad de actuar de manera racional y libre, se detiene o destruye el proceso de humanización del universo esto es, se detiene el proceso cultural.

 

Por eso los grandes enemigos de la cultura son el irracionalismo, el totalitarismo y al tradicionalismo inmovilista.  Por eso es que conceptos tales como razón, libertad, pluralismo. y participación constituyen una unidad.  Sí se los considera por separado conducen a aberraciones que llevan a la deshumanización.

 

Por este motivo, cuando los hombres entre sí no respetan su propia dignidad de personas es decir, no respetan el derecho del hombre a participar de manera racional y libre sobre sí mismo y sobre los demás, la sociedad y la cultura se deshumanizan es decir, se dañan o  perecen.  De allí el sentido del “amarás a tu prójimo como a ti mismo" y del "haz con los demás como desearías que hiciesen contigo”. Respetar la dignidad de la persona humana, respetar que esta actúe racional y libremente es la señal de un amor eficaz al hombre, al prójimo.

 

No hay amor cuando no existe ese respeto y cuando no existe amor por el hombre no hay cultura, pues aunque actúe el hombre, éste no lo hace para humanizar al hombre, a la sociedad y a la naturaleza.

 

El logos es palabra, razón y amor.

El actuar a través del logos se llama diálogo.

Sin diálogo no hay cultura.

 

El hombre es libre de negarse a colaborar con la evolución del universo y puede tratar de reinstaurar las dialécticas prehistóricas de la materia-energía, de la fuerza.  Más aún, porque el hombre es libre, es responsable ante los demás hombres y ante el Creador del Universo de su actitud frente a la evolución que ahora puede efectuarse a través del logos: de la palabra, de la razón y del amor.  El hombre puede oponer a la palabra, a la razón y al amor la fuerza, la irracionalidad la violencia del odio, es decir, el hombre puede negarse a la cultura, negándose con ello a reconocer su propia dignidad y  para quienes somos cristianos negándose a colaborar en la Creación de acuerdo a los designios del Creador que respeta su libertad.

 

El conocimiento empírico y la práctica modificatoria acumulados por milenios dan lugar a la cultura popular a la cultura de un pueblo, al conocimiento común y el hacer común.

 

El propio dinamismo de la reflexión y de la razón impulsan el hombre a sistematizar esa multiplicidad de conocimientos y de prácticas.  Así, el hombre reflexiona sobre sus reflexiones y sus acciones, buscando otorgarles unidad.  Ordenará las prácticas por su eficacia, y progresivamente, actuará de acuerdo con esa racionalidad dando origen a la técnica, como modo racional de operar, que cada vez deje menos lugar al tanteo irreflexivo. Hará racional cada vez más aunque de modo nunca acabado su pensar y su hacer pero por sobre todo procederá racionalmente para enfrentar los productos de su razón - aplicada al conocimiento y al hacer- es decir actuará metódicamente y constituirá sistemas racionales de pensamientos.- teorías (teología, filosofía, ciencias) y sistemas racionales de acción (sistemas técnicos). 

 

Además, procederá a reflexionar acerca de su modo de reflexión, es decir, procederá metodológicamente.

 

La propia dialéctica de la reflexión lo llevará a reflexionar sobre los fundamentos de sus propias teorías y sistemas de operación.  Será llevado a poner en tela de juicio los supuestos sobre los cuales descansan sus propias construcciones racionales - procederá críticamente. El circuito de las disciplinas permite una crisis mutua continuada entre ellas: entre la filosofía y las ciencias; entre las ciencias mismas en un proceso de tesis, antítesis y síntesis permanente y racional.  A través de la crítica y el método racional, buscará permanentemente perfeccionar su visión compleja de la realidad, intentará cada vez síntesis más complejas en que se logre la unidad de la pluralidad.  El proceso  de complejidad-conciencia de la naturaleza es ahora proyectado en una reflexión cada vez más compleja y en una complejidad cada vez más reflexiva.

 

Pero este proceso como otros en la historia evolutiva del universo no es lineal, ni siempre resulta exitoso.  Cuando impera la fuerza sobra la razón, cuando la crítica es prohibida, cuando no se permite el pluralismo y cuando la unidad se impone por simplificación, muere el diálogo metódico, critico y complejo, y con él decae o  muere la humanización del hombre y la sociedad, y la cultura se deshumaniza, en relación al nivel alcanzado.

 

SABER Y COMUNICACION.

