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Es
experiencia común de que la inteligibilidad de las palabras,
de las acciones y aún de los objetos: no es posible si se
los aísla del contexto. Sabemos que el sentido de cualquier
palabra a acción está en función del contexto en que se
realiza. Así el término "Ud.” con que el alumno se refiere
al profesor no tiene Él mismo sentido que el "Ud." que dice
alguien a su novio o novia.
Con la
cultura ocurre el mismo fenómeno, fuera de su contexto, no
se capta su sentido, no es inteligible. La cultura no se
entiende el margen de la evolución del universo. En el
comienzo - nos lo enseña la física- era la
uniformidad de lo múltiple, la materia-energía inicial,
mlríadas de partículas y el dinamismo impuesto por el
intercambio de energía, entre ellas, que lleva a la
formación de partículas mayores. Átomo, moléculas,
megamoléculas. El mundo de lo inorgánico ya nos muestra una
evolución de lo simple a lo complejo, pero aún estamos en
simples interacciones de energía.
Con las proteínas, los
virus, las amebas la evolución salta a un punto crítico y se
produce la vida. Además de las
interacciones energéticas,
hay informaciones: estímulos y respuestas. Además de la
inconciencia de la materia inorgánica, está presente la
conciencia – por incipiente que sea – de la vida orgánica.
recordemos la historia natural. La Tierra se puebla de
peces, reptiles, aves, etc., hasta llegar a los simios
prehomínidos.
De nuevo, aparece -como una
constante-la relación entre aumento de complejidad y
conciencia. A mayor, complejidad
mayor conciencia.
La evolución continúa y se produce
una mutación maravillosa. La evolución se recoge sobre sí
misma, la conciencia se vuelve sobra sí misma; la conciencia
se vuelve reflexión con la aparición del homo sapiens, con
la aparición del hombre. El hombre conoce que conoce, es
decir, sabe y de allí, sapiens, el que sabe.
Con el hombre aparece el concepto,
más allá de la percepción, y el lenguaje significativo, más
allá de los sistemas de señales Se trata del paso del
hombre, de la conciencia de los animales, inmersa y cautiva
en el mundo a la conciencia - liberada del mundo -. Es la
constitución del sujeto y del objeto por la reflexión. El
hombre adquiera conciencia de ser una individualidad
Consciente, el individuo se transforma en persona y la
colectividad gregaria en comunidad.
Con el hombre aparecen la razón y el
lenguaje en el universo.
El determinismo evolutivo que rige a
los animales se transforma en posibilidad de proyecto
personal y grupal.
Hasta la llegada del hombre los seres eran
llevados por la evolución, pero en sus manos el hombre tiene
la maravillosa posibilidad de aceptar o negarse al proyecto
evolutivo.
Por su
reflexión, por su razón, el hombre se libera de la necesidad
y del determinismo irreflexivo que rige a las demás seres.
Así, la dialéctica se transforma en diálogo.
Las relaciones compulsivas de la
colectividad gregaria son trascendidas por la posibilidad
humana de establecer relaciones libres y una unidad común
que ya no es un mero agregado sino una comunidad, una unidad
por amor y no por necesidad compulsiva.
La reflexión,
la razón, la palabra, el amor son diversos significados de
la palabra logos. De allí en adelante la evolución avanzará
a través del logos; por eso la dialéctica de energías o
entre estímulos y respuestas dará lugar a la dialéctica de
logos, es decir, al dia-logos, que quiere decir “a través de
logos". Es a través del logos, del diálogo que el hombre
actúa conociendo y modificando su ser y su mundo. Construye
con la libertad que le otorga su reflexión y su razón, y
por eso mismo pueda participar en la evolución sin
compulsión, libremente, solidariamente.
La cultura está constituida por los procesos
y productos de este ser que es el hombre, capaz de actuar
sobre sí mismo y sobre el mundo de manera reflexiva y libre.
La cultura es efecto de la reflexión y de la libertad
humana.
La cultura aparece, en el universo con el
hombre, que se especifica por su capacidad de actuar
racional y libremente sobre su propia evolución y sobre la
evolución del mundo que lo circunda, natural y social.
La participación racional y libre del hombre
está en la esencia y posibilidad de la cultura. Cuando
existen hombres que niegan a los demás la posibilidad de
actuar de manera racional y libre, se detiene o destruye el
proceso de humanización del universo esto es, se detiene el
proceso cultural.
Por eso los
grandes enemigos de la cultura son el irracionalismo, el
totalitarismo y al tradicionalismo inmovilista. Por eso es
que conceptos tales como razón, libertad, pluralismo. y
participación constituyen una unidad. Sí se los considera
por separado conducen a aberraciones que llevan a la
deshumanización.
Por este
motivo, cuando los hombres entre sí no respetan su propia
dignidad de personas es decir, no respetan el derecho
del hombre a participar de manera racional y libre sobre sí
mismo y sobre los demás, la sociedad y la cultura se
deshumanizan es decir, se dañan o perecen. De allí el
sentido del “amarás a tu prójimo como a ti mismo" y del "haz
con los demás como desearías que hiciesen contigo”.
Respetar la dignidad de la persona
humana, respetar que esta actúe racional y libremente es la
señal de un amor eficaz al hombre, al prójimo.
No hay amor cuando no existe ese
respeto y cuando no existe amor por el hombre no hay
cultura, pues aunque actúe el hombre, éste no lo hace para
humanizar al hombre, a la sociedad y a la naturaleza.
El logos es
palabra, razón y amor.
El actuar a
través del logos se llama diálogo.
Sin diálogo
no hay cultura.
El hombre es libre de negarse a
colaborar con la evolución del universo y puede tratar de
reinstaurar las dialécticas prehistóricas de la
materia-energía, de la fuerza. Más aún, porque el hombre es
libre, es responsable ante los demás hombres y ante el
Creador del Universo de su actitud frente a la evolución que
ahora puede efectuarse a través del logos: de la palabra, de
la razón y del amor. El hombre puede oponer a la palabra, a
la razón y al amor la fuerza, la irracionalidad la violencia
del odio, es decir, el hombre puede negarse a la cultura,
negándose con ello a reconocer su propia dignidad y para
quienes somos cristianos negándose a colaborar en la
Creación de acuerdo a los designios del Creador que respeta
su libertad.
El conocimiento empírico y la práctica
modificatoria acumulados por milenios dan lugar a la cultura
popular a la cultura de un pueblo, al conocimiento común y
el hacer común.
El propio dinamismo de la reflexión
y de la razón impulsan el hombre a sistematizar esa
multiplicidad de conocimientos y de prácticas. Así, el
hombre reflexiona sobre sus reflexiones y sus acciones,
buscando otorgarles unidad. Ordenará las prácticas por su
eficacia, y progresivamente, actuará de acuerdo con esa
racionalidad dando origen a la técnica, como modo racional
de operar, que cada vez deje menos lugar al tanteo
irreflexivo. Hará racional cada vez más aunque de modo nunca
acabado su pensar y su hacer pero por sobre todo procederá
racionalmente para enfrentar los productos de su razón -
aplicada al conocimiento y al hacer- es decir actuará
metódicamente y constituirá sistemas racionales de
pensamientos.- teorías (teología, filosofía, ciencias) y
sistemas racionales de acción (sistemas técnicos).
Además,
procederá a reflexionar acerca de su modo de reflexión, es
decir, procederá metodológicamente.