 

Hemos dicho que la cultura se fue constituyendo a medida que el hombre fue acumulando conocimientos empíricos y prácticas modificatorias de la realidad.  Esa acumula no habría sido posible sin la memoria y el lenguaje del individuo y sin la memoria y el lenguaje de la sociedad.  Precisamente, esa memoria y ese lenguaje participado en común por los miembros de una sociedad, es lo que llamamos tradición cultural: memoria expresada a través del tiempo, de hechos, conocimientos, sentimientos y valores que son comunes a un grupo humano.  Sin tradición no hay, cultura. El progreso de la cultura está ligado a su transmisión a través del tiempo y del espacio, esto es a la tradición y ésta es la que nos permite hablar de “nuestra historia".


Hemos dicho que el constitutivo esencial para la existencia de la cultura es que el hombre actúa de acuerdo a lo que le es distintivo: reflexionar, aplicar su razón para conocer y actuar. Lo esencial a la tradición que quiera ser tradición de cultura será, pues, transmitir a través del tiempo el valor de aplicar la reflexión y la razón.  Lo más importante y esencial para la mantención y evolución de la cultura es transmitir la que es originario de la cultura, es decir, transmitir el ejercicio de la reflexión, de la razón.  Cuando sólo sé transmiten los productos de la reflexión de la razón obtenidos por el hombre en una época no se transmite lo esencial de una cultura porque lo esencial de la cultura es el ejercicio de la reflexión y la razón.

 

Los productos de una época cultural con respecto a otra son cambiantes; lo único permanente es que todos esos productos son efectos de la reflexión del hombre sobre su experiencia, su conocimiento y su práctica. Por eso, una auténtica tradición cultural no puede ser la que nos fija una época pasada sino la que a partir del pasado, nos permite continuar haciendo cultura, es decir, aplicando nuestra reflexión, nuestra razón, nuestra crítica sobre aquello que nos ha sido transmitido. Una auténtica tradición cultural es aquella que alimente el ejercicio de lo que nos especifica como seres humanos: el ejercicio de la reflexión y de la crítica. Por eso, también no hay avance cultural sin perfeccionamiento de la reflexión y la crítica, y cuando no hay avance cultural hay estancamiento o retroceso de la cultura, o si se quiere decir de otra modo, hay apagón cultural".

 

Si esta misma conferencia no es capaz de motivarlos a reflexionar y a criticar lo que en ella se propone, no es obra de cultura.  Una tradición constituida exclusivamente de los productos culturales lleva a la fijación de una época ya pasada, y por consecuencia a un vivir anacrónico e inmovilizador, negador del desarrollo.  Un ejercicio de la reflexión,que desconoce las acumulaciones del pasado nos volvería - si fuera posible - al primitivismo. Por la anterior, es necesario que haya tradición y reflexión sobre la tradición, para que no haya un estúpido desprecio por las obras del pasado ni una anacrónica fijación en ellas.  Por consiguiente, una auténtica manera de cultivar la tradición - si ésta ha de ser obra de cultura -debe ser también un proceso de traducción de los valores permanentes a situaciones diferentes, por el ejercicio de la reflexión y la crítica.

 

Los  hombres han ido evolucionando en su propio cultivo, en la cultura, porque ha habido - aunque no siempre - tradición cultural auténtica.  En los comienzos, las acumulaciones de experiencias, los conocimientos y las prácticas comunes fueron fácilmente transmisibles a través del proceso habitual, de socialización común a través del lenguaje común a vulgar fuera oral a escrito.  El aumento de las acumulaciones de experiencias, conocimientos y prácticas, así como el aumento de complejidad de la reflexión presentaron a los hombres un problema de tradición cultural. Comunicar las reflexiones y sus productos se hacía difícil, ya que no siempre bastaba, un proceso común de socialización, ni el lenguaje vulgar. Por otra parte, muchos productos naturales no podían ser – recibidos por los individuos sin una preparación, previa que no otorgaba la vida común.

 

Por la  anterior, el hombre hubo de aplicar su reflexión al propio     proceso de comunicación de la cultura.  Tuvo que razonar acerca de  cómo transmitir los productos y los procesos culturales de una generación a otra.  Así, los conocimientos  y prácticas de transmisión de la cultura fueron sistematizados  para posibilitar la transmisión de las obras de la razón: los métodos y los sistemas de conocimiento y de prácticas modificatorias de la realidad.  Problema de una cultura que había accedido a la ciencia (episteme) y a la teoría.  El ejercicio de la razón da por resultado una revolución en la evolución, da paso a la cultura a partir de la naturaleza.  La cultura – a su vez – al evolucionar produce una inevitable revolución en los procesos de comunicación social.