La propia dialéctica de la reflexión
lo llevará a reflexionar sobre los fundamentos de sus
propias teorías y sistemas de operación. Será llevado a
poner en tela de juicio los supuestos sobre los cuales
descansan sus propias construcciones racionales - procederá
críticamente. El circuito de las disciplinas permite una
crisis mutua continuada entre ellas: entre la filosofía y
las ciencias; entre las ciencias mismas en un proceso de
tesis, antítesis y síntesis permanente y racional. A través
de la crítica y el método racional, buscará permanentemente
perfeccionar su visión compleja de la realidad, intentará
cada vez síntesis más complejas en que se logre la unidad de
la pluralidad. El proceso de complejidad-conciencia de la
naturaleza es ahora proyectado en una reflexión cada vez más
compleja y en una complejidad cada vez más reflexiva.
Pero este proceso como otros en la
historia evolutiva del universo no es lineal, ni siempre
resulta exitoso. Cuando impera la fuerza sobra la razón,
cuando la crítica es prohibida, cuando no se permite el
pluralismo y cuando la unidad se impone por simplificación,
muere el diálogo metódico, critico y complejo, y con él
decae o muere la humanización del hombre y la sociedad, y
la cultura se deshumaniza, en relación al nivel alcanzado.
SABER Y
COMUNICACION.
Hemos dicho que la cultura se fue
constituyendo a medida que el hombre fue acumulando
conocimientos empíricos y prácticas modificatorias de la
realidad. Esa acumula no habría sido posible sin la memoria
y el lenguaje del individuo y sin la memoria y el lenguaje
de la sociedad. Precisamente, esa memoria y ese lenguaje
participado en común por los miembros de una sociedad, es lo
que llamamos tradición cultural: memoria expresada a través
del tiempo, de hechos, conocimientos, sentimientos y valores
que son comunes a un grupo humano. Sin tradición no hay,
cultura. El progreso de la cultura está ligado a su
transmisión a través del tiempo y del espacio, esto es a la
tradición y ésta es la que nos permite hablar de “nuestra
historia".
Hemos dicho que
el constitutivo esencial para la existencia de la cultura es que
el hombre actúa de acuerdo a lo que le es distintivo:
reflexionar, aplicar su razón para conocer y actuar. Lo esencial
a la tradición que quiera ser tradición de cultura será, pues,
transmitir a través del tiempo el valor de aplicar la reflexión
y la razón. Lo más importante y esencial para la mantención y
evolución de la cultura es transmitir la que es originario de la
cultura, es decir, transmitir el ejercicio de la reflexión, de
la razón. Cuando sólo sé transmiten los productos de la
reflexión de la razón obtenidos por el hombre en una época no se
transmite lo esencial de una cultura porque lo esencial de la
cultura es el ejercicio de la reflexión y la razón.
Los productos de
una época cultural con respecto a otra son cambiantes; lo único
permanente es que todos esos productos son efectos de la
reflexión del hombre sobre su experiencia, su conocimiento y su
práctica. Por eso, una auténtica tradición cultural no puede ser
la que nos fija una época pasada sino la que a partir del
pasado, nos permite continuar haciendo cultura, es decir,
aplicando nuestra reflexión, nuestra razón, nuestra
crítica sobre aquello que nos ha sido transmitido. Una auténtica
tradición cultural es aquella que alimente el ejercicio de lo
que nos especifica como seres humanos: el ejercicio de la
reflexión y de la crítica. Por eso, también no hay avance
cultural sin perfeccionamiento de la reflexión y la crítica, y
cuando no hay avance cultural hay estancamiento o retroceso de
la cultura, o si se quiere decir de otra modo, hay apagón
cultural".
Si
esta misma conferencia no es capaz de motivarlos a reflexionar y
a criticar lo que en ella se propone, no es obra de cultura.
Una tradición constituida exclusivamente de los productos
culturales lleva a la fijación de una época ya pasada, y por
consecuencia a un vivir anacrónico e inmovilizador, negador del
desarrollo. Un ejercicio de la reflexión,que desconoce las
acumulaciones del pasado nos volvería - si fuera posible - al
primitivismo. Por la anterior, es necesario que haya tradición y
reflexión sobre la tradición, para que no haya un estúpido
desprecio por las obras del pasado ni una anacrónica fijación en
ellas. Por consiguiente, una auténtica manera de cultivar la
tradición - si ésta ha de ser obra de cultura -debe ser
también un
proceso de traducción de los valores permanentes a situaciones
diferentes, por el ejercicio de la reflexión y la crítica.
Los hombres han
ido evolucionando en su propio cultivo, en la cultura, porque ha
habido - aunque no siempre - tradición cultural auténtica. En
los comienzos, las acumulaciones de experiencias, los
conocimientos y las prácticas comunes fueron fácilmente
transmisibles a través del proceso habitual, de socialización
común a través del lenguaje común a vulgar fuera oral a
escrito. El aumento de las acumulaciones de experiencias,
conocimientos y prácticas, así como el aumento de complejidad de
la reflexión presentaron a los hombres un problema de tradición
cultural. Comunicar las reflexiones y sus productos se hacía
difícil, ya que no siempre bastaba, un proceso común de
socialización, ni el lenguaje vulgar. Por otra parte, muchos
productos naturales no podían ser – recibidos por los individuos
sin una preparación, previa que no otorgaba la vida común.
Por la anterior,
el hombre hubo de aplicar su reflexión al propio proceso de
comunicación de la cultura. Tuvo que razonar acerca de cómo
transmitir los productos y los procesos culturales de una
generación a otra. Así, los conocimientos y prácticas de
transmisión de la cultura fueron sistematizados para
posibilitar la transmisión de las obras de la razón: los métodos
y los sistemas de conocimiento y de prácticas modificatorias de
la realidad. Problema de una cultura que había accedido a la
ciencia (episteme) y a la teoría. El ejercicio de la razón da
por resultado una revolución en la evolución, da paso a la
cultura a partir de la naturaleza. La cultura – a su vez – al
evolucionar produce una inevitable revolución en los procesos de
comunicación social.
Por este motivo,
no es casual que el paso de la cultura mitológica a la cultura
epistemológica, del mito al logos, del pensamiento mágico al
pensamiento científico que se efectúa, por ejemplo, en Grecia,
vaya acompañado de una mutación de los procesos de
comunicación. En Grecia, por tratarse de una cultura del logos,
surge precisamente una concepción de, la comunicación cultural,
de la educación, como paideia (es decir: pedagogía). La
educación es concebida como un proceso orientado deliberadamente
hacia la adquisición de una cultura superior en cuanto es una
cultura del saber racional.
Lo que hace
superior a un a cultura a un estudio es el saber racional y no
la abundancia de información. Una cultura de la razón es la que
apela a la intrínseco y propio del ser humano, la que apela a la
reflexión y a la razón (al logos, a la ratio) y es por eso
superior. Es en la propia razón que reflexiona, en la razón que
discurre, en el discurso racional, donde se puede encontrar la
explicación de la evolución constante de la cultura. La razón es
el motor que universaliza y dinamiza permanentemente la cultura.
En este proceso continuo de evolución cultural hay momentos en
que el hombre y la sociedad toman conciencia más clara de la
necesidad de ejercitar el saber racional; son los momentos de
crisis cultural. Uno de los motivos, tanto a nivel individual
como social que produce crisis es la convergencia y el encuentro
-a veces antitético- de diversas culturas. Es entonces cuando
una de las culturas antitéticas resulta destruida o sometida, o
cuando de la dialéctica entre ambas surge una nueva síntesis
cultural.
Precisamente la
Edad Media fue un momento histórico en que se dio una situación
semejante a la descrita. La incultura bárbara, por una parte,
los árabes y a través de ellos la cultura griega y la cultura
judeo-cristiana, convergen en la Edad Media y desafían al hombre
a proseguir su tarea de cultura. la desafían en sus
posibilidades de constructor de un saber racional. El resultado
es una maravillosa síntesis, muestras de la cual son la Summa
Theologica de Santo Tomás y la Universidad, como comunidad de
profesores y alumnos dedicados al conocimiento de la verdad por
el ejercicio en común de la razón.