 

Por este motivo, no es casual que el paso de la cultura mitológica a la cultura epistemológica, del mito al logos, del pensamiento mágico al pensamiento científico que se efectúa, por ejemplo, en Grecia, vaya acompañado de una mutación de los procesos de comunicación.  En Grecia, por tratarse de una cultura del logos, surge precisamente una concepción de, la comunicación cultural, de la educación, como paideia (es decir: pedagogía).  La educación es concebida como un proceso orientado deliberadamente hacia la adquisición de una cultura superior en cuanto es una cultura del saber racional.

 

Lo que hace superior a un a cultura a un estudio es el saber racional y no la abundancia de información.  Una cultura de la razón es la que apela a la intrínseco y propio del ser humano, la que apela a la reflexión y a la razón (al logos, a la ratio) y es por eso superior.  Es en la propia razón que reflexiona, en la razón que discurre, en el discurso racional, donde se puede encontrar la explicación de la evolución constante de la cultura. La razón es el motor que universaliza y dinamiza permanentemente la cultura. En este proceso continuo de evolución cultural hay momentos en que el hombre y la sociedad toman conciencia más clara de la necesidad de ejercitar el saber racional; son los momentos de crisis cultural.  Uno de los motivos, tanto a nivel individual como social que produce crisis es la convergencia y el encuentro -a veces antitético- de diversas culturas.  Es entonces cuando una de las culturas antitéticas resulta destruida o sometida, o cuando de la dialéctica entre ambas surge una nueva síntesis cultural.

 

Precisamente la Edad Media fue un momento histórico en que se dio una situación semejante a la descrita. La incultura bárbara, por una parte, los árabes y a través de ellos la cultura griega y la cultura judeo-cristiana, convergen en la Edad Media y desafían al hombre a proseguir su tarea de cultura. la desafían en sus posibilidades de constructor de un saber racional.  El resultado es una maravillosa síntesis, muestras de la cual son la Summa Theologica de Santo Tomás y la Universidad, como comunidad de profesores y alumnos dedicados al conocimiento de la verdad por el ejercicio en común de la razón.

 

No olvidemos que este florecimiento de la cultura medieval fue precedido del catastrófico desmoronamiento de las sociedades de la Antigüedad, cuando las hordas bárbaras sumergieron la cultura mediterránea.  La cultura pareció ser ahogada por la incultura y la barbarie; la razón pareció sepultada por la fuerza bruta, y ello durante obscuros siglos. En ese entonces, no habría sido raro pensar que la evolución humana – que había alcanzado el esplendor de la cultura – involucionaba. Bien podría haberse pensado en el fracaso del proceso de evolución del universo, al ver como la fuerza sometía a la razón.  Para así como antes la fuerza del Emperador encerraba en las catacumbas a los cristianos sin destruir el cristianismo, así también los bárbaros enterraron la cultura mediterránea en la oscuridad de los monasterios cristianos sin lograr destruirla.  Así como el cristianismo surgió de las catacumbas y conquistó el Imperio, así como la Roma del César se transformó en la Roma de Pedro, así – decíamos – la cultura clásica surgió de los monasterios y conquistó a los bárbaros, aunque no hay que olvidar que tiempos de catacumbas y de barbarie son también tiempos de mártires y muertos.

 

Cristianizados los bárbaros se verifica un extraordinario esfuerzo de traducción del mensaje cristiano a las categorías de la razón, del saber racional griego.  La tradición clásica exige una traducción cristiana.  Por eso, el problema fundamental será el de las relaciones entre la razón y la fe. El esfuerzo es coronado maravillosamente como lo demuestra la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino entre otras Summas.  Asimismo, este cambio cultural, esta nueva síntesis trae consigo una exigencia de la transmisión social de la cultura y como antes la episteme generó la paideia (la ciencia griega generó la necesidad de la pedagogía), ahora la razón cristiana engendra la necesidad de un nuevo procedimiento de comunicación social del saber que concretó en la fundación de la universidad.

 

La universidad nació como la institución para el ejercicio de la razón iluminada por la fe. La universidad nació católica.

 

Desde el comienzo la universidad fue comunidad de profesores y alumnos dedicados a buscar la verdad en síntesis compleja a través del diálogo metódico y crítico, y bajo la luz, de la revelación.  En medio de la cultura teológica de la Edad Media la Universidad emerge como institución y con ella reaparece de nuevo el cultivo del saber racional, origen de la cultura griega y motor de toda obra cultural humana en cuanto hija de la capacidad típica del hombre: la reflexibidad crítica y el amor al saber racional.

 

De nuevo hay auténtica tradición cultural pues lo que se transmite es el amor por el ejercicio de la razón y de la crítica y lo que se obtiene es una traducción de los valores antiguos a la nueva situación.  Lo que antes había hecho cultos a los paganos hace ahora cultos a los cristianos: el ejercicio del diálogo, metódico, crítico y complejo.