No olvidemos que
este florecimiento de la cultura medieval fue precedido del
catastrófico desmoronamiento de las sociedades de la Antigüedad,
cuando las hordas bárbaras sumergieron la cultura mediterránea.
La cultura pareció ser ahogada por la incultura y la barbarie;
la razón pareció sepultada por la fuerza bruta, y ello durante
obscuros siglos. En ese entonces, no habría sido raro pensar que
la evolución humana – que había alcanzado el esplendor de la
cultura – involucionaba. Bien podría haberse pensado en el
fracaso del proceso de evolución del universo, al ver como la
fuerza sometía a la razón. Para así como antes la fuerza del
Emperador encerraba en las catacumbas a los cristianos sin
destruir el cristianismo, así también los bárbaros enterraron la
cultura mediterránea en la oscuridad de los monasterios
cristianos sin lograr destruirla. Así como el cristianismo
surgió de las catacumbas y conquistó el Imperio, así como la
Roma del César se transformó en la Roma de Pedro, así – decíamos
– la cultura clásica surgió de los monasterios y conquistó a los
bárbaros, aunque no hay que olvidar que tiempos de catacumbas y
de barbarie son también tiempos de mártires y muertos.
Cristianizados
los bárbaros se verifica un extraordinario esfuerzo de
traducción del mensaje cristiano a las categorías de la razón,
del saber racional griego. La tradición clásica exige una
traducción cristiana. Por eso, el problema fundamental será el
de las relaciones entre la razón y la fe. El esfuerzo es
coronado maravillosamente como lo demuestra la Summa Theologica
de Santo Tomás de Aquino entre otras Summas. Asimismo, este
cambio cultural, esta nueva síntesis trae consigo una exigencia
de la transmisión social de la cultura y como antes la episteme
generó la paideia (la ciencia griega generó la necesidad de la
pedagogía), ahora la razón cristiana engendra la necesidad de un
nuevo procedimiento de comunicación social del saber que
concretó en la fundación de la universidad.
La universidad
nació como la institución para el ejercicio de la razón
iluminada por la fe. La universidad nació católica.
Desde el comienzo
la universidad fue comunidad de profesores y alumnos dedicados a
buscar la verdad en síntesis compleja a través del diálogo
metódico y crítico, y bajo la luz, de la revelación. En medio
de la cultura teológica de la Edad Media la Universidad emerge
como institución y con ella reaparece de nuevo el cultivo del
saber racional, origen de la cultura griega y motor de toda obra
cultural humana en cuanto hija de la capacidad típica del
hombre: la reflexibidad crítica y el amor al saber racional.
De nuevo hay
auténtica tradición cultural pues lo que se transmite es el amor
por el ejercicio de la razón y de la crítica y lo que se obtiene
es una traducción de los valores antiguos a la nueva situación.
Lo que antes había hecho cultos a los paganos hace ahora cultos
a los cristianos: el ejercicio del diálogo, metódico, crítico y
complejo.
Estamos ya lejos
del medioevo, pero - hoy como ayer - debemos cultivar lo que es
motor de toda cultura y razón de ser de la universidad: el
diálogo, metódico, crítico y complejo. Estas cuatro palabras
constituyen una unidad. La exclusión de una de ella nos lleva a
involuciones culturales. La ausencia de diálogo lleva a la
desintegración de la persona y la sociedad, haciendo imposible
la cultura. No hay hombres humanos ni menos cultos, sin
diálogo. No hay comunidad si no existe el diálogo. Sí no hay
comunidad en el diálogo no hay universidad. Sin método, el
diálogo sólo produce una cultura incipiente y vulgar, donde
prospera más el mito y la ideología que el saber racional y el
conocimiento riguroso. Sin crítica, la razón trabaja sin
revisar los supuestos, se vuelve razón mecánica, racionalismo
totalitario. Sin complejidad, la razón discurre sobre
simplificaciones, que es una manera grave y alambicada de
ignorancia.
En síntesis como
universitarios, nuestra primera obligación es cultivar la
universidad como institución de cultura. Ello Implica
cultivarnos como comunidad, cultivar el diálogo, cultivar el
método, cultivar la criticidad, cultivar la complejidad. Pero
así, como desde el comienzo de la evolución la organización
crece rodeada de tendencias entrópicas, ellas también amenazan
al la evolución hecha cultura y a la universidad como
institución de cultura. Las amenazas a la cultura y a la
universidad deben ser materia de reflexión por parte de los
universitarios, pues de lo contrario, el descuido de la vigilia
de la vigilancia, de lo que amamos nos puede convertir en
vírgenes necias. Debemos rechazar las amenazas al diálogo que
frecuentemente se manifiestan en la imposición de dialécticas de
fuerza impuestas por el poder que coacciona y en la cobardía que
nos hace aceptarlas sin reclamo racional y permanente - o peor
aún - en el acceder a la seducción del poder que esclaviza el
saber.
Debemos vigilar
que todos los universitarios tengan los mismos derechos y
obligaciones con respecto al diálogo, sobre todo aquello en que
se ven afectados como universitarios, para que todos sean
tratados igualmente cuando ejercen el derecha humano de
reflexionar y de comunicar su saber racional. Debemos vigilar
que nadie reclame pata sí el derecho al diálogo cuando se lo
niega al otro. Ello implica, brevemente, defender la igualdad,
el pluralismo y la libertad de comunicación esenciales al
diálogo universitario; defender la participación libre y
solidaria en la búsqueda de la verdad. También es necesario
vigilar para que el diálogo, la igualdad., el pluralismo y la
libertad de comunicación no pierdan las notas que las
especifican como actos universitarios; debemos vigilar que ello
se haga con método, con rigor, con disciplina. La
irracionalidad, la falta de rigor y de disciplina son graves
amenazas para la universidad y la cultura.
Asimismo debemos
precavernos de los ataque a nuestra obligación social de
enjuiciar racionalmente la realidad, cualquiera ella sea; de los
ataques a nuestro esencial derecho a la crítica racional. Las
amenazas a la crítica son amenazas al desarrollo a la
evolución de! saber racional, amenazas al desarrollo cultural, y
por tanto, amenazas a la universidad como institución de
cultura.
Finalmente,
debemos cuidar de la complejidad. De la complejidad que asegure
que no somos un caos de personas o grupos con mera apariencia de
unidad, sino una verdadera comunidad de profesores y alumnos en
búsqueda de la verdad.
La organización
en unidades sin comunicación, así como también la comunicación
de exclusivamente algunas aspectos aislados del saber destruyen
la complejidad a impiden la formación Integral de la persona.
Formar profesionales no es formar universitarios, formar
especialistas que saben muchísimo de casi nada - no es formar
universitarios. Exigir un pluralismo contra el diálogo no es
hacer universidad, como tampoco lo es imponer un monismo en
contra del pluralismo, etc. Cultivémonos y vigilemos para ser
cada día más perfectamente una comunidad de profesores y
alumnos en diálogo, metódico, critico y complejo al servicio del
desarrollo de la cultura. Los invito a criticar metódica y
complejamente lo dicho, y si creen adecuados a la razón las
ideas expuestas, úsenlas para enjuiciar nuestro situación
universitaria y para colaborar a perfeccionarla y a protegerla
de lo que la destruye.
Ejercitemos la
autocrítica y busquemos la crítica fundada que otros nos hacen
para perfeccionar nuestro quehacer. Es una apasionante tarea y
una gran responsabilidad formar parte de una comunidad que la
sociedad ha instituido para desarrollar la cultura. Ama et fac
quod vis, "Ama y haz lo que quieras", decía San Agustín. Amemos
el diálogo, metódico, crítico y complejos y hagamos lo que
queremos. Amemos la sabiduría. |
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