 

Estamos ya lejos del medioevo, pero - hoy como ayer - debemos cultivar lo que es motor de toda cultura y razón de ser de la universidad: el diálogo, metódico, crítico y complejo.  Estas cuatro palabras constituyen una unidad.  La exclusión de una de ella nos lleva a involuciones culturales.  La ausencia de diálogo lleva a la desintegración de la persona y la sociedad, haciendo imposible la cultura.  No hay hombres humanos ni menos cultos, sin diálogo. No hay comunidad si no existe el diálogo. Sí no hay comunidad en el diálogo no hay universidad.  Sin método, el diálogo sólo produce una cultura incipiente y vulgar, donde prospera más el mito y la ideología que el saber racional y el conocimiento riguroso.  Sin crítica, la razón trabaja sin revisar los supuestos, se vuelve razón mecánica, racionalismo totalitario. Sin complejidad, la razón discurre sobre simplificaciones, que es una manera grave y alambicada de ignorancia.

 

En síntesis como universitarios, nuestra primera obligación es cultivar la universidad como institución de cultura.  Ello Implica cultivarnos como comunidad, cultivar el diálogo, cultivar el método, cultivar la criticidad, cultivar la complejidad. Pero así, como desde el comienzo de la evolución la organización crece rodeada de tendencias entrópicas, ellas también amenazan al la evolución hecha cultura y a la universidad como institución de cultura. Las amenazas a la cultura y a la universidad deben ser materia de reflexión por parte de los universitarios, pues de lo contrario, el descuido de la vigilia de la vigilancia, de lo que amamos nos puede convertir en vírgenes necias.  Debemos rechazar las amenazas al diálogo que frecuentemente se manifiestan en la imposición de dialécticas de fuerza impuestas por el poder que coacciona y en la cobardía que nos hace aceptarlas sin reclamo racional y permanente - o peor aún - en el acceder a la seducción del poder que esclaviza el saber.

 

Debemos vigilar que todos los universitarios tengan los mismos derechos y obligaciones con respecto al diálogo, sobre todo aquello en que se ven afectados como universitarios, para que todos sean tratados igualmente cuando ejercen el derecha humano de reflexionar y de comunicar su saber racional.  Debemos vigilar que nadie reclame pata sí el derecho al diálogo cuando se lo niega al otro. Ello implica, brevemente, defender la igualdad, el pluralismo y la libertad de comunicación esenciales al diálogo universitario; defender la participación libre y solidaria en la búsqueda de la verdad.  También es necesario vigilar para que el diálogo, la igualdad., el pluralismo y la libertad de comunicación no pierdan las notas que las especifican como actos universitarios; debemos vigilar que ello se haga con método, con rigor, con disciplina.  La irracionalidad, la falta de rigor y de   disciplina son graves amenazas para la universidad y la cultura.

 

Asimismo debemos precavernos de los ataque a nuestra obligación social de enjuiciar racionalmente la realidad, cualquiera ella sea; de los ataques a nuestro esencial derecho a la crítica racional.  Las amenazas a la crítica son amenazas al desarrollo a la evolución de! saber racional, amenazas al desarrollo cultural, y por tanto, amenazas a la universidad como institución de cultura.

 

Finalmente, debemos cuidar de la complejidad.  De la complejidad que asegure que no somos un caos de personas o grupos con mera apariencia de unidad, sino una verdadera comunidad de profesores y alumnos en búsqueda de la verdad.

 

La organización  en unidades sin comunicación, así como  también la comunicación de exclusivamente algunas aspectos aislados del saber  destruyen la complejidad a impiden la formación Integral de la persona.  Formar profesionales no es formar universitarios, formar especialistas que saben muchísimo de casi nada  - no es formar universitarios.  Exigir un pluralismo contra el diálogo no es hacer universidad, como tampoco lo es imponer un monismo en contra del pluralismo, etc. Cultivémonos y vigilemos para ser cada día más perfectamente una comunidad de profesores y  alumnos en diálogo, metódico, critico y complejo al servicio del desarrollo de la cultura.  Los invito a criticar metódica y complejamente lo dicho, y si creen adecuados a la razón las ideas expuestas, úsenlas para enjuiciar nuestro situación universitaria y para colaborar a perfeccionarla y a protegerla de lo que la destruye.

 

Ejercitemos la autocrítica y busquemos la crítica fundada que otros nos hacen para perfeccionar nuestro quehacer.  Es una apasionante tarea y una gran responsabilidad formar parte de una comunidad que la sociedad ha instituido para desarrollar la cultura.  Ama et fac quod vis, "Ama y haz lo que quieras", decía San Agustín.  Amemos el diálogo, metódico, crítico y complejos y hagamos lo que queremos. Amemos la sabiduría